Crónica de una Semana Santa atípica

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Llegó el Viernes Santo y rompió con todos esquemas y costumbres. Quién hubiera imaginado una Semana Santa sin procesiones ni visita a los siete templos ni playa y mucho menos sin bebidas espirituosas, pero sí con mucho calor y en gran parte de Venezuela, sin agua.

Cuando se cumple el día 27 de la cuarentena preventiva por el COVID-19, pareciera que el inclemente sol, por fin les dio una razón válida a los caraqueños para cumplir, cabalmente, con el confinamiento y mantenerse a buen resguardo en sus casas.  

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Las calles estuvieron solitarias desde tempranas horas del día, lo que me sorprendió porque esto solo ocurre pasadas las 6 de la tarde cuando se supone que ya han cerrado todos los negocios de atención al cliente de mi urbanización, como panaderías, supermercados y farmacias.

A eso de las 12:30 de la tarde, de cara al fin de semana, mi hermana y yo decidimos acercarnos a la farmacia para abastecer “el kiosco”, como hemos llamado al rincón del cuarto que dispusimos en esta cuarentena para almacenar las chucherías y demás productos que nos ayuden a sobrellevar la ansiedad producto del ocio.

La soledad y el temor de ser atacadas por “los amigos de lo ajeno” nos obligó a solicitar la compañía del hombre de la familia. Aun así, de camino a nuestro destino, nuestro principal protector fue, sin duda, el solazo que obligaba a quienes estaban en calle a apertrecharse bajo cualquier sombra y mantenerse distante a otra persona.

Al llegar a la farmacia las medidas de prevención se han radicalizado. En la entrada está un joven uniformado con un pote de un litro de gel antibacterial aplicándole una porción bastante generosa a cada nuevo cliente que ingresa al local. Lo que acompañaba con un grato saludo y un “por favor frótese las manos”.

El local donde se puede comprar desde medicina, chucherías, implementos médicos y algunos alimentos de primera necesidad lucía copado. Cuando entre anaqueles las personas se comenzaban a aglomerar mientras decidían que meter al carrito o la cesta, siempre pasaba algún empleado recordando la distancia prudencial. Igual situación en la cola para pagar.

El buen humor del venezolano, ese del que muchos aseguran es nuestra salvación contra los problemas y que otros critican porque, supuestamente, “el venezolano nunca se toma las cosas en serio”, también acompañó esta nueva expedición en tiempos de cuarentena.

Al salir, escuchamos a dos empleados decirle a su gerente “Préstanos la camioneta un momentico, que vamos a La Guaira a comprar pescado para el almuerzo”, a lo que la chica respondió entre risas: “Agarra las llaves pues, pero se tendrán que ir como Los Picapiedras, porque la camioneta no tiene gasolina”. Todos los que estábamos alrededor reímos mientras que cada uno tomo su camino, a pie, por supuesto.

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