Las pruebas de nuestra ignorancia

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    La evaluación del ejercicio democrático guatemalteco debe ir mucho más allá de una cantidad de votaciones, de los gobernantes electos en ellas, de los cambios en el proceso de sucesión y la participación de los ciudadanos en esos ejercicios participativos. Esa evaluación debe ir, sin duda, en función de los resultados del desarrollo social y humano de Guatemala, el país numero uno con desnutrición infantil del continente y quinto del mundo con ese lacerante indicador.

    El que la práctica democrática le haya negado al país desarrollarse al ritmo de algunos de sus países vecinos es un indicador mucho más preocupante que muchos números que desnudan sin piedad alguna, nuestro drama como nación.

    Hoy 34 años después del amanecer de la democracia en nuestra tierra hay impunidad rampante y fuerte debilitamiento institucional. Eso duele a quienes quisiéramos ver en Guatemala un país social, política y económicamente en ruta a la prosperidad. Pero hiere cuando el fracaso se mide en hambre, desnutrición, insalubridad, pésima educación y, por tanto, en permanente ruta al desastre.

    Todo esto, en un territorio bendecido por la naturaleza, con un clima prodigioso y una ubicación geográfica envidiable por su cercanía al mercado mas grande del planeta el NAFTA. Irónicamente, con todo el desarrollo que deberíamos tener, los contrastes siguen siendo impactantes. ¿Un país con este potencial natural con estos indicadores de subdesarrollo humano? Inconcebible. Inaceptable.

    La causa. No buscamos la salida y siempre nos supeditamos como sociedad a otros temas. Obviamos lo estratégico para el desarrollo de la nación y nos concentramos en lo inmediato en el corto plazo. Dejamos que las brechas entre quienes tienen y pueden y los que ni tienen ni pueden, crezcan exponencialmente. No hacemos nada por solucionar sino, siguiendo la lógica del egoísmo  más rancio, dejamos que la sociedad deje hacer lo que cada quien pueda.

    Ignorar la realidad no la extingue. Tampoco resuelve los problemas concentrarnos en los proyectos sectoriales y olvidarnos del peligroso caldo de cultivo que es la exclusión social y humana que estamos viviendo como país.

    El desafío multidimensional que plantea la realidad reclama salidas que van más allá de lo transicional. Debemos optar por ejercicios de respuesta social integral, en el que consideremos tanto los problemas como a quienes deben aportar para sacar al país del atolladero.

    Podremos hacerlo siempre y cuando estemos conscientes de que existe una realidad de la que todos somos partícipes. Unos como víctimas, otros como escépticos observadores de una realidad que parece ajena pero que nos afecta.

    ¿De quien es la culpa de este drama? O mejor dicho, ¿quiénes pueden resolver? Por un lado, los que entienden y conocen, pues deben involucrarse. Todos aquéllos que se llaman amigos de Guatemala, del sector, de las víctimas, pues deberían ayudar a la construcción, a la suma de voluntades y no tanto a la confrontación y la división.

    Somos una nación, donde sus habitantes parecen ignorantes de su realidad. Un conglomerado que vive desde hace mucho una cultura excluyente. Un país sonde creemos que con no ver las causas de la problemática, todo se resolverá. Todo ello sumado a los lacerantes resultados sociales y económicos, que arrojan nuestros 34 años de pésima construcción de democracia, donde hemos sido incapaces de desarrollar un sistema de justica fuerte y eficaz para todos los ciudadanos, constituyen las contundentes pruebas de nuestra ignorancia. 

    Y un asunto más, en las elites políticas, económicas y académicas padecemos del “Síndrome de la Respuesta”

    No escuchamos para entender, escuchamos para responder.

    Pensémoslo, hasta la próxima.