El 20 de enero, tras haber sido investido como presidente de Estados Unidos, Donald Trump aseguró en la Oficina Oval en la Casa Blanca: “Probablemente vamos a dejar de comprar petróleo a Venezuela, no necesitamos su petróleo”. También dijo que podría imponer más sanciones a la industria de los hidrocarburos venezolana, ya que su país “tiene petróleo más que suficiente”.
Casi un mes después, el martes pasado, en una rueda de prensa desde Mar-a-Lago, en Florida, reiteró que está considerando suspender las licencias petroleras a las multinacionales que operan en Venezuela. “Estamos teniendo discusiones dentro de nuestro propio gobierno. Es un poco temprano, pero no comprábamos (petróleo) de ellos, pero cuando (Joe) Biden llegó, por la razón que sea, comenzó a comprar petróleo allí, pese a que tenemos más oro líquido que nadie. Le pagaron una fortuna a Venezuela”.
Sin embargo, también dejó claro que si bien lo están “examinando muy en serio”, él solo lleva “aquí tres semanas”.
En todo caso, ¿qué tan factible es que Estados Unidos pueda prescindir del petróleo venezolano? Esto, en un contexto en el que Trump impuso aranceles a los productos importados desde México y Canadá, aunque se suspendieron -por ahora la pausa es sólo por un mes- después de las concesiones dadas por los dos países, y exista además la amenaza de más sanciones contra Irán y Rusia.
Si bien esta semana representantes de los gobiernos de Trump y Vladimir Putin se reunieron en Arabia Saudita para conversar sobre “las complejas relaciones bilaterales” entre ambas naciones y un posible fin a la guerra de Rusia en Ucrania, el miércoles la Unión Europea acordó un nuevo paquete de sanciones -aún tiene que ser ratificado por los ministros de Exteriores del bloque- contra el petróleo y aluminio ruso por la invasión a gran escala a Ucrania.
Cyril Widdershoven, experto en el mercado energético global y fundador de Verocy, asevera en su artículo Trump Understands That the US Needs Venezuelan Oil, publicado en el portal Oilprice.com, que, aunque Trump ha dejado un margen de maniobra con Venezuela, es poco probable que corte por completo las importaciones. “Las interrupciones en este suministro obligarían a las refinerías a buscar alternativas de menor calidad, amenazando la estabilidad energética”.
Recuerda que las refinerías en la costa del Golfo de Estados Unidos procesan cientos de miles de barriles de crudo venezolano por día y que, según Kpler (plataforma de inteligencia comercial global), los volúmenes alcanzaron un máximo de seis años en diciembre, aproximadamente 300 kbd, lo que representa un aumento interanual de 150 kbd.
La Costa del Golfo, de acuerdo con Widdershoven, “es crucial para la supremacía energética de Estados Unidos”. Si se interrumpieran los flujos de crudo venezolano a la región, refinerías estadounidenses “tendrían que recurrir a proveedores de menor calidad y menos confiables, una perspectiva indeseable”.
A su juicio, la producción en México “sigue siendo mediocre”, mientras que la construcción de barreras comerciales en América del Norte limitaría las importaciones canadienses. “Confirmando este punto, Kpler predice que el Golfo enfrentaría una grave escasez si las importaciones de crudo venezolano cayeran en 200 kbd este año. Estas métricas respaldan los argumentos a favor de una distensión entre Estados Unidos y Venezuela”.
Widdershoven advierte que detener las importaciones venezolanas sería “un golpe a la estabilidad económica de Estados Unidos y al bienestar más amplio del hemisferio occidental” y en ese escenario Nicolás Maduro tendría todos los incentivos para profundizar aún más sus vínculos con “los antagonistas” de Estados Unidos, entre ellos Irán, país que Trump tiene en la mira.
Además, como señala Julianne Geiger en su artículo Here’s Why Oil Prices Could Go Higher in the Short Term, si Estados Unidos aplica sanciones estrictas a Irán -esto podría eliminar hasta 1,3 millones de barriles por día del mercado global, principalmente exportaciones a China- y Rusia, y los aranceles interrumpen las cadenas de suministro de América del Norte, los precios del crudo podrían superar la marca de los 80 dólares nuevamente.
La editora e investigadora de Oilprice.com agrega que la guerra arancelaria de Trump está poniendo nerviosos a los inversionistas, pues se esperaba que su arancel sobre las importaciones canadienses y mexicanas causara estragos en los flujos de energía de América del Norte, elevando los precios del petróleo. Canadá, por ejemplo, suministra casi 4 millones de bpd a las refinerías estadounidenses, lo que la convierte en el principal proveedor de crudo a ese país. México aporta 500.000 bpd.
“Antes de los aranceles, la pregunta era: ¿se incluiría el petróleo en la lista de aranceles? De ser así, alteraría significativamente los márgenes de refinación, particularmente en el Medio Oeste, que depende en gran medida del crudo pesado canadiense. La ministra de Asuntos Exteriores canadiense, Mélanie Joly, ya advirtió que las refinerías estadounidenses podrían tener que recurrir al crudo venezolano, un giro irónico dados los esfuerzos de Trump por aislar a Venezuela”, señala la experta.
Pero, más allá de la ironía, Widdershoven opina que “reanudar el compromiso con Venezuela sobre la base de términos comerciales mutuamente beneficiosos (específicamente, el intercambio del muy necesario petróleo crudo por muy necesarios dólares estadounidenses) es sin duda el mejor camino a seguir”.
Los mercados petroleros “atrapados” y Trump insistiendo en el fracking
En este momento, de acuerdo con Julianne Geiger, “los mercados petroleros están atrapados entre fuerzas en conflicto”. Asegura que las políticas energética y comercial de Trump están creando riesgos alcistas para la oferta, mientras que las incertidumbres sobre la demanda, las decisiones de la OPEP+ y un dólar fuerte están actuando como contrapesos.
Ante ello, sostiene que si la OPEP+ aumenta la producción o las preocupaciones económicas pesan sobre la demanda, los precios pueden permanecer dentro del rango de 70 a 85 dólares por barril que muchos analistas esperan.
En medio de ese contexto, Trump quiere impulsar la extracción de petróleo, mediante el fracking. Sin embargo, según se indica en el artículo U.S. Frackersand Saudi Officials Tell Trump They Won’t Drill More, publicado en The Wall Street Journal, “sus aliados en la industria del esquisto estadounidense y Arabia Saudita están contraatacando”.
Los autores Collin Eaton, Benoit Faucon y Benoît Morenne recuerdan que durante meses Trump ha alentado a la industria estadounidense del esquisto a “perforar, taladrar”, pero no se prevé otro auge petrolero estadounidense pronto, sin importar cuántas regulaciones se revoquen, según ejecutivos petroleros.
En el artículo también se advierte qué los asesores de Trump admiten que los frackers estadounidenses no bombearán mucho más y que la “mejor palanca” para bajar los precios podría ser persuadir a la Organización de Países Exportadores de Petróleo y a Arabia Saudita para que agreguen más barriles al mercado. Pero Arabia Saudita ha dicho que tampoco está dispuesta a aumentar el suministro mundial de crudo.
Los ejecutivos petroleros dijeron que esperaban que la producción estadounidense, que ya se encuentra en niveles récord, crezca modestamente este año, a menos que los precios suban. El Departamento de Energía proyecta que la producción de Estados Unidos aumentará 2% a alrededor de 13,7 millones de barriles por día en diciembre y luego se mantendrá relativamente estable en 2026.
“Ese nivel de producción haría poco para saciar el apetito inmediato de Trump por un chorro de petróleo. También podría obstaculizar su capacidad para imponer sanciones de petróleo y gas a Rusia o Irán, medidas que probablemente llevarían a menos barriles en el mercado y a un aumento de los precios del petróleo, socavando la promesa de Trump a los votantes”, señalan los autores.
Ante esos escenarios -y regresando a la pregunta inicial- Trump, aunque en su retórica insista en que no, ¿necesita el petróleo venezolano para estabilizar el mercado, incluyendo el de Estados Unidos y evitar que los precios se disparen?
“No sé si la palabra es necesitar. De hecho, a partir de las sanciones aplicadas durante lo que se llamó ‘máxima presión’ durante unos años no entró un barril de crudo venezolano a Estados Unidos y otros crudos similares tomaron ese nicho. Sin embargo, no es menos cierto que nuestra calidad de crudo es óptima para el parque refinador, especialmente el del Golfo, pues su procesamiento da a esas refinerías un margen más amplio que con otros tipos de crudo y eso lo hace muy apetecible para ellos”, responde Dolores Dobarro, exviceministra de Energía y Minas de Venezuela, abogada y asesora en materia de energía.
A su juicio, se trata de “una razón económica más que de estabilización de mercado, tomando en cuenta que la necesidad de crudo de Estados Unidos es de 20 millones y Venezuela le vende poco más de 200.000. Por ahora, no veo mucha más que razones estratégicas para ellos, por su parque refinador”.
Mucha opacidad, una de las consecuencias de las sanciones para Venezuela
Las sanciones, aunque su objetivo es forzar el cambio, producen daños colaterales que en Venezuela han sido potenciados por “la enorme dependencia que la economía y la sociedad tienen respecto del Estado como generador fundamental de recursos a través de la actividad petrolera”, dice Tamara Herrera, economista jefe de Síntesis Financiera, en su ensayo “Venezuela ante el riesgo de una nueva ola de sanciones”, que forma parte del compendio Sobre las sanciones en Venezuela, de la Universidad Católica Andrés Bello.
Afirma que las propuestas de endurecimiento vía retiro de licencias o vía codificación de sanciones “no harán otra cosa que reavivar los efectos colaterales sobre una economía, ya suficientemente golpeada, en la que la variable de ajuste seguirá siendo la población (…) Rápidamente se sentirían los efectos en la paralización de decisiones y planes de inversión de las empresas y un nuevo recrudecimiento de la emigración”.
En el ámbito petrolero, indica que la totalidad de la gestión pasaría a estar bajo control directo de Petróleos de Venezuela (Pdvsa), “sobre cuya regularidad habrá dudas, dada la tradicional subordinación de la gestión a eventuales decisiones políticas”.
Y si bien “el declive de la producción no será abrupto (…) sí cabe esperar que la producción decline en la medida en que se debiliten las externalidades positivas que ha traído la operación bajo licencia. Estimamos que a lo largo de poco más de un año la producción total decline entre 12% y 16%, unos 150.000 b/d, y consiguientemente disminuya el volumen exportado”, añade Herrera.
Otra consecuencia sería el retorno de Irán como proveedor de diluentes e insumos para Pdvsa “a un costo considerablemente más alto, de características inapropiadas y de suministro irregular” y la totalidad de las exportaciones pasarían a ser comercializadas exclusivamente por Pdvsa a precios de mercado negro (25% más bajo que la cesta promedio), “debiendo cubrir grandes distancias, muy altos costos de transporte, opacidad, cobro incierto y corrupción”.
“Un cálculo sencillo nos muestra que para el 2025, suponiendo un crudo Brent a $70, en el statu quo de licencias el precio de la cesta promedio es de $51 y el valor de las exportaciones sería de unos $16 millardos. De producirse la revocatoria y la consiguiente caída en la producción y el precio, el valor exportado sería de $12 millardos. O sea, $4 millardos menos (26%) en un año. Huelga decir que habrá una mayor opacidad de la gestión y los flujos financieros en la industria, el mercado cambiario y el fisco nacional”, explica Herrera.
Cristina Tovar, presidenta de la Asociación Venezolana de los Hidrocarburos, y Juan Carlos Andrade, director la Cámara Petrolera Venezolana, coinciden en ese punto con Herrera.
En el ensayo “Industria petrolera y desarrollo sostenible en Venezuela: retos y estrategias para el futuro”, también publicado en el compendio de la UCAB, recalcan que eliminar, modificar, restringir las licencias “limitaría fuertemente” la posibilidad de operar al sector privado, la eliminación del acceso (aunque restringido y controlado) a mercados tradicionales, y volver al periodo entre 2017-2022 durante el cual la producción se vio severamente afectada, y bajo la totalidad del control de operaciones en los entes del Estado venezolano.
Asimismo, consideran que probablemente Venezuela volvería a “los grandes descuentos en la comercialización de los productos, altísimos costos de flete, opacidad, mercados no tradicionales, incluyendo pasados esquemas de transacciones no lícitas, con la consecuencias sociales, políticas y económicas que todo ello genera”.
De hecho, Javier Blas, columnista de Bloomberg Opinion, lo expone claramente en su artículo The Black Market for Oil Will Continue to Thrive cuando advierte que “el contrabando de petróleo no es fácil, pero es tan enormemente rentable que los obstáculos sólo lo frenan. Claro, las autoridades pueden hacer que el comercio de barriles ilícitos sea un poco menos rentable desde el punto de vista financiero; sin embargo, al final el petróleo fluirá”.
Y, a su juicio, está fluyendo. “Rusia, Irán y Venezuela, los tres principales países productores de petróleo bajo sanciones occidentales, todavía están bombeando alrededor de 16 millones de barriles por día de crudo y otros líquidos petroleros. Supongamos que el trío está vendiendo petróleo con un descuento del 20% sobre los precios del mercado y hagamos los cálculos: eso equivale a mil millones de dólares en petróleo al día(…) No ayuda que no todo el mundo considere ilícito el crudo ruso, iraní y venezolano. Para China, la India y muchos otros países en desarrollo, sus barriles son tan buenos como cualquier otro”.
Mientras que con la aprobación de licencias otorgadas a los particulares entre 2023 y 2024, las cifras de producción de Venezuela -de acuerdo con fuentes secundarias de la OPEP- no solo reflejan un incremento en más de 120 mil barriles, sino que también se ha conseguido recuperar parte de los mercados tradicionales de Venezuela, en particular los de la costa del Golfo en Estados Unidos, según lo expuesto por Tovar y Andrade.
En un ambiente de sanciones, los expertos aseveran que las licencias de la OFAC “han traído múltiples beneficios” al sector privado petrolero, que incluyen el acceso a mercados sin sacrificar precios o pagar enormes primas en fletes, a recursos internacionales, transparencia en los procesos de procura, facilitando la compra de equipos, tecnología, o servicios esenciales para sus operaciones.
Puntualizan que estas licencias, “aun cuando son muy limitadas”, ofrecen «seguridad jurídica a inversionistas y socios internacionales y mitigan riesgos legales para aquellas empresas sujetas al régimen sancionatorio, directa o indirectamente (…) y muy importante, la generación de ingresos que pueden ser reinvertidos en el sector o utilizados para estabilizar la economía”.
