Razón y razonabilidad: educar para la libertad

A los seres humanos se nos da bien pensar que “el genio” no necesita ningún tipo de formación académica o disciplinar para lograr sus objetivos, lo cual torna en mágico un proceso de conocimiento inmediato y supuestamente espontáneo. Pues bien, hoy intentaremos deshilachar dicha ilusión. Porque si bien es agradable escuchar en videos virales que Einstein no sabía matemáticas, que Wittgenstein nunca cursó una sola materia en la universidad o que a Stephen Hawking, el astrofísico más importante de nuestra era, le causaba tedio asistir a clases y que aún así sus logros académicos y profesionales fueron asombrosos.

En este sentido, es interesante recordar las palabras de Fernando Savater en el Congreso “Mentes Brillantes”, en el cual comienza su intervención dejando entrever que él no confía mucho en el concepto que preside dicho acontecimiento académico y señalando que, más que “brillantez”, a lo que hay que apuntar es a la educación. Y señala un aspecto muy común, pero fundamental: el brillo de la mente y de la sociedad se da esencialmente por la educación.

Más allá de la pueril y simplista visión de la educación como medio para conseguir una posición acomodada en un campo, Savater nos dirá que no solo la educación no es un trámite más en el transcurrir de la vida, sino que “es algo que define el ser humano que vamos a ser”. Y aquí es el momento en el que educación y ética confluyen profundamente, puesto que la educación pasa a ser la clave para la formación de la ciudadanía.

No alcanza con aspirar a ser un hombre o una mujer “de provecho”, de lo que se trata es justamente de lograr “una verdadera plenitud humana y ciudadana”. Pues bien, para conseguirlo es crucial tener en cuenta que no se nace con categorías ciudadanas democráticas óptimas a priori y espontáneas, sino que ello se aprende, se forma, se construye inexorablemente de manera individual y colectiva.

Al interior de ese proceso de formación el rol de los padres (o de la familia en general) es fundamental, pero no podemos esperar que todos los ciudadanos cuenten con la suerte de haber nacido en un hogar en el cual la transmisión de valores cívicos esté garantizada. Justamente, como ello no sucede, se debe implicar a la sociedad misma en la dinámica de formación ética y ciudadana.

Ahora bien, ¿qué valores son los que una comunidad debe inculcar? Savater lo resumirá diciendo que se trata de “valores razonados” (no intuitivos), que respondan al por qué de su constitución. Los ciudadanos deben comprender el por qué de los derechos que tienen que respetar y defender puesto que no se puede resguardar aquello que cuyas razones se desconocen.

Así como es fundamental la explicación del por qué de ciertos derechos, que para ello existe la educación y su carácter de extensión del uso de la razón entre los seres humanos, es también necesario, conjuntamente, que dicho ejercicio de la razón incluya la posibilidad de la crítica que habilita espacios a poner en tela de juicio aquello que se da por sentado (y, créanlo, queridos lectores, la mayoría de los valores se dan por sentado).

Entender por qué y luego animarse a cuestionar los dos pilares fundamentales que la educación brinda para poner en marcha cualquier atisbo de construcción comunitaria en un contexto democrático que se aboque a resguardar nuestros derechos y garantías. Obedecer y dictar, el par antagónico, solo nos lleva a espacios hostiles de convivencia en los cuales muchos abandonan el pensar y adoptan el acatar mientras que otros tantos, aprovechando dicha situación, se dedican a adoctrinar negativamente a quienes servil y ciegamente los acompañan.

Como verán, no resulta sencilla la vinculación coherente entre razón y ética (razón práctica), puesto que dicho vínculo determina la manera como nos vinculamos con las cosas y las personas. Es por ello que Savater nos regala una salvedad muy interesante, al declarar que es imprescindible comprender la diferencia entre lo racional (encontrar los mejores medios para obtener ciertos fines) y lo razonable. Mientras que lo primero sirve estrictamente para relacionarnos con los objetos, lo segundo atiende estrictamente al vínculo que tenemos con los sujetos.

Para entender esta dicotomía de manera sencilla podemos afirmar que, por ejemplo, cometer un delito es sin duda alguna un acto racional (un robo, un asesinato premeditado, un ataque de cualquier tipo son hechos que nacen de la razón). En este punto nos gustaría añadir que Adorno y Horkheimer dieron testimonio clave al respecto: la razón instrumental (no simplemente las pasiones) permitió el holocausto judío por parte del régimen nacionalsocialista alemán.

Es, por arquitectura social de la razón que aún hoy en la humanidad se violan sistemáticamente derechos de todo tipo en pos del progreso económico de unas minorías. Entonces, la razón, en los casos que acabamos de detallar, utiliza meticulosamente todas sus herramientas al servicio del tratamiento de las personas como objetos desechables.

Por el contrario, lo razonable se caracteriza estrictamente por la empatía, que no es más que la capacidad de ponerse en el lugar de las otras personas. Ser razonable implica un acto profundo de comprensión prudente, que nos permite ser conscientes de las necesidades y derechos “del otro” y actuar en consecuencia, ya que ese otro ya no es visto como cosa útil, sino justamente como “un otro yo” digno y merecedor de respeto, como un fin en sí mismo y no un mero medio-para (instrumento).

La comprensión de la razonabilidad no es inmediatamente intuitiva ni mucho menos inmediata, sino que se conforma en la educación. Clara analogía de ello es evidente al observar el comportamiento de los niños pequeños, los cuales -señala lúcidamente Savater- proceden con frecuencia de manera dictatorial y brutal. ¿No es acaso un tirano un adulto que no superó su infancia y cree poder hacer o deshacer cuanto se le antoje caprichosamente, cual niño mañoso, con las personas y las cosas?

Justamente para ello la educación juega un rol esencial: hacer nacer en nosotros mismos toda cuanta razonabilidad sea posible, para que podamos formarnos seriamente en torno al trato con seres que son sujetos de derecho que no son meros medios, sino fines en sí mismos y que dicho vínculo se pueda realizar no mediante relaciones de poder dominadas por la coacción, sino más bien por la persuasión respetuosa y bienintencionada que apunte a la reciprocidad permanente que sostiene un pacto social legal que permite la coexistencia entre distintos sujetos. En pocas palabras, lo que Savater quiere dejar en claro es que la educación que no forma ciudadanos libres para que sean ciudadanos comprometidos, no educa, sino que reproduce sujetos funcionales a regímenes políticos y económicos que naturalizan la cultura del descarte.

¿Estamos educando así a nuestros niños y jóvenes? El desafío es acuciante, presente y urgente. Es la sociedad misma la responsable de reclamar la defensa de una educación que nos conduzca por el camino de la razonabilidad en pos de una comunidad que se aleje de la autodestrucción cívico-moral a la que nos estamos enfrentando.

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