Cuatro guerrilleros del ELN (Ejército de Liberación Nacional) almorzaron hace más de 45 años en un restaurante popular de la ciudad de Bucaramanga mientras desempeñaban su función de milicianos urbanos, una suerte de agentes secretos. Uno de ellos no se conformó con el escuálido menú del día sino que se atrevió a pedir que le adicionaran un huevo frito a su plato y esto determinó que dos días más tarde fuera sentado ante un tribunal revolucionario que lo condenó a muerte por el delito de no controlar sus apetitos pequeño burgueses.
El confuso secuestro y posterior liberación de la periodista española Salud Hernández y de los colombianos Diego de D’Pablos y Carlos Melo, quienes fueron a buscarla en un paraje infernal de la frontera de Colombia con Venezuela, aviva los recuerdos del fundamentalismo y la violencia irracional que siempre han hecho imposible un pacto de paz con ese grupo guerrillero que los tuvo por unos días.
Creado en 1964 con una mazamorra ideológica de inspiración cristiana, marxista, nacionalista y castrista, esta organización irregular, alguna vez más poderosa que las FARC, ha estado en varias ocasiones al borde de la desaparición por la acción del Ejército Nacional y de purgas internas implacables de corte estalinista. Pero siempre ha retoñado con sus doctrinas comunistas espesas a las que se acoge con la fe del carbonero.
Durante sus 54 años de guerra, secuestro, extorsión y narcotráfico, han sido instaladas al menos seis mesas de diálogos de paz con el ELN y todas han sido tan enervantes como tratar de leer el periódico en medio de un huracán.
El primero que intentó abrirle una puerta al ELN para darle la oportunidad de dejar las armas y pasar a la vida civil mediante una negociación política fue el presidente Alfonso López Michelsen, entre los años 1974 y 1975.
López, hasta su muerte, sostuvo la tesis de que a los ejércitos irregulares es necesario debilitarlos en el campo de batalla antes de llevarlos a una mesa de negociaciones. Así lo hizo él: en la que fue conocida como Operación Anorí, las fuerzas militares del Estado debilitaron al bloque de guerra fundamental, comandado a la sazón por los jefes nacionales de esa guerrilla, los hermanos Fabio, Manuel y Antonio Vásquez Castaño, y le tendieron un cerco inexpugnable. Hasta hoy, continúa siendo uno de los golpes más fuertes que ha recibido el ELN.
El asedio circunvalar de las tropas del gobierno en zona de selva impidió que los guerrilleros pudieran ingresar provisiones a sus campamentos o evacuar a sus heridos y se mantuvo hasta cuando los insurrectos propusieron entregarse y deponer las armas a cambio de una amnistía y el respeto a sus vidas. El ofrecimiento resultó razonable porque suponía parar una tanda de combates en los que antes de aplastar del todo a los jefes del ELN y a su guardia pretoriana éstos de todas maneras estaban todavía en capacidad de matar a muchos soldados así el triunfo a la larga lo tuviera garantizado el gobierno.
López aceptó y el ELN señaló un paraje al que llegaría para rendirse ante una delegación gubernamental que, tras varios días de espera y lacerada por feroces zancudos tropicales, regresó a Bogotá con las manos vacías. Entonces, el cerco militar se estrechó con refuerzos aéreos y de infantería pero los guerrilleros ya habían huido durante el cese del fuego que se pactó para facilitar la entrega. No quedó ni uno por allí.
Después vinieron diálogos formales e informales de paz con el ELN, siempre improductivos, en los gobiernos de Belisario Betancur, Virgilio Barco, César Gaviria, Ernesto Samper, Andrés Pastrana, Álvaro Uribe y, por estos días, Juan Manuel Santos. Durante todo ese tiempo han firmado la paz otras organizaciones armadas irregulares, como el M-19, el EPL o el quintín Lame.
Pero con el ELN no ha existido poder humano que lo concrete en una mesa de diálogos, de las cuales a lo largo del tiempo se han instalado varias en Caracas, México, Ecuador y Alemania. Sus negociadores son siempre obtusos, empantanados en ideas fijas, innegociables, sanguinarias y mesiánicas. Navegan a bordo de frases de cajón contra el imperialismo yanqui, el capitalismo salvaje, la historia y el patriotismo con el que se arropan y sirve para describirlos a ellos de manera perfecta con la sentencia dorada de Samuel Johnson: El patriotismo es el último refugio de los canallas. Las pláticas de paz con esta organización nacionalista son tan exacerbantes como darle a leer a un analfabeta sin intérprete la letra menuda de un proyecto de contrato. Están poseídos, además, por el vértigo de los fanáticos religiosos que buscan el martirio personal para alcanzar la inmortalidad y la gloria de Dios.
El ELN no siente vergüenza ni remordimiento por ninguno de los más horrendos crímenes que ha cometido; tiene la idea fija de que son los escalones inexorables que debe poner, uno sobre otro, hasta alcanzar la tierra prometida revolucionaria, como lo lograron en Cuba los dos viejos obscenos y tiranos caribeños Raúl y Fidel Castro.
Durante el gobierno de Uribe, el embajador de Colombia en Cuba, ex coronel y ex canciller Julio Londoño Paredes, pasó años en contacto permanente con voceros del ELN en busca de un proceso de paz que no se concretó nunca. Por expresa orden presidencial, inclusive, esa guerrilla recibió la propuesta formal de regalarle dinero público suficiente para financiar sus actividades irregulares, excepto el secuestro, una de las más rentables, mientras se llegaba a un acuerdo de desarme definitivo.
El acto criminal más repudiable y repugnante del ELN, a mi modo de ver, fue cometido en octubre de 1998, en Machuca, sector campesino del municipio de Segovia, departamento de Antioquia.
En una racha de ataques dinamiteros contra los oleoductos del país con el delirante objeto de protestar contra el imperialismo yanqui, lo que solamente deja vastos daños ambientales irreparables, en Machuca la carga explosiva no solamente fracturó el tubo sino que fue detonada cuando la Empresa Colombiana de Petróleos estaba bombeando gasolina de alto octanaje. El combustible, que fluía a borbotones, se incendió de inmediato y se transformó en un gigantesco manantial de fuego que calcinó vivas a 84 personas, la mitad de las cuales fueron niños. Otras 30 sufrieron heridas graves y las 46 casitas de los pobladores del lugar ardieron como cartones. Hoy, el ELN continúa creyendo que se trató de una acción revolucionaria, triste, sí, pero plenamente justificada por ser parte, como todas las suyas, de la lucha suprema por la liberación nacional.
El comandante del ELN en ese momento, Nicolás Rodríguez, alias Gabino, se limitó a emitir un comunicado en el que, simplemente, le notificó a la opinión pública que los compañeros realmente no midieron correctamente el peligro que representaba esa acción para la población.
El ELN estuvo al borde de la extinción en 1983 por efecto de embestidas sucesivas del Ejército Nacional y, por otra parte, de las FARC. No tenía ya con qué sostener a los pocos hombres que le quedaban sobreviviendo en las montañas y acudió, en un esfuerzo final, a cometer un secuestro que pudiera procurarle ingresos. Así que agarró a cuatro ingenieros de la petrolera alemana Manesmann, recién llegada a Colombia para construir el oleoducto Caño-Limón-Coveñas, junto con la italiana Sicim. No tardó en recibir por el rescate cerca de US$ 4 millones, con los que se transformó enseguida en un ejercito renovado y devastador. La transacción incluyó la promesa de no atacar nunca más a la Manesmann pero no fue cumplida: cuando el ducto entró en servicio lo dinamitó más de cien veces, con lo cual llenó de crudo los ríos de la región y mató la fauna de las riberas.
Convertido en eficiente parásito de la minería legal e ilegal y del narcotráfico, el ELN hoy tiene un pie de fuerza estimado en 1.600 combatientes y otro tanto son milicianos, repartidos todos en frentes de guerra que operan en los departamentos de La Guajira, Antioquia, sur de Bolívar, Chocó, Cauca, Nariño, Arauca, Casanare, Boyacá y Norte de Santander.
Hay indicios de que su unidad militar está fracturada y, por tanto, algunos frentes no obedecen a la jefatura nacional que mantiene promesas incumplidas de sentarse a negociar la paz con el actual gobierno de Colombia. Los miembros de la dirección colegiada nacional, llamada Comando Central, son Nicolás Rodríguez Bautista, Gabino; Eliecer Chamorro, Antonio García; Israel Ramírez, Pablo Beltrán y Antonio García.
El fin de la pesadilla que han representado para Colombia el ELN y FARC podría ser el mejor legado que el Presidente Santos le deje al país. Detener el dolor y las muertes de la guerra es un bien casi inimaginable para un país que lleva medio siglo de combates en los que quienes se matan son los hijos de los pobres. Los hijos de los dirigentes del país jamás van a la guerra y por eso suelen oponerse a la paz negociada. Prefieren que siga hasta cuando, dos o tres millones de muertos más adelante, alguno de los bandos consiga la victoria en el campo de batalla.
