Héctor: Una historia de esperanza y superación sobre ruedas

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    La balacera comenzó un sábado a las tres de la tarde. Héctor se encontraba comprando unas tostadas en la tortillería. Él no tenía nada que ver con los agresores pero quedó atrapado en el fuego cruzado y una de las balas le destruyó la médula espinal, confinándolo a una silla de ruedas para el resto de sus días.

    Héctor Rojas Aguirre quedó “muerto en vida” tras aquel incidente ocurrido el 28 de enero del año 2012, uno de los más conflictivos que Ciudad Juárez tuvo durante el sexenio del ex presidente Felipe Calderón Hinojosa, quien declarara una guerra contra el narcotráfico, la misma que dejó un saldo de más de 30 mil muertos.

    Héctor no es de ahí. Nació en el estado de Guerrero en 1968; al cumplir 11 años salió de su hogar al ser víctima de violencia intrafamiliar y terminó llegando a esta ciudad, en donde hizo su vida.

    Postrado en su silla motorizada, cuenta con media sonrisa en la cara que todos lo conocían como “El Loco”, que era su apodo en la cancha de los tiempos en que jugaba futbol en la liguilla local.

    A sus 48 años, no posee más familia que “Cony” y su ahijada, madre e hija que son vecinas de él y le asisten voluntariamente todos los días. Vive sólo y asegura que ya no le teme a la muerte.

    “Ya no me preocupo por si voy a vivir mañana, me preguntan si no me da miedo. ¿Cuál miedo? Él que me mate me hace un favor, yo ya he sufrido mucho”, expresó.

    Tras el incidente, el sistema de salud gubernamental le empezó a apoyar dándole medicamentos para los fuertes dolores que sufre de manera crónica; sin embargo, después de seis meses de estar buscando alguna opción para ganar dinero y poder comprar también sus materiales de curación y comida, alguien le apoyó con una silla motorizada.

    Con ayuda de ese aparato comenzó a salir a las calles cercanas a su hogar a limpiar vidrios a cambio de monedas. Actualmente, su silla de ruedas cuenta con varios aditamentos, instalados por conocidos.

    A diario puede pasar hasta 12 horas limpiando vidrios, y en su silla lo que le sirve como sombra es un panel solar que le consiguieron en donación por parte de una empresa, y que recarga las baterías del vehículo.

    “La primera vez tuvimos un panel chico y se lo pusimos y vimos que funcionó. Y después conseguimos un panel más grande y funcionó todavía mejor. Cuando está el sol muy fuerte la silla no me deja, pero si me deja me detengo un rato y luego le vuelvo a dar. En verano puedo andar hasta 15 horas, y me aviento hasta 12 seguidas sin detenerme”, relató entusiasmado.

    Sus problemas de salud van más allá del simple hecho de no poder utilizar sus piernas; al permanecer sentado durante los últimos 4 años de su vida, tiene úlceras que continuamente se le infectan.

    Las operaciones que le hicieron para corregir un poco del daño que le provocaron las heridas, no quedaron bien del todo ni impidieron remediar los intensos dolores que sufre todo el tiempo.

    “Estoy desecho de la cintura para abajo”, comentó.