La historia detrás de las casas «súper protegidas» en Buenos Aires

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    Aquellos sistemas que antiguamente se utilizaban en inmensos polos fabriles, cárceles o reductos militares hoy se pueden encontrar, todos juntos, en un mismo domicilio. Fachadas enrejadas, garitas de vigilancia, sistema de monitoreo, guardianes del conurbano o cercos electrificados, en el reino de la inseguridad cualquier herramienta es válida para enfrentar a los delincuentes y esto se aprecia claramente en los suburbios de Buenos Aires. 

    Ante la pasividad gubernamental para combatir el delito, muchos ciudadanos han decidido convertir su sencillas y tradicionales viviendas en verdaderas fortalezas. «Nosotros vivimos enrejados, porque los delincuentes están sueltos», es la frase de cabecera del ciudadano medio que teme ser víctima del delito de robo. 

    El humilde barrio de Wilde no es la excepción, lidera el indice de delitos, en la zona sur de la provincia de Buenos Aires, en el ranking de inseguridad.

    Frente al inmenso parque que lleva el nombre de «Leandro Denegri», en homenaje a un vecino asesinado en ocasión de robo, nos recibe Juan Pablo Gadin y este aterrador preámbulo, justifica el imponente paredón que que separa su casa de cualquier malviviente. Luego de enumerar cada uno de los sistemas de seguridad, aplicados en el lugar, nos explica: «los vecinos me dicen que soy medio paranoico por la forma en la que vivo, pero terminan diciendo que les gustaría vivir en mi casa».

    Alrededor de 20 mil dólares invertidos, en elementos disuasivos, hace que no sea para cualquiera protegerse a este extremo, aunque agrega «cuando perdés una vida o vivís una situación de violencia, no hay plata que te devuelva la tranquilidad».

    Según estudios, un delincuente necesita cerca de 60 segundos para ingresar en la mayoría de las propiedades, pero a simple vista la casa de Juan puede llevarle horas, la ingeniería necesaria, para ingresar sin ser percibido. Durante la entrevista, uno trata de ponerse en los zapatos del ladrón, por unos minutos, y es imposible pensar al lugar como epicentro de un robo.

    «Todos los elementos instalados son disuasivos, el delincuente evitaría siempre someterse a tantos obstáculos», manifiesta Gadin. «El delincuente le tiene pánico al cerco electrificado, un portón blindado, una alarma, un censor solo lo deja expuesto, pero la electricidad lo daña, terminaría detenido, por eso lo evitan».

    En ese dramático juego de estrategias, «buenos» y «malos» se las ingenian para perjudicar al otro mientras tanto, el Estado, sigue siendo un espectador de lujo.