Cuando España optó, en 2001, por imponernos visa a los colombianos fui uno de quienes juraron no volver a poner un pie por allá mientras esa disposición, que cayó este 3 de diciembre, se mantuviera en vigor.
Soy de los pocos que cumplió la promesa.
Sigo creyendo que, precisamente, España es el único país del mundo que carece de derecho y argumentos válidos para ponernos trabas de ingreso a los colombianos. Las razones son muchísimas. Primero que nada, somos españoles (por bueno o malo que eso sea) nacidos en América. En segunda instancia, a partir del llamado Edicto de Granada, de 1492, los Reyes Católicos comenzaron a expulsar a los españoles judíos con la finalidad de impedir que influenciaran a los cristianos y prohibieron que los judeoconversos siguieran fingiendo que obedecían al Papa mientras practicaban el judaísmo en secreto.
De esos judíos conversos expulsados hacen parte prácticamente todos mis ancestros: Guillén, Jiménez, Martínez, Sanz de Santamaría, Vargas, Arango, González (me dicen que solo se exceptúan Silva, Cabal y Mallarino). Se radicaron en América y aquí estamos. Después de limpiezas de sangre a las que se sometieron mis antepasados (no sé cómo limpiaron el imborrable linaje indígena), de las que existe constancias en el antiquísimo archivo histórico de la Universidad del Rosario, de Bogotá, organizado por mi hermana María Clara, todos (menos uno que otro, que somos ateos) aún siguen siendo católicos fervorosos. Al fin se olvidaron por completo de su pasado judío y aún así nos pusieron visa para entrar al país del que nos sacaron a patadas por serlo. El terror a las barbaries del Santo Oficio de la Inquisición hizo que aquellos judíos de los cuales provenimos el grueso de los colombianos terminaran por aborrecer ese pasado e ignorarlo para no meterse en problemas.
Hoy, todavía, nos bautizan recién nacidos y no nos perdonan la Primera Comunión para salvarnos del Demonio (por el que, sin embargo, tengo inmenso aprecio, cariño y consideración).
Cuando tenía diez años de edad, mi padre, Fernando Guillén Martínez, publicó en España su elogiado libro La Torre y la Plaza, el ensayo más bello y profundo que se haya escrito jamás sobre la hispanidad. Para esa época, mis profesores en Bogotá eran españoles en gran número. Habían llegado muriéndose de hambre y nunca nadie les pidió ninguna visa ni les preguntó cuánto tiempo iban a quedarse. Los sábados, cuando íbamos con mi mamá y mis hermanos a hacer compras en Chapinero, a lo largo de la carrera 13, comíamos bizcochos en la Pastelería Vasca y empanadas, churros y pinchos en La Castreña, negocios de españoles pobrísimos acabados de llegar, también huyendo, esta vez de la tiranía del bárbaro Francisco Franco. El mejor programa de nuestra exigua televisión nacional, de un solo canal, era Yo y Tú, creado y dirigido por Alicia del Carpio, española. La enorme biblioteca de mi padre estaba conformada en su gran mayoría por libros impresos en España, excepto algunos que venían de Cuba, México y Argentina. Los únicos colombianos los editaba casi exclusivamente Espiral, de Clemente Airó, un español. Mi mejor amigo y vecino, Pepe Iglesias, era hijo de una pareja de españoles que vino a marchas forzadas para sobrevivir trabajando de sol a sol y morir aquí, sin necesidad de presentar ninguna visa.
Los descendientes de españoles debíamos ser obligadamente orgullosos de ello y los demás parecernos una porquería: indios. Uno de los peores insultos fue: ¡no sea indio!. El mestizaje, lo único valioso que posee Colombia, era motivo (sigue sin de llegar España no tenemos la allero Caldernten tan a gusto aqustros dtener que pagarle impuestos y aprovechar que se los paréndolo) de vergüenza.
No tuvimos grandes migraciones, excepto una que otra extraviada familia alemana, francesa, italiana, inglesa o del Medio Oriente y hasta hoy ha sido así. Quizá por ello es que los españoles de España se sienten tan a gusto aquí, entre nosotros: los españoles que nos vinimos a América en el transcurso de los últimos 500 años.
No solamente el entorno desde mi infancia ha sido español en Colombia, como el de todos los demás, sino que mi padre fue un reconocido erudito en la historia española (se la enseñaba a los expertos españoles) y fue reconocido catedrático de esa materia en la Universidad Nacional de Colombia.
Tan españoles hemos sido los colombianos, es decir, tan malos, que nunca acabé de entender completamente para qué Bolívar y un puñado de españoles, oportunistas y locos, que lo seguían (incluidos antepasados míos) les dio por emanciparse. Sigo creyendo que fue solamente para no tener que pagarle más impuestos a la Corona y organizar el nuevo gobierno para que mejor se los pagaran a ellos, como ocurre hasta nuestros días.
Mi primer viaje a España fue en 1979. Volé de Bogotá a Madrid y al llegar experimenté lo que luego leí en un texto del escritor bogotano Eduardo Caballero Calderón: Al entrar a España no tenemos la impresión de llegar sino la de volver .
En ninguna otra parte me sentí tan a gusto y no dejé de ir varias veces al año, al punto que la jefe de relaciones públicas de Avianca en Barajas, Margarita Robledo, ya me conocía y gentilmente me enviaba de vuelta en primera clase. Durante mis viajes me hospedaba en cuarticos estrechos de pensiones, hoteles de malas pulgas o de cinco estrellas, según el dinero que tuviera en cada momento.
En mi primer viaje conocí una España paupérrima y digna. En las estaciones del metro de Madrid vivían millares de personas y por cada peso colombiano me daban dos pesetas. Mis ahorros de periodista pobre se multiplicaban al aterrizar en Madrid.
Una noche, en las cuevas de Luis Candelas, conocí a un tal Manuel Guillén. El tipo tenía la cabeza henchida de vino y el estómago lleno de cochinillo. Mencionó que su familia vivía en Carrión de los Condes (Castilla), lo que me llenó de emoción, pues el primer Guillén conocido de mi árbol genealógico, Francisco Guillén Chaparro, había llegado de allá. Mientras nos tomábamos dos botellas más prometió que me recogería más tarde, a las nueve de la mañana, en mi hotel de la Gran Vía, para irnos al pueblo.
No fue una promesa borrada por el alcohol: todavía ebrio, el Guillén llegó a la hora señalada y nos fuimos en su Simca de los años 70, que olía a humo y amenazaba con desintegrase cuando alcanzaba los 80 kilómetros por hora. Fueron cerca de cinco horas de viaje, a punta de Alka-Seltzer para la resaca, por el Camino de Santiago, hasta el milenario Carrión (provincia de Palencia), un pueblo olvidado que en la Edad Media llegó a ser una de las ciudades más importantes de los reinos cristianos.
Dos tías abuelas de Manuel Guillén, exactamente iguales, hasta en los bigotes, a las siete mías solteronas González Sanz e Santamaría, de Bogotá, nos dieron posada y estuve cuatro días a cuerpo de rey en casa de ellas. Me presentaron a sus amigos, vecinos y parientes, principalmente unos viejos hoscos y lúcidos, réplicas de mis tíos Martínez Delgado. El cura local, de sotana, era idéntico a monseñor Carlos José Romero, primo de mi abuelita Josefina y deán de la catedral de Bogotá.
Las viejas Guillén (también exactas a las tías abuelas solteronas Guillén Arango, de Sonsón, Antioquia, Colombia) y algunos de sus amigos, cuando me fui me propusieron ir a vivir a Carrión de los Condes para aprovechar el clima, la paz y sus innumerables acontecimientos religiosos, idénticos a los de San Gil, Popayán, Barichara o Monguí, en Colombia.
Ahora, cuando ha caído la muralla de la visa y al bajar en la noche hacia mi casa no veo frente al consulado las filas de varias cuadras de gente que pasaba la noche tirada a calle para que la atendieran al día siguiente, probablemente vuelva a la provincia colombiana en Europa llamada España a visitar, por ejemplo, a mi hermana María del Pilar y a ver cómo están los precios de las casas medievales en el olvidado Carrión. Quizás las viejas Guillén, si todavía viven, me vendan la suya.
