La violencia que azotó el noreste de México llegó a Monterrey a finales del 2009 en forma de bloqueos y enfrentamientos armados, muchos de ellos protagonizados por jóvenes marginales con la cara cubierta y armas de alto poder. En medio de esta situación se encontraron las clásicas pandillas urbanas, que desde los ’70 y ’80 son reconocidas en la periferia y han dejado su marca en los muros en forma de graffiti.
Los Judíos 24, los Juniors, Arzobispos, Fox Power, Cumbiamberos, Críticos y muchas otras pandillas tradicionales podrían haber sido recluta fácil de los cárteles que se disputaban la ciudad; sin embargo, la mayoría de ellos eligieron mantenerse al margen por cuestiones de orgullo y pertenencia, al percatarse que la nueva violencia resultaba mucho más dañina que los encuentros a puño y navaja, que caracterizaban los titulares policiacos y llegaba a alcanzar familias y barrios enteros.
La astucia aprendida en las calles permitió a los viejos pandilleros, hombres que ya cuentan con más de 30 años pero siguen cultivando la lealtad al barrio y «la clica», percatarse que la ganancia a corto plazo ofrecida por los reclutadores del Cártel del Golfo o los Z significaba perder lo que ganaron a puño en su juventud, la capacidad de decidir por ellos mismos y llamar a esta ciudad su tierra.



