Entre la miseria y el decoro

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Desde México hasta Argentina, nunca han dejado de acongojarme el eterno aspecto a medio construir que ofrece América Latina, ni las condiciones de vida generales de su población, la mayor parte vencida en la miseria y la sumisión, entregada a los designios de la Divina Providencia, dotada de cierto ingenio natural y provista del más alto sentido del decoro.

Buen prototipo del latinoamericano paupérrimo, como la mayoría, era un viejo de La Habana que había dedicado su vida útil a la revolución inútil y luego a preparar las tropas que Fidel Castro mandó a morir en Angola. La jubilación que recibió con una medalla como héroe de la patria a duras penas le alcanzaba para morirse de hambre y vivir casi en la desnudez. Conseguía lo poco que comía su familia transportando turistas en su clandestino taxi azul, Doge de 1948. Lo contraté por primera vez en uno de mis viajes a Cuba como reportero secreto de El Nuevo Herald para escribir crónicas que, por razones de seguridad, no debía firmar. Cuando pasábamos en la noche por el espléndido malecón habanero y veíamos a las jineteras buscando clientes como lo hacen las prostitutas de cualquier otro de nuestros países, el viejo se avergonzaba, aceleraba su carromato que avanzaba a brincos y me corregía: 

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–No, ellas no son putas porque no se acuestan con los cubanos, sólo con los extranjeros.

Con su explicación el viejo ponía a la vista la misma vergüenza que sentía cuando le miraba los remiendos de su guayabera.

El día que su nietecita mayor cumplió 15 años, lo llevé con ella a un almacén para turistas al que los cubanos no podían entrar por derecho propio y le compré a la niña, en nombre del abuelo, unos zapatos de charol y tacón alto con los que soñaba, unas medias de nylon y una blusa de seda falsa. 

La nieta menor, de nueve años, se fue a la fuerza con nosotros y a ella también le compré los únicos tenis rústicos que había y unas medias blancas que ya venían ajadas de fábrica.

El viejo insistió en llevarme a la fiesta de cumpleaños en la noche, organizada en la casa que le había regalado la revolución. Era, en realidad, el último pedazo de lo que fue una confortable residencia neoclásica de clase media alta, cuando Cuba tuvo clases sociales y no había llegado la bienaventuranza revolucionaria. La nevera rusa, un privilegio ganado con méritos políticos y militares, dentro de la que solamente había agua fría, se mecía y sonaba casi tan fuerte y con el mismo entusiasmo que el acompasado grupo musical de bongós, güiro, maracas, claves, guitarra y trompeta que animó la velada. La familia entera sacó las botellas de ron atesoradas con sacrificios para la ocasión, el yerno del viejo –padre de la quinceañera– se bebió no menos de dos de ellas y con el desparpajo de la borrachez me contó que era miembro de la guardia privada de Fidel y que desde hacía años iba con él en los viajes oficiales. Para comprobarlo, me llevó a ver un aparador de madera que tuvo mejores días, entre el que guardaba sus tesoros: toallas, jabones, ceniceros, controles remotos de televisores imperialistas, peinillas, resmas de papel membrete, botellitas de un solo trago de diversos alcoholes, esferográficos y frasquitos de champú que había sustraído de hoteles alrededor del mundo en los que estuvo hospedado siguiendo al comandante en jefe.

“¿Qué te trajiste del último viaje de Fidel a Cartagena?”, le pregunté.

Metió los brazos en las profundidades del mueble, escarbó y extrajo una toalla y una bata de ducha del hotel Hilton-Cartagena. También se había robado en una de las giras la lámpara principal que alumbraba en la sala de su casa, que era la misma casa del viejo –abuelo de su hija quinceañera–, en la que solamente había un baño ruinoso y fétido cuyo uso alternaban sus suegros, sus cuatro hijos, sus tres cuñadas y los siete hijos de ellas, todos los cuales esa noche bailaban boleros y guarachas y admiraban los tacones de la niña homenajeada. 

Cuando pedí que el viejo me llevara de regreso a mi hotel, la fiesta se detuvo. Todos, hasta los músicos, me despidieron de mano y me regalaron lo más preciado que poseían: un ejemplar del directorio telefónico de La Habana en el que toda la familia escribió fraternales dedicatorias en las orillas de las páginas.

En 2013, volví a ver a la niña de los 15 años que para entonces era una mujer de 27. Me reconoció emocionada mientras yo desayunaba. Estaba embarazada y era mesera en el restaurante del Best Western en el que me había alojado en Miami, a donde ella llegó remando con otras personas en una canoa de leños construida en la clandestinidad para fugarse de la isla. Sus dos pequeños hijos de padres distintos quedaron en La Habana al cuidado de su madre y su padre, el orgulloso guardaespaldas de Fidel.

El abuelo, me dijo, ya había muerto. Se fue de este mundo convencido de que su esforzada vida sirvió para construir la sociedad cubana revolucionaria contemporánea, donde no hay diferencias de clases; en un ambiente de libertad, todas las necesidades humanas están satisfechas a plenitud y sólo queda el libre albedrío de cada cual para saber aceptar con nobleza la felicidad que garantiza el estado sin pedir nada a cambio.

En Guayaquil, Ecuador, asistí a una fiesta parecida en la casa de cuchitril de la orgullosa señora que trabajaba en los oficios domésticos de la mía y que meses más tarde murió desatendida en un hospital del Seguro Social. Dejó cinco huérfanos que todavía viven en la covacha levantada sobre estacas en un pantano de agua salobre que les legó la madre. Allí, hoy esperan las bondades de la “revolución ciudadana” que durante los últimos diez años de sus gobiernos consecutivos les ha prometido, bajo la gravedad del juramento, el Presidente Rafael Correa. 

En Nicaragua, durante las elecciones de 2001, en las que triunfó el liberal Enrique Bolaños Geyer, un viejo taxista al que contraté por una semana, parecido al de La Habana, me invitó a su casa de latas en un suburbio de Managua para presentarme con inmensa solemnidad a la familia que le había quedado después de la guerra civil en la que triunfó la revolución sandinista con el derrocamiento de la dictadura hereditaria de la familia Somoza. En las distintas batallas dijo que habían muerto tres de sus hijos, casi todos sus hermanos y él mismo no sabía cuantos primos. Sostenía que habían ofrendado sus vidas para ayudar a producir una sociedad más justa y próspera que, gracias a ellos, según había oído decir, estaba por llegar.

En Bogotá me encontré a un venezolano que se refugió con su familia en los turbulentos y helados cinturones de miseria por considerar que eran menos violentos y más prósperos que los de la Caracas de la “revolución bolivariana”, de donde decidió salir, a pesar de haber en cada esquina los servicios gratuitos de un médico cubano, para encontrar mejores aires y salvar el pellejo de las constantes balaceras caraqueñas. Funcionarios de la embajada de Hugo Chávez en Colombia lo buscaron con ofertas de ayuda para regresar a disfrutar de las bondades revolucionarias, entre las que sobresalen la dignidad y la independencia realmente soberana de un país dispuesto a morir en masa por sus líderes y sus ideales. Obviamente, aceptó.

He visitado varias veces los tugurios de cartón y hojalata de Cartagena de Indias. “Bill Clinton” y “Nelson Mandela” son los más grandes (más grandes en población que la propia ciudad), de donde salen marejadas de niños que se prostituyen con turistas que pagan hoteles de hasta mil dólares por noche y llegan de todo el mundo atraídos por las drogas, las fiestas nocturnas tropicales y el sexo infantil del que viven las familias de los niños. Esto ocurre mientras continúan esperando que se hagan realidad las promesas del gobierno pasado, “seguridad democrática”, y forman enormes filas para estar a tiempo cuando vengan a repartir las del actual: “prosperidad para todos”.

No hay ciudad latinoamericana en la que no ocurra algo parecido, en mayor o menor grado.

La pobreza y la discriminación son la norma general. Lo mismo en la Cuba y la Venezuela socialistas que en los capitalistas México, Brasil o Colombia. Pasan las décadas y solamente cambian el tamaño creciente de la miseria social y, en algunos casos, el nombre del gobernante de turno.

La prosperidad en nuestros países, no se puede negar, también es asombrosa.

De acuerdo con el último informe World Ultra Weath Report, término con el que el banco suizo UBS AG define a los multibillonarios, solamente en diez países de los 20 de América Latina (Brasil, Argentina, Colombia, Chile, Perú, Venezuela, Paraguay, Uruguay, Bolivia y Ecuador), los 17.735 ricos más grandes poseen capitales cuyo valor suma un millón 307 mil millones de dólares (no es un error de digitación: son un millón 307 mil millones de dólares. Repito: un millón 307 mil millones de dólares ). Para tener una idea de la magnitud de esta suma, vale recordar que la fortuna del mexicano Carlos Slim, el hombre más rico del mundo, vale escasos 55.200 millones de dólares.

Estas cifras, digo, son asombrosas porque el subcontinente latinoamericano tiene una extensión de 22 millones 223 mil kilómetros cuadrados y una población de 607 millones de habitantes, en su inmensa mayoría caídos en la miseria.

Veamos, en orden de importancia, la suma de capitales de los 17.733 principales súper millonarios de solamente 10 de los 20 países del área:

1) Los 4.015 súper ricos de Brasil poseen US$ 770.000 millones. 

2) Los 1.110 de Argentina, US$ 150.000 millones. 

3) Los 635 de Colombia, US$ 80.000 millones. 

4) Los 515 de Chile, US$ 65.000 millones. 

5) Los 470 de Perú, US$ 60.000 millones.

6) Los 435 de Venezuela, US$ 55.000 millones.

7) Los 265 de Ecuador, US$ 30.000 millones.

8) Los 205 de Bolivia, US$ 25.000 millones.

9) Los 175 de Paraguay, US $ 25.000 millones.

10) Los 120 de Uruguay, US$ 17.000 millones.

El informe del banco suizo destaca que «para entrar al club de los millonarios se necesita un patrimonio neto o igual a 30 millones de dólares».

En estos diez países (incluidos algunos socialistas o en vías de serlo, como Venezuela, Ecuador, Bolivia y Uruguay) los principales 17.735 multimillonarios tienen los mayores privilegios en reducción de impuestos, seguridad estatal gratuita, acceso directo al manejo del poder político e impunidad judicial a veces absoluta. 

El resto de la población latinoamericana, paciente, convencida del advenimiento de un mundo mejor y optimista, sigue esperando su redención con la próxima llegada de los milagros prometidos por las revoluciones reinantes y también por las democracias capitalistas. 

Los aguardan con la misma fe con que esperan la segunda venida de Jesucristo.

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