La salud de la democracia

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    Políticos y gobernantes deben poner atención en los cambios de conducta de los electores latinoamericanos. Según el Latinobarómetro, un instrumento de medición de la aceptación o rechazo a la gestión de los presidentes del continente, las personas cada vez más tienden a aislarse con sus intereses y necesidades antes que salir y compartirlos en masas regidas por lo sociopolítico.

    Como este comentario no señala a los mejores o los peores gobiernos, es sano escudriñar qué dejan los números del estudio, realizado apenas unas semanas atrás, pocos días antes de las elecciones brasileñas.

    El apunte inicial decantado del estudio y sus 20 mil entrevistas, es que la conducta colectivista y comunitaria de los latinoamericanos se mueve hacia una posición individualista, pragmática y poco identificados con la ideología.

    Veamos con detenimiento esto: la tradicional solidaridad de las sociedades ha cedido el paso a la agenda personal. Los fracasos de la democracia y sus expresiones político partidarias han demostrado que las propuestas de solución solo existen mientras las campañas electorales están en proceso. La demagogia ha quedado en evidencia ante los discretos logros de los  gobiernos democráticamente electos en la región, en tanto el poder “del pueblo” depositado en sus representantes  no ha logrado resolver la conflictividad social. Antes bien, la confianza en la democracia como sistema de gobierno se está debilitando ante la falta de logros y aunque sigue siendo un enunciado de los ciudadanos en lo colectivo, en lo personal genera cada vez menos entusiasmo.

    Parece que estamos ante una mutación del elector. En el olvido quedaron los principios ideológicos colectivos, pues los votantes se  mueven hacia el pragmatismo individual. Cada vez es más evidente que  la expectativa doctrinaria fue desplazada por la forma en que los ofrecimientos de los candidatos se convierten en los resultados alcanzados por los gobernantes. Esto es lo que  los estudiosos llaman gobernabilidad –la cercanía o lejanía entre promesas y logros- y se marca fuertemente en los estudios sobre la salud política del continente.

    Ahora bien: si lo que cuentan son los resultados, ¿qué pasa con las dictaduras, capaces siempre de activar la dinámica económica sin dar espacio a la duda y la opinión? Pues se convierte en un dato revelador la expectativa política del sistema democrático, pero se tiende a apreciar la gestión dictatorial cuando ésta ofrece posibilidades de resolver las carencias económicas y vitales en lo individual.

    ¿Significa esto la agonía de la democracia? Creo que no. Sólo señala el camino a quienes aspiran al poder, porque identifica las expectativas reales de los electores. El centro del asunto es ofrecer y cumplir, pero sobre todo, satisfacer las necesidades materiales individuales. Servicios públicos, condiciones para alcanzar el desarrollo y otros aspectos vinculados a lo vivencial, a lo material, pesan hoy más que el pensamiento romántico del elector ideologizado.

    En la era de la hiperinformación, los discretos logros desencantan y dan espacio al individuo práctico que ya no se inmola tras los colores y eslóganes partidarios. Hoy lo que cuenta, es satisfacer las necesidades de los electores y darle espacios al individuo para sobrevivir en la jungla de lo colectivo.

    Concluyo: la democracia puede no dar siempre los resultados esperados, pero sin duda, permite que hasta la manifestación individualista más recóndita tenga espacio y sea un motor válido.

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