Una noche en el hospital: De la angustia a la impotencia

Mientras escribo esta crónica el reloj de mi celular marca las 4:20 de la madrugada. Es la segunda vez en mi vida que duermo, o al menos hago el intento de dormir, en un hospital. La primera fue el martes pasado, al segundo día de haber ingresado a mi tía de emergencia por una insuficiencia respiratoria aguda, asociada a una falla cardiaca. 

No he podido conciliar el sueño, de fondo se escucha el pito del respirador artificial de una señora mayor recluida en trauma shock, víctima de tres ACV y dos infartos; la respiración fuerte y agitada del vecino de cama de mi tía, quien presenta problemas con la tensión y una patología renal; el concentrador de oxígeno de mi tía y un gallo que canta a deshora. 

Minutos antes, la tensa calma de los equipos médicos y el gallo con horario trastocado fue interrumpida por unos gritos ensordecedores de un hombre que pedía ayuda para su hermano. Dos enfermeras y el doctor de guardia corrieron al llamado de auxilio, mientras los gritos se escuchaban cada vez más cerca en la pared contigua al cubículo donde estamos nosotras. 

Se prendieron las luces centrales de la sala de emergencia y pacientes y familiares despertamos al son de la angustia que se vivía afuera. “Ayúdelo por favor”, se escuchó. Los pasos rápidos anunciaban la entrada de una de las enfermeras que buscaba los equipos de primeros auxilios.

“Qué haces buscando eso, ahí ya no hay nada qué hacer”, dijo la segunda enfermera casi en simultáneo con otro grito ensordecedor y espeluznante. Negación y llanto inundaron el espacio, tanto que silenciaron al ruido de los aparatos. “Qué lástima, era un muchacho joven, pero lo trajeron muy tarde”, volvió a decir la segunda enfermera. 

Indignación e impotencia  

Éste fue tercer paciente que falleció durante la guardia. Cuando llegué al hospital a golpe de las 6:30 de la tarde, para quedarme durante la noche con mi tía, ya había pasado el estrés. 

El carismático médico de guardia conversaba con los pacientes y echaba broma con la guardia de enfermeros, para despejar los malos ratos y temores. Cerca de las 12:30 de la noche, tras haber pasado revista, se despidió de las enfermeras que quedaban a cargo en emergencia y anunció que subiría a piso 1 a “darles una vuelta a los pacientes y descansar un poco”. 

Su descanso se vio frustrado con la emergencia. “Me prestas tú oxímetro”, me dijo cuando afuera todo era gritos y conmoción. En el hospital solo hay un oxímetro, el cual se dañó la semana pasada y no hay quien lo reponga. Una de las enfermeras también mencionó un par de fármacos, imposibles de pronunciar si no forman parte de tu dialecto diario, que también estaban escasos y eran necesarios para solventar la situación. 

Pasada la tragedia, cuando el doctor regresa para devolverme el oxímetro, es evidente su indignación. “Cómo me van a traer a un paciente en tan malas condiciones. Cómo es posible que en el Vargas lo hayan rebotado, un hospital que lo tiene todo. Aquí no hay nada ¡Aquí no hay nada!”, insistió, demostrando su impotencia. 

El paciente sólo tenía 26 años de edad, presentaba dolor y mal estado general. Había sido llevado a la emergencia del Hospital José María Vargas, donde no fue atendido “por falta de personal y equipos médicos”. 

Para ser auxiliado por el médico de guardia en el centro de salud donde nos encontrábamos, el miliciano de la puerta tuvo que hacer las veces de portero, vigilante y camillero, pues este último está de vacaciones y no hay quien lo cubra. El galeno tuvo que ir por los cubículos preguntándonos quién tenía un oxímetro que le pudieran prestar y a las enfermeras les tocó hacer de tripas corazón con otros medicamentos medianamente útiles para la ocasión. 

A las 5:50 de la mañana, cuando aún el ambiente era agitado, pero un poco más calmado, el doctor esperaba la llegada de medicina legal para hacer el levantamiento del cuerpo y las enfermeras la llegada de su reemplazo. “Que sea antes de que llegue otra emergencia, como el jueves pasado, que me llegaron un COVID y un infarto cinco minutos antes de entregar mi guardia. Sé que estamos en Venezuela, pero es que aquí no se descansa ni gana bien por lo que se trabaja”, dijo una de las enfermeras.

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