Hoy es el día del odio

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Este lunes, 26 de septiembre de 2016, en una ceremonia multinacional y solemne, Colombia firmará en Cartagena de Indias la paz con la irreductible guerrilla de las FARC tras 52 años de guerra intestina. No obstante, hoy no será exactamente el gran día de la paz sino el día del odio. Los acuerdos logrados tras varios años de negociaciones en La Habana todavía deben recibir aprobación o rechazo en las urnas, el 2 de octubre próximo, y en caso de ganar la mayoría el SÍ para seguir adelante necesitan remontar las heridas, todavía en carne viva, de la guerra para que, ahí sí, comience a germinar la paz propiamente dicha. En mayor o menor grado, nadie está exento de culpa, de dolor o de resentimiento en este país cuya historia es una sucesión imparable de guerras que han mantenido el territorio nacional encharcado de sangre.

         A las cinco de la tarde de hoy, hora local, el Presidente Juan Manuel Santos y Rodrigo Londoño, alias «Tomochenko», firmarán oficialmente el acuerdo de paz al que llegaron. Está expuesto en 297 páginas cargadas de acertijos, adjetivos y sustantivos que fueron revisados con microscopio, pesados, miligramo por miligramo; discutidos durante días y noches, muchas veces borrados y luego recuperados al comprobar inequívocamente que el idioma no tenía más palabras posibles para decir lo que buscaban en cada caso. Adicionalmente, cada letra y cada signo de puntuación fueron consultados con todos los sabios que cada bando tuvo a su alcance. Es, dicen, lo mejor que objetivamente se pudo lograr. Muy a la colombiana, el texto es soporífero y en cada párrafo las partes lograron dejar pequeñas vías de escape para incumplir lo acordado en el momento que sea necesario, como ocurre con la totalidad de las leyes y las constituciones nacionales que han sido redactadas en Colombia. Tienen el fin, inconsciente o deliberado, de honrar la verdadera naturaleza jurisprudencial y doctrinaria del país: «hecha la ley, hecha la trampa». Es el espíritu heredado de los españoles, de los que descendemos, que vinieron a depredar esta parte del planeta. Ellos, cuando llegaban órdenes del Rey o leyes del Consejo Supremo de Indias, las enrollaban, se las ponían sobre sus cabezas y expresaban solemnemente: «Se obedece pero no se cumple». De haber sido acatadas todas esas disposiciones inapelables que veían de España se habría cumplido el mandato real de darles categoría de nobles a los hijos de los caciques indígenas o reconocimiento y respeto a las tribus nativas. No habría ocurrido el genocidio.

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         El tratado de paz de La Habana tiene un nombre que más parece una pista de crucigrama: Acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera. No le dice absolutamente nada a nadie, por buen crucigramista que se crea, que no sea colombiano. Nosotros sí sabemos que, como todo lo nuestro, es «santanderista»; es decir, un conjunto de normas enmarañadas, tediosas y exhaustivas que no dejan nada por fuera y al mismo tiempo lo dejan todo. Sirven para decir un día que el fondo del tablero del ajedrez es blanco y al día siguiente que es negro, sin que haya lugar a equivocación en ninguno de los dos casos. Esta marca nacional, indeleble, fue plantada en nuestra idiosincrasia por el prócer independentista Francisco de Paula Santander, quien consiguió la emancipación de España junto con Simón Bolívar y otros. Este último lo aborrecía y apodó «Casandro» y «hombre de las leyes» debido a que nunca tuvo propuesta de solución distinta a la de proclamar una ley total para abarcar cualquier problema por ridículo e ínfimo que fuera (claro que sin amparo legal ninguno intentó varias veces asesinar a Bolívar por la espalda, otra táctica autóctona).

         Debido al «santanderismo» es que entre los colombianos, incluidos los más viles, preferimos hacer tratos de palabra cuando realmente estamos dispuestos a cumplirlos solemnemente. Si hay un contrato o una ley de por medio, desde niños sabemos que la letra menuda nos permite apelar a la sagrada esencia que rige nuestra vida institucional: «se obedece pero no se cumple».

         Me da buena espina el hecho de que ese enorme tratado de paz con las FARC casi nadie lo ha leído, podría decir que solamente lo han hecho en su totalidad quienes lo escribieron a pedazos. Las esperanzas de paz en Colombia hoy son reales debido al cansancio, la orfandad, la ruina, el destierro, la muerte y las mutilaciones que ha dejado la guerra. Esta paz me suena que florecerá porque, por una parte, es producto de la sensatez y, sobre todo, es un propósito de palabra.

         No obstante, los enemigos de la paz, que el próximo 2 de octubre serán contabilizados, uno a uno, en las urnas, están en capacidad de encender la guerra de nuevo con una sola ametralladora o cualquier argumento: que el pacto de La Habana, digamos, implica impunidad para los delitos de guerra, que de todas maneras siempre han estado y seguirán en la impunidad debido a la inconmensurable e histórica incapacidad de la justicia: de cada cien homicidios, solamente se esclarecen y se castiga a los responsables de ocho (aún así, las cárceles están atiborradas y por ello muchos delincuentes permanecen amarrados a árboles de parques y avenidas). Cuando los miembros de las FARC comiencen a confesar sus crímenes, como se supone que lo harán, el mundo sentirá vergüenza de nosotros y, obviamente, de nuestra justicia.

         Los enemigos de la paz también son muchos de quienes aborrecen a las FARC y a Santos pero el país cuenta hoy en abundancia de ciudadanos convencidos de que la paz no es un beneficio para un lado u otro. Las encuestas indican que esa parte de la población, que ya sabe distinguir con exactitud entre la caca y la pomada, ganará en las urnas el 2 de octubre.

         Hay niños, incluso, asombrados de que los colombianos están llamados a escoger, por medio del voto, entre la guerra y la paz.

         – Mami. ¿Es que hay alguien en contra de la paz? –confesó una madre que le preguntó su pequeña hija.

         –Sí, mi amor.

         – ¿Quiénes son, mami?

         – Los que tienen odio, nena.

         Por eso digo que hoy, mientras las partes firmarán la paz a las cinco de la tarde con una pluma hecha de una proyectil de fusil, llamaba «balígrafo», los enemigos de la paz (que sí existen y quieren hacerse sentir) intentarán hacer de este lunes el día del odio.

         El martes sabremos si fracasaron.

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