En términos históricos, el acuerdo de paz con las FARC, no viene sino a certificar, de nuevo, acaso esta vez de forma definitiva, el fracaso total y el fin del guevarismo insurreccional como tesis política y corriente con pertinencia social.
Transitando, aunque de forma oportunista e instrumental, el camino electoral, parte de la izquierda clásica latinoamericana que es tributaria de la Revolución Cubana, –viva en Bolivia, Argentina, Venezuela, Ecuador–, sigue rindiendo loas y aproximándole flores de carácter hagiográfico a la memoria del Che Guevara. Sobre su mito se fundamentan hoy muchas posiciones y excesos. Todavía son franjas apreciables y nada desdeñables del espectro de la política latinoamericana. La Habana sigue siendo, hoy, la Ciudad del Vaticano de la izquierda exquisita.
Desde su interpretación temprana, como variante del comunismo local, la Revolución Cubana y su eje de influencia, que en algún momento llegó a ser poderoso, ha considerado la toma de las armas como un hecho y un instrumento natural de la política. Para el castrismo las revoluciones son armadas. Parte de los métodos disciplinarios de la guerra contra Batista se transformaron en política de estado a muy poco andar en Cuba.
En los momentos más álgidos de la Guerra Fría, ante una política estadounidense torpe y oportunista, y en el marco de la independencia de la mayoría de las naciones del Tercer Mundo, el guerrillero mismo, el insurrecto de rasgos quijotescos que salía a los campos a enfrentar dictaduras y terratenientes, ese que llegó a personificar como nadie Guevara, fue todo un sujeto político, popular en las masas campesinas y de prestigio dilatado en el campo de la izquierda liberal. Podríamos convenir que, en los cincuenta y los sesenta, frente a ciertas dictaduras, la figura del guerrillero se ajustaba a su autopercepción justiciera tradicional.
Después del éxito militar y político de la Revolución Cubana, Guevara, hombre formado en las letras y de indudable inteligencia, publicó La Guerra de Guerrillas, un ensayo que recoge sus conclusiones fundamentales en torno a las causas de la victoria militar de Fidel Castro, su comandante y amigo. Guevara presenta tres grandes conclusiones: Las Fuerzas Populares pueden ganar una guerra contra el ejército. No siempre hay que esperar que estén dadas todas las condiciones para hacer la revolución; el foco guerrillero puede crearlas. En la América subdesarrollada el terreno de lucha debe ser fundamentalmente el campo.
El Che polemizaba en contra de cierta tradición del comunismo sudamericano, quietista y dogmática, tendente a formar bloques en el campo civil, y a su juicio, a retardar las condiciones para el desarrollo de la revolución. La lucha armada se convirtió, a partir de entonces, en los años 60, en el instrumento moral y legítimo que escogió la izquierda para enfrentar a sus enemigos, bien sea las dictaduras militares, o gobiernos de orden democrático-burgués.
La teoría guevarista del foco guerrillero, llamada foquismo se transformó en un dogma sagrado y aumentó su potencia una vez que Guevara fuera capturado y ajusticiado en Bolivia por los servicios de inteligencia estadounidenses en 1967.
Casi toda la izquierda latinoamericana fue migrando a los escenarios electorales, derrotadas las guerrillas con el paso de los años. Algunos obstinados, los más obtusos y radicales, decidieron continuar con las armas.
Puede que el sandinismo, en su guerra contra el tirano Somoza, haya sido el último gran momento de legitimidad del guerrillero latinoamericano. La llegada de la postmodernidad, con la Caída del Muro de Berlín, le restó contenido a las maniobras guerrilleras en naciones que casi todas estaban encaminando su transición a la democracia. Hasta los más dogmáticos comprendieron que el tránsito electoral era inevitable, esencial, para llegar al poder. Los últimos guerrilleros de esta era, los colombianos, eran movimientos incomprendidos, aislados, que obraban con enorme crueldad, vinculados a delitos, que hicieron de la guerra un modus vivendi y ejecutaron procedimientos inaceptables. Tenían un tejido cualitativo de inferior calidad en términos políticos a los de grupos de años anteriores.
Ese ha sido el carácter de las FARC. En los años 90, cuando las guerrillas centroamericanas se fueron pacificando, y entregaron las armas los emblemáticos movimientos político-miliares del Farabundo Martí, en el Salvador, y la Unión Guerrillera Nacionalista Guatemalteca, el camino de las guerrillas consignó su camino a la extinción. Quién no quisiera verlo estaría condenado a perder su capital político y su conexión con las mayorías nacionales, que es lo que le pasó a las FARC.
Guevara, el guerrillero heroico sigue siendo objeto de toda suerte de homenajes, pese a que el contenido de su planteamiento hoy está completamente obsoleto. Ni el campo es el sitio de lucha en el debate político, ni el foco guerrillero creará, por sí solo, condiciones que superen a los imperativos del universo electoral, y rara vez las fuerzas populares derrotan a los ejércitos. La política de hoy se expresa en otros términos.
