Un mundo sin Whats App

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@emiliolezama

Mientras que la tierra se preparaba para completar una nueva vuelta alrededor del sol, su especie más prominente se encontró a sí misma atrapada entre un marasmo cibernético. Durante las últimas horas del año, el tiempo pareció detenerse en un pasmoso silencio. La causa era obvia: Whats App se había caído. Para los lectores del futuro, el nombre de Whats App tendrá una resonancia cultural similar a la que tienen ICQ o Messenger para las generaciones actuales. Pero para efectos de la siempre engreída coyuntura, la caída del mensajero representó un mal augurio en vísperas de un nuevo año.

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Si alguna vez los dedos oponibles garantizaron nuestra supervivencia, en el mundo actual nos permiten la omnipresencia. Rodeados de amigos y familiares, nuestros pulgares presionan la pantalla frenéticamente permitiéndonos coexistir en dos espacios a la vez. Pero nuestros cerebros no han avanzado a la velocidad de nuestros dedos: nuestra doble pertenencia implica una distracción perpetua. De pronto, sin alicientes tecnológicos que dividieran nuestra atención, tuvimos una rara oportunidad de levantar la mirada y observar el entorno. En nuestro breve momento de extrospección, nos dimos cuenta de un sentimiento preponderante: la incomodidad. Ante el bochornoso encuentro entre hombre y entorno, nuestros ojos regresaron al refugio de la pantalla: como si nuestra atención focalizada fuera a reparar el sistema.

Cuando una sustancia desocupa un espacio, otra sustancia inmediatamente busca llenarlo. Ésta pareció ser la regla con la caída de Whats App. A falta de mensajero, nos vertimos en las redes sociales con la premura del adicto. Había que rellenar el vacío y defendernos del entorno. ¿Cómo resolver el importantísimo problema de la comunicación humana? ¿Es posible la comunicación sin Whats App? La discusión en torno al tema se volvió álgida. Los más modernos sugirieron una solución parcial y segregonista: el iMessenger. Por su parte, los más nostálgicos vieron en la coyuntura una oportunidad única de retomar el viejo hábito de la llamada telefónica. Las propuestas tuvieron una omisión reveladora: A pocos se les ocurrió una posibilidad aún más atrevida, la de la convivencia.

Rodeados de amigos y familia, muchos hemos optado por mantener la mirada gacha. No es una cuestión de timidez sino de evasión. Esto se ha vuelto una triste caracteristica de la élite latinoamericana. La sociedad que se jacta de su calidez humana, ahora calienta sus conversaciones a la luz del celular. En una buena mesa latinoamericana suelen haber más celulares que cubiertos. El fenómeno es poco adulador. Sentados frente a frente, los comensales se embobecen con el brillo del led como sus antepasados lo hicieron con el fuego. Pero en el mundo tecnológico contemporáneo la fogata no es compartida. Cada ser humano se hipnotiza con su pequeña chispa de fuego. Si antes la familia se reunía alrededor del mole de la abuela hoy el plato principal es el Wifi.

Sin embargo, dentro de nosotros persiste un reconocimiento inconsciente de que nuestros nuevos hábitos son cuestionables. En los raros momentos en que las miradas de los comensales coinciden, se acostumbra lanzar un enunciado justificatorio: “Es que es del trabajo.” “Es que es Juan.” “Es que es Petra.” La existencia de la culpa implica que en el fondo sabemos que algo no está bien en nuestra interacción; nos sentimos culpables pero no tenemos la fuerza para detenernos.

En la película “The end of the tour” que recapitula una entrevista de la revista Rolling Stone con el escritor David Foster Wallace, el escritor hace un análisis mordaz sobre el mundo tecnológico. El autor afirma que conforme la tecnología continúa mejorando se vuelve más fácil y placentero quedarse en casa realizando ejercicios mastrubatorios; replicas deshumanizadas de la realidad. Como consecuencia se está fraguando una generación que, en su afán de satisfacer sus deseos primarios, prefiere la practicidad de la réplica sobre la complejidad de la realidad; es más fácil convivir con una ilusión que con una persona real. En ese sentido el mundo del mensaje instantáneo y sus múltiples conversaciones nos permite interactuar sin riesgo. Hablar difusamente con 15 personas es ma? sencillo que conocer de fondo a un ser humano.

Es cierto, en muchas circunstancias Whats App nos facilita la vida; su sistema de mensajes gratuitos es irreprochable y hasta necesario. Pero hemos abusado de su utilidad. Lo que comenzó como una herramienta de comunicación se ha vuelto un estilo de vida. Como consecuencia nos hemos enajenado en una realidad virtual que nos es más cómoda porque nos es más segura. Pero la comodidad tiene sus consecuencias; el mundo virtual nos aliena del mundo exterior. De tanto frotarla, la pantalla sensible nos vuelve insensibles. Cada vez nos cuesta más trabajo tomarnos una pausa ¿Qué es lo primero que hacemos al despertar? ¿Con quien hablamos mientras comemos? ¿Qué tan adictos nos hemos vuelto?

Llegar a la postura erguida tomó al ser humano millones de años, hoy renunciamos voluntariamente a ella. Quizás nuestra figura encorvada mientras “mensajeamos” revela las contradicciones del mundo contemporáneo. Nuestro frenesí de hipermodernidad nos ha regresado a la prehistoria.  Por un lado anhelamos el contacto humano y buscamos a toda costa la comunicación, pero por el otro lado buscamos recluirnos de él. Ciertamente, los sistemas de mensaje instantáneo son la solución moderna a la paradoja de la comunicación: nos permiten comunicarnos sin la pasmosa necesidad de interactuar. Por ello vimos con alivio que el Whats App se compuso unas horas antes de la medianoche. El 2016 llegó bajo un estado de normalidad tecnológica. A medianoche dimos los abrazos necesarios y nos lanzamos en un frenesí de los pulgares; había que felicitar a toda nuestra larga lista de contactos.

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