Las influencias musicales son un paso ineludible en la creación de cualquier género mientras que su contexto histórico termina definiendo la intención de sus prosas. La Cumbia Villera supo resurgir entre las cenizas de un país que se desangraba. Corría el año 2001, la crisis económica se llevaba por delante el gobierno de Fernando De La Rúa y los trovadores de turno terminaron siendo los «Villeros» que descubrieron, en la cumbia, una alternativa de subsistencia.
Pasaron 15 años y aquel género, que aún perdura, comenzó a ramificarse y sus influencias, de las que hablamos al principio, bien pueden ser las que dieron pie a este nuevo género, el «Rap Villero», mismo reclamo pero diferente ritmo. Los «Monoblocks del Docke» es uno de los suburbios más famosos del partido de Avellaneda, provincia de Buenos Aires y a la vez testigo prescencial del surgimiento del mencionado género.
Construido de sobrias columnas de hormigón pero sostenido a base de marginación, sacrificio, delincuencia y necesidades; ha sido la musa inspiradora de los intérpretes en cuestión.
Ayer «Los ñerys del Docke» hoy, ya en su faceta de solista, Leonardo González nos recibe en los márgenes de un barrio que, a simple vista, se muestra peligroso y seguramente, esta característica, sea el primer escalón a la hora de interpretar sus letras. Nacido y criado en la marginalidad, «LG Flow» encontró en el rap aquello que muchos delincuentes del barrio no pudieron o no quisieron encontrar: revelerse ante el sistema sin cometer delitos.
«Acá le cantas a tu vida, a tu pasado, te sentís escuchado desde un lugar tan sencillo como la música», aunque reconoce que el estilo que eligió no es del todo comercial. «En este país hay muchas cosas que no se quieren escuchar, algunas palabras molestan», dice. Claro, la Cumbia Villera supo ocupar ese lugar, el de la protesta social aunque LG y sus rimas le presentan batalla a quienes no quieran oír sus reclamos.



