El plebiscito de este domingo tormentoso que pasó fue el juego de naipes más osado, inservible y pernicioso en el que el Presidente Juan Manuel Santos (reconocido timador de póker) apostó la paz de Colombia y la perdió. La Constitución y la ley lo obligan a conseguir y mantener la paz, sin ninguna clase de limitaciones a su poder institucional. Pero él quiso que los acuerdos firmados con las FARC tras cuatro años de negociaciones, llevadas con detenimiento y cuidando los más pequeños detalles, fueran validados en las urnas, con el objeto de que, en caso de fracasar, la responsabilidad recayera sobre el país en general y no sobre él.
El propio Fiscal General de la Nación le advirtió a Santos que los acuerdos finales debía simplemente ponerlos a andar con el objeto de construir y consolidar la paz. Pero no fue capaz de cumplir con su enorme y solitaria responsabilidad presidencial y llamó, a marchas forzadas, a un plebiscito en el que la abstención fue de 62 por ciento y el triunfante NO a la paz tuvo menos de un punto porcentual de ventaja.
La firma de la paz con las FARC ocurrió hace pocos días, en Cartagena de Indias, ante una muchedumbre de observadores y misiones diplomáticas mucho más nutridas que las que hemos visto en las tomas de mando presidenciales. Las negociaciones estuvieron amparadas por la comunidad internacional desde el Papa hasta el Presidente de Estados Unidos y el mundo destinó fondos para financiar la cimentación de la paz. Todo estuvo listo para convertirse en realidad pero Santos prefirió ir primero a jugarlo en la ruleta y lo perdió.
Las campañas opositoras contra la paz fueron articuladas con mentiras y cálculos electoreros mezquinos respecto de las próximas presidenciales de 2018. Como en la frase de cajón, no fueron pensadas para las próximas generaciones sino para las próximas elecciones. El propio vicepresidente de Santos, Germán Vargas Lleras (astuto, ignorante, insaciable, sagaz y profundamente inmoral) le puso zancadillas a los acuerdos de paz del gobierno al que él pertenece con el objeto de botarlos de bruces y utilizarlos como trampolín para las presidenciales que vienen.
Tras la apretada derrota de ayer, sectores políticos que ya le apuestan a Vargas Lleras doble contra sencillo, lanzaron una campaña de reclamos airados entre los que sobresale un pedido creciente de renuncia de Santos que, de ocurrir, Vargas Lleras ascendería de manera automática a la primera magistratura del país.
Obviamente, no renunciará y la agitación política colombiana del próximo año y medio girará, única y exclusivamente, alrededor de las apuestas para las elecciones venideras de congreso y presidenciales, en las que Santos pagará el precio de su fracaso en el plebiscito que nunca debió haber convocado. Quienes lo han estado apoyando todo este tiempo comenzarán a migrar hacia los garitos en los que estén más atractivas las apuestas.
La paz y el país en este momento pasan a ser lo de menos. En la etapa preelectoral a la que acaba de entrar el país, mientras haya más masacres, mutilados, huérfanos o atentados terroristas, serán más fáciles y obvias las promesas de paz y estabilidad a cambio de votos. Ningún triunfo de Santos sirve ya para nada. De él únicamente se buscan fracasos para organizar las promesas de las campañas que vienen.
Las FARC, por su parte, regresarán al monte, renovarán sus arsenales y volverán a la carga, esta vez con acciones terroristas urbanas inéditas, como lo advirtió, inclusive, el propio Santos cuando predijo lo que ocurriría si llegara a ganar el NO.
Los llamados a votar por el NO se basaron fundamentalmente en el hecho de que la paz Santos la firmó nada menos que con el propio jefe de la guerrilla, en vez e haberlo hecho con la Virgen Santísima.
Los resultados del domingo, más que a nadie, le entregaron un triunfo universal a las FARC, cuyo poder político y militar ahora será el más grande de toda su historia. En medio de los horrores de la guerra que viene, esa organización le dirá al mundo que pactó de manera solemne entregar sus armas, dejar el narcotráfico, disolverse y entrar a la vida civil con garantías que le permitirían hacer política por la vía democrática y en paz. No obstante agregarán- el país dijo que NO en unas elecciones innecesarias y demenciales en las que un pueblo desquiciado por la violencia fue llevado a las urnas a escoger entre la guerra y la paz.
Santos puede en cualquier momento firmar un acuerdo de paz y ponerlo en marcha, sin pedirle permiso a nadie, para impedir la guerra que se viene. La constitución nacional dice que está obligado a hacerlo. Pero no lo hará.
El domingo pasado perdió la paz y ganó la invencible corrupción de Colombia que necesita nuevamente de la guerra, como siempre, para mantenerse en el poder.
Desde cuando fueron divulgados los resultados del plebiscito en la tarde de ayer, me ha venido a la memoria el primer párrafo de Mi gente, uno de los libros más bellos que se han escrito en Colombia, de Alberto Lleras Camargo (1006-1990), el único escritor paisano suyo al que Gabriel García Márquez reconoció entre los grandes de la lengua española:
«Entre los fantasmas de mi niñez ocupa un puesto eminente la guerra. Cuando yo nací ya se había extinguido la de los Mil Días. Pero sobrevivía su rescoldo, sobre un territorio devastado, y, desde luego, estaba ardiente el rencor de los vencidos. En mi casa éramos de los vencidos. Las tropas, los agentes de la policía, el clero, los alcaldes, los maestros y recaudadores, todos los funcionarios, eran los que habían ganado la guerra».
Colombia no ha cambiado: siempre hay una guerra y con base en ella se calcula quiénes conformarán las tropas, los cargos de agentes de la policía, los puestos del clero, las alcaldías, las plazas del magisterio y la función de recaudadores de impuestos.
Durante la última semana alcanzamos a saborear la paz, a relamernos con ella y a representarla en la fantasía de los sueños, en los que podemos dar por cierto y seguro lo que no lo es.
Pero no hay caso: en Colombia siempre ganan la muerte y la corrupción.
