La guerra urbana

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Desde hace varios días arde, con voces de odio y provocación, una polémica sobre la amenaza más obvia, anunciada y terrorífica que se cierne sobre Colombia para el caso probable de que fracase la paz que se negocia con las FARC en Cuba: el recrudecimiento exacerbado de la guerra. Será todavía peor que la vivida hasta hoy en la larga y triste historia de sangre y fuego de este país porque en esta oportunidad se concentrará en las ciudades. Algo peor que el llamado narcoterrorismo del cartel de Medellín de los años 80, cuando fueron volados aviones comerciales en vuelo, derribados edificios enteros, incluidos periódicos y hospitales, y aterrorizadas las principales ciudades con atentados terroristas indiscriminados, sincronizados y permanentes.

         Durante un foro económico empresarial en la ciudad de Medellín, el Presidente Juan Manuel Santos acaba de advertir, después de que muchos lo hicieran, sobre el riesgo de esa nueva guerra como consecuencia de un virtual fracaso de las negociaciones con las FARC, aunque al mismo tiempo él sostiene que estas van por buen camino y algunas fuentes cercanas al proceso repiten que el próximo 20 de julio, día de la Independencia, será sellado el acuerdo definitivo e histórico que conducirá a la paz, una palabra desgastada, desprestigiada e inverosímil para los colombianos.

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         Bastó que Santos hiciera ver que el fracaso de la paz se transformaría en una temible y renovada guerra urbana, como lo predice la llamada «inteligencia» militar, para que la extrema derecha levantara una polvareda y corriera a acusarlo de amenazar, amedrentar y chantajear al país con esa obvia observación.

         Le preguntan a Santos con sorna si es que debemos entonces someternos a hacer la paz para evitar la guerra urbana de las FARC. ¡Obvio que sí! ¿Para que más se podrá buscar la paz si no es para proscribir y enterrar la guerra?

         Aun cuando parezca increíble, en Colombia hay enemigos de la paz. Y no son pocos, encabezados casi todos ellos por el senador Álvaro Uribe. No están de acuerdo con que sea buscada negociando con las FARC (el enemigo) y cualquier salida política a la guerra fratricida de medio siglo es torpedeada por considerarla «impune». ¿Cuál paz puede negociarse con alguien que no sea el enemigo? ¿Cuál acuerdo de paz negociada no significa concesiones de las partes involucradas y, por tanto, impunidad? «Si quieres la paz, no hablas con tus amigos. Hablas con tus enemigos», sentenció el combativo militar israelí Moshe Dayan.

         La paz, como la libertad, son bienes supremos que en el caso colombiano están taxativamente determinados en la constitución nacional con la categoría fundamental de deberes y derechos de obligatorio cumplimiento. Los autoridades tienen el deber taxativo de desplegar todos los esfuerzos que estén al alcance de su mano para lograrlos y preservarlos, pues son pilares de la esencia nacional. No pueden asumirse como una opción. No se acepta actuar ni plantearse contra la paz o el esclavismo sin incurrir en faltas gravísimas. No existe espacio jurídico tampoco para que nadie pueda renunciar a la paz o a la libertad.

         Empero, la guerra colombiana la mayor parte del tiempo ocurre en los campos y quienes caen abatidos en ella son los hijos de los campesinos, los indígenas y los obreros. Nunca van al frente los hijos de quienes filosofan, pontifican, exigen  y siempre logran seguridad integral para ellos y sus intereses. Las Fuerzas Militares a duras penas dan a basto para mantener estados relativos de paz en las zonas neurálgicas que aglutinan los intereses económicos, políticos y sociales de quienes gozan las bondades de un oprobioso y estrecho régimen de privilegios. En las ciudades colombianas, pese a todos los horrores ya vividos en ellas, no saben en carne propia qué es la guerra propiamente dicha y en los campos ignoran cómo es vivir en paz.

         Colombia, a pesar de sus millones de muertos, no ha vivido todavía la guerra permanente y a muerte en las ciudades (70 por ciento de la población es urbana), como ocurrió en Nicaragua o El Salvador, donde cada calle ganada por uno u otro bando en las respectivas guerras civiles  fue producto de una batalla devastadora.

         Cuando Santos advirtió que la posible ruptura de los diálogos de paz con las FARC será la inmediata detonación de  una encarnizada e inédita guerra urbana, no se le fue la lengua ni amenazó a nadie. Solamente, me parece a mí, estaba cumpliendo con su deber, cosa rara en él.

         Hoy subsiste íntegra la posibilidad de volver a ver a Colombia anegada en sangre, con cadáveres despedazados cayendo del cielo entre los escombros de aviones comerciales explotados en pleno vuelo y campos de concentración en el corazón de la selva atestados de secuestrados que mueren carcomidos por las enfermedades tropicales y el olvido.

         Las enseñanzas sobre el valor y las bondades de la paz nos llegan a Colombia de todas partes, entre ellas la más sabia de todas, de Mahatma Gandhi: «No hay un camino para la paz, la paz es el camino».

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