Has decidido marcharte. Con sólo once años, una edad en la que según los expertos todavía no se es consciente ni se tiene una idea clara del significado de la muerte, y mucho menos el ejecutarla sobre ti mismo de forma voluntaria. Lo has hecho, según leemos, de forma meditada y decidida. Y has tenido la valentía, muchos pensarán que has sido cobarde, ¡qué sabrán!, de despedirte con un aplomo y serenidad que no deberías tener a tu edad. Y además has dado un motivo: no aguantabas ir al colegio.
No eres una mente enferma, eres una niño atormentado por una situación que quienes deberían haber detectado no lo han hecho a tiempo. Quizá escuchaste muchas veces en tu colegio, en la calle, porque todos lo hemos tenido que oír más de una vez, que la crueldad de tus compañeros, vete tu a saber si profesores también aunque sólo se manifestase con las indiferencia, fortalece el carácter de los niños. Que la violencia te hace duro y te hace crecer como persona.
Tu sabes que no es así, y que si te hubieran observado, ni siquiera escuchado, alguien habría puesto algún remedio. Pero hoy vemos cómo desde tu colegio se excusan diciendo que no habían notado nada extraño ni que estuvieras sometido a ninguna presión. Mentira, ¿verdad? Si no ¡de qué te vas tirar desde un quinto piso! Pero lo que debería ser un ejercicio de dignidad y humanidad como es entonar un mea culpa, en España se convierte en un ejercicio de despejar el balón y echarlo fuera. Así de ruines somos.
A mi, cuando era pequeño, me pegaron ocasionalmente en el colegio. Mis compañeros y mis profesores. No todos, claro, pero en los años setenta era bastante común reprender con la vara en la mano. Pero en el colegio, si había un exceso, se ponía remedio. Y si finalmente no lo hacían ellos se tomaban otras medidas. Un profesor atizó un tortazo de tal magnitud a uno de mis hermanos que lo derribó y tumbó hasta su pupitre. Mi padre se presentó en el colegio y encaró al profesor: si has sido tan valiente de hacer esto a un niño de 11 años, ten cojones y hazlo conmigo. Nunca más.
Tu no te has ido porque creas que vas a encontrar un paraíso en el cielo, porque todavía no sabes ni qué es eso. Te has ido para descansar, porque estabas agotado. Porque ya no podías volver al colegio. Y ahora la juez que estaba investigando el caso parece que quiere archivarlo sin llegar a conclusiones aclaratorias. Ese archivo deja el hecho de tu muerte como algo rutinario y sin motivo, casi como si hubiera sido un capricho o una travesura más de un niño de 11 años.
En tu carta de despedida pides a tus padres que te odien un poco menos y les das las gracias por la vida que te dieron. No tenías ni que hacerlo. ¿Quién puede odiar a un niño?
Ya que te has ido, y que tu familia tardará en volver a verte, pide desde donde estés que se investigue a fondo la causa de tu marcha. Porque uno no se estrella contra el cemento por un videojuego ni porque en casa no te dejen salir con tus amigos por la noche. Y menos con 11 años.



