Es un hecho consumado: el más descarado y evidente fraude electoral en Latinoamérica de las últimas décadas. Maduro ha dado el primer paso en Venezuela, pero puede que no sea el único en la región. También este fue el primer país en el que el gobierno promovió una nueva Constitución, la ampliación del período presidencial y la reelección indefinida, así como se fue haciendo con el pleno control de las instituciones, incluyendo, por supuesto, el órgano electoral y los tribunales de justicia.
Bolivia y Ecuador también tuvieron procesos constituyentes y sus mandatarios han querido mantenerse en el poder más allá de los ejercicios debidos. De hecho, aún en Bolivia se discute la reelección y su actual presidente ha propuesto realizar un referendo en el que se pregunte sobre ampliar o no la reelección en el más alto cargo, un episodio que además deja ver el excesivo personalismo que también se ha apropiado de la política regional en los tiempos recientes.
La personalización de la política latinoamericana se entremezcla fatalmente con unos regímenes que son excesivamente presidencialistas, con los sesgos autoritarios de ciertos políticos que hasta se ufanan de su mano dura o de su revanchismo y con una desinstitucionalización generalizada de nuestras sociedades. Como indicador de esto, en ningún país de América Latina, los ciudadanos perciben mayoritariamente que los partidos políticos funcionan bien.
Perú es el país donde es peor esta opinión, pero también ocurre en Panamá, Ecuador y Colombia. En el caso peruano, es también altísima la desaprobación de los actores políticos. La casi total desconfianza y la creencia de que los partidos no son indispensables para la democracia son también comunes en estos países. No por casualidad, y como muestra de la debilidad de estas organizaciones, en el arranque del proceso electoral en Ecuador se han presentado 17 binomios presidenciales.
La democracia en nuestros países se ha venido reduciendo al electoralismo, haciéndose ver que mientras se hagan elecciones, sin considerar su calidad, hay democracia. Y que, entre más elecciones, más salud democrática. Pero, al mismo tiempo, se va colando la falsa idea de que basta con votar y no elegir. Detrás de la promesa de una democracia directa, participativa o popular, en lugar de la representativa que en el fondo es la que se sigue ejerciendo, se ha concretado la desintermediación de la política.
Queda demostrado que el fraude es el corolario de una involución que no tiene nada de aleatoria. Es un paso a paso. Los autoritarios buscan que los lleven al poder por los votos, casi siempre haciendo uso del populismo. Así, la democracia comienza a morir en las propias urnas. Ya desde arriba y “dentro” de la misma democracia comienza su desconstrucción. Las reglas de juego se van ajustando a la medida de los autócratas, incluyendo las de las elecciones. Es la democracia simulada, a veces acompañada de burbujas de consumo para maquillar su desempeño.
La reelección presidencial y el desbalance institucional se retroalimentan en los países latinoamericanos. De por sí, suprimir la alternabilidad ya es antidemocrático. Pero, incluso, esto no les basta a los autoritarios y es solo lo que se ve en la superficie del electoralismo. Se acobardan ante la competencia libre y transparente, por lo que van acomodando el marco legal, administrativo y logístico de los procesos electorales. Intervienen generando desconfianza en el órgano electoral, en el voto y en su eficacia; alterando el registro o padrón de votantes, a veces impidiendo su actualización o depuración; o cambiando arbitrariamente la infraestructura electoral a su favor. También excluyen y hasta persiguen partidos opositores y potenciales candidatos; controlan el financiamiento y la publicidad electoral; limitan o prohíben la observación internacional y, en definitiva, van acumulando ventajas sigilosamente.
El ventajismo electoral casi siempre sorprende a los adversarios. No es porque no se percaten de ello, sino porque suelen estar ocupados en la tan deseada y decisiva unidad. En Venezuela, fue determinante en la fórmula del triunfo electoral de la oposición el 28 de julio que se juntaran las expectativas de cambio con la unidad de los líderes y de sus partidos, aunque estos últimos estén muy venidos a menos y algunos reducidos a sus siglas.
Igual en los países con cierta normalidad democrática, la unidad se dificulta, tanto en la izquierda como en la centroderecha, mostrando otra faceta del personalismo, al que contribuyen las redes sociales. Esta unidad es una cuestión clave. En el caso de los autoritarios, estos apuestan y juegan a la división de sus contrarios. Es un mecanismo natural de dispersión de las fuerzas adversas, pero también desvía o distrae la atención pública. Los retrocesos económicos además aceleran o profundizan el declive democrático.
En nuestros países, las alternativas no logran encontrar lo que les une y pierden las oportunidades políticas. El mismo afán personalista lleva a algunos líderes, sobre todo a los emergentes, a centrarse solo en ganar visibilidad, pero olvidan la centralidad de una oferta política que dé salidas a los problemas de la calle. Cada vez es más difícil construir mayorías electorales y políticas por la complejidad social.
Aunque es cierto que en Venezuela se dio más por un clímax emocional que alrededor de una propuesta de gobierno, siempre es y será necesario para la unidad que la política retome su esencia, es decir, la conversación estructurada, la negociación integrativa y los acuerdos rutinarios, más cuando se está frente al autoritarismo.
Y la alerta está a la vista: en Venezuela, lo mismo que en Perú, Ecuador, Panamá, Colombia y Bolivia, los insatisfechos con el desempeño de la democracia vienen siendo una amplia mayoría y a muchos les da lo mismo si es democracia o autoritarismo. El umbral entre los dos regímenes es difuso para las personas de a pie, más cuando resolver el día a día es la prioridad.
Alfredo Rojas-Calderón es profesor universitario de grado y postgrado, doctor en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Ciencia Política por la Universidad Simón Bolívar, así como consultor político, de opinión pública y gestión de intereses. Autor de varios artículos de investigación publicados en revistas y libros científicos y académicos. Su espacio de divulgación y discusión sobre Comunicación Política en Instagram y otras redes sociales es @verbocracia.
