Santiago, apóstol…

El profesor de Harvard Robert Klitgaard es, probablemente, el estudioso de la corrupción más reconocido en el mundo. De él es la fórmula dorada, siempre ignorada, para ganar la guerra contra esa lepra universal: nada cambiará y nadie creerá nunca que se esté haciendo algo mientras la sociedad no vea que, efectivamente, fríen a los peces gordos.

         En Colombia los escasos golpes de las autoridades contra la corrupción normalmente los reciben los pececillos menores, de manera que los grandes sobreviven y crecen hasta convertirse en verdaderas ballenas, insaciables e intocable.

         No obstante, el pasado viernes, como en una visión sobrenatural que no podría ser cierta para nadie, la Fiscalía General de Colombia anunció oficialmente una noticia que los medios, con más miedo que incredulidad, se limitaron a registrar en voz muy baja: Santiago Uribe Vélez, hermano, socio y compinche del expresidente Álvaro Uribe Vélez, fue llamado a juicio por las atrocidades que, entre 1992 y 1994, cometió un ejército de escuadrones de la muerte con el que cundieron de sangre y terror el norte del departamento de Antioquia, del que son oriundos. Santiago, de acuerdo con la acusación y las evidencias, fue el jefe principal.

         Era el inicio de un programa criminal de largo aliento que más tarde replicaron por todo el país con la extrema derecha, los carteles de la cocaína, las Fuerzas Militares y la Policía Nacional. En menos de dos décadas se apoderaron de las mejores tierras de Colombia, dentro de las que hoy están sepultados en fosas comunes muchos de los propietarios que opusieron resistencia.

         –Me vende o le compro a la viuda –era la propuesta innegociable con la que aquellos delincuentes establecían el primer contacto con los despreocupados dueños originales de las tierras.

         El grupo homicida primigenio por el que será juzgado Santiago Uribe Vélez fue llamado por la gente del común «Los 12 apóstoles» debido a que a él perteneció el párroco del pueblo, Gonzalo Palacio, cuyas actividades están descritas en este artículo que publiqué recientemente en HispanoPost.

         Siguiendo el ejemplo de los originarios «Los 12 apóstoles», los escuadrones de la muerte, también conocidos como paramilitares, se atribuyeron el derecho de «limpiar» a Colombia de lo que siempre han considerado como «lacras» y emprendieron una gran «limpieza social». Cruzada consistente en asesinar mendigos, prostitutas, homosexuales, vagos, inconformes, ateos y, principalmente, a todo aquel al que estimaban comunista: desde un defensor de derechos humanos, un sindicalista y un periodista acucioso, hasta un líder estudiantil o un poeta travieso.

         La «limpieza social» busca exterminar todo cuando pueda ser proclive al comunismo o contrario a la moral cristiana, lo que explica la presencia del cura Palacio, hoy convertido en un venerable anciano, casi un santo, al que la Iglesia Católica se ha encargado siempre de esconder de la justicia con tanto esmero como si fuera un cura pedófilo.

         En lenguaje jurídico, Santiago Uribe será acusado por concierto para delinquir agravado y homicidio agravado, delitos por los que podría ser condenado a más de 40 años de prisión. En su contra ya ha declarado una decena de los más tenebrosos asesinos de las grandes estructuras paramilitares del país, como Salvatore Mancuso, lo mismo que cómplices con los que, hombro a hombro y muerto a muerto, asesinó inocentes, entre aquellos el mayor de la Policía Nacional Juan Carlos Meneses, cuyo testimonio la corresponsal en Colombia de HispanoPost, Diana López Zuleta, recogió en esta entrevista exclusiva.

         El grupo homicida de «Los 12 apóstoles» se forjó en la hacienda La Carolina, de los hermanos Uribe Vélez, en donde los asesinos recibieron entrenamiento militar pleno y se manejaron todas las operaciones criminales que cometieron.

         Santiago Uribe Vélez ya está preso, aunque, por influencias ilícitas de su hermano el ex presidente, permanece en un club militar escogido por él, con todos los beneficios recreativos a su disposición.

         El llamamiento a juicio de este pez gordo es obra prodigiosa del abogado penalista Daniel Prado, quien representa a algunas víctimas de «Los 12 Apóstoles». Gracias a él y a un Fiscal valeroso e inflexible, no sirvió de mucho la muerte sistemática de testigos ni las leguleyadas con las que los Uribe Vélez pretendieron hundir el caso en el olvido y la impunidad.

         Prado consiguió a lo largo de muchos años que convergieran en un mismo proceso múltiples expedientes dispersos si bien la unión de todos podía permitir, como en efecto permitió, una visión extensa no solamente de las atrocidades cometidas por «Los 12 apóstoles» sino por la gigantesca máquina de muerte e impunidad que surgió alrededor de Álvaro Uribe Vélez, basada en la experiencia de aquel grupo piloto. En 1989, como una muestra de apoyo sin condiciones al baño de sangre, el Ejército Nacional le compró a los Uribe 100 hectáreas de La Carolina que fueron utilizadas para montar allí una base militar destinada a proteger la hacienda de la familia del expresidente y sus actividades criminales. Se llama, impúdicamente, Base La Carolina.

         Álvaro Uribe ha utilizado en forma desesperada el súbito antagonismo que lidera contra los recientes acuerdos de paz pactados por el gobierno con las FARC. Busca torcerles el pescuezo de manera que incluyan normas que pongan judicialmente a salvo a su hermano, a muchos de sus amigos y a él mismo, pues sus viejos nexos con los grandes ejércitos paramilitares y el narcotráfico acaban de ser denunciados por un magistrado colombiano ante la Corte Penal Internacional, como resultado de la inoperancia manifiesta de la acobardada justicia interna.

         Los acuerdos incluyen la instauración de un sistema de justicia especial por el que deberán pasar todos los violentos que se acojan a ellos, sean guerrilleros o no, en busca de beneficios. El primer requisito será confesar todos los crímenes cometidos y solamente entonces se sabrá qué exactamente le será perdonado a cada cual, en forma parcial o total, en aras de la paz.

         Pero lo que Uribe no quiere es que se sepa la verdad y mucho menos confesarla.

         El reconocido periodista Daniel Coronell, Presidente de Noticias de Univisión, en la columna que publica en la revista Semana acaba de demostrar que Álvaro Uribe está saboteando los acuerdos esencialmente en contra de lo que él mismo ha propuesto enfáticamente. Empero, con su hermano en la cárcel y él oficialmente en la mira de la Corte Penal Internacional por crímenes atroces, su ánimo agitado, adolorido y melancólico no le permite que haya correspondencia entre sus ideas y su comportamiento.

         Parece ser que en el vaivén de sus enormes dificultades, Colombia está de pronto frente a la posibilidad grandiosa de ver freír un pez gordo monumental, como los que exige la elaborada receta del sabio Harvard Robert Klitgaard.

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