Hace un año, un grupo de expertos en diplomacia pública de la George Washington University visitamos Brasil con el objetivo de realizar una investigación en torno a las posibilidades que las Olimpiadas de Río 2016 presentaban para el soft power brasileño. A pesar del desaceleramiento económico brasileño, persistía en el extranjero una imagen de un Brasil dinámico, que había logrado romper con las inercias que lo habían mantenido al límite de sus posibilidades por tantos años. En ese sentido la pregunta era si Brasil lograría utilizar las olimpiadas de la misma forma que China lo había hecho ocho años antes. En aquel entonces la diplomacia pública china construyó la idea de las olimpiadas como una culminación del largo ascenso de la economía china. Beijing 2008 funcionó como un símbolo del arribo del gigante asiático a las grandes ligas. ¿Podría Brasil repetir esta experiencia?
Nuestro encuentro con diplomáticos, políticos y periodistas reveló un Brasil muy distinto al que se percibía desde el exterior. Mientras que el mundo seguía encantado con el crecimiento económico de principios de la década y la pujante posición global de Brasil, internamente el país se comenzaba a resquebrajar. Aunque la situación no era aún tan crítica como la actual, ya habían indicios importantes de lo que estaba por suceder. Llegamos al país tratando de buscar formas en las que Brasil pudiera usar el evento olímpico para catapultar sus intereses en el escenario global; la realidad reveló nuestra misión como ingenua. Al salir la única pregunta que persistía era la de cómo Brasil lograría sobrevivir las Olimpiadas.
Ser sede de unos Juegos Olímpicos es un arma de doble filo. La sinapsis mediática que genera este evento permite la construcción de narrativas que pueden reinventar estereotipos pero que también puede destruir reputaciones. Esta ventana de oportunidades es difícilmente replicable en circunstancias normales. Es casi imposible pensar en otra situación en la que Brasil sea el foco mediático internacional durante un periodo tan prolongado bajo un contexto noticioso potencialmente favorable.
En algunos casos las olimpiadas crean cohesión social y a través de ello catapultan la imagen de un país en el extranjero (Londres 2012, España 1992). En otros casos se busca construir imágenes de modernidad y desarrollo (Beijing 2008). Pero lo mismo que vuelve a estos eventos oportunidades únicas, los vuelve riesgos importantes. No han sido pocos los casos en los que las olimpiadas actúan como desestabilizantes sociales, antesalas de crisis y destructoras de la marca-país (México 68, Atenas 2004, Sochi 2014). El exceso de atención puede ayudar a reconstruir una imagen de manera positiva o negativa: crear una imagen o destruir otra.
En nuestra visita a Brasil en 2015 constatamos que la crisis de legitimidad del gobierno federal y la polarización política volvían dificil que Brasil tuviera la capacidad para construir una estrategia política alrededor de las olimpiadas. Nuestras indagaciones sobre las potencialidades internacionales de las olimpiadas causaron asombro y desconcierto. Las autoridades consideraban al evento una cuestión local; para Río, para nadie más. La falta de coordinación entre los niveles de gobierno también quedó evidenciada. El gobierno local era celoso de su evento y, salvo para cuestiones económicas, buscaba alejarse lo más posible de un gobierno federal desprestigiado y en crisis. El Itamaraty, lejano y debilitado por el gobierno de Dilma Rousseff se mostraba distante.
Hace un año nuestro estudio fue presentado en Washington bajo la conclusión de que en el contexto de aquel momento, Brasil no tenía capacidades ni tiempo para elaborar una estrategia de diplomacia pública alrededor de las olimpiadas que sirviera a sus intereses y catapultara su imagen. Los problemas internos, el porvenir económico y la nula coordinación entre los distintos niveles de gobierno volvían esto una tarea imposible incluso en el entendido de que se quisiera implementar. En lugar de ello, Brasil debía concentrar todos sus esfuerzos y tiempo en evitar que las olimpiadas fueran el gatillo de una crisis mayor. Por ello, el eje central de nuestra propuesta consistió en proponer la integración de una Agencia de Administración del Riesgo (Crisis Management) coordinada entre los tres órdenes de gobierno: el objetivo no era impulsar a Brasil sino impedir daños mayores.
Un año después, Brasil se encuentra en el peor de los escenarios posibles. Y sin embargo, a pesar del contexto, el gigante sudamericano tendrá que ser la sede de los Juegos Olímpicos. Inmerso en el escenario político más álgido y complejo de su historia reciente, Brasil deberá enfrentar nuevos retos en el marco de las olimpiadas. Además de evitar que la crisis interna se desborde, Brasil deberá lidiar con problemas de movilidad, infraestructura y la amenaza terrorista que llegarán con las olimpiadas. Esta última se vuelve una amenaza latente después de los sucedido en Francia y Bélgica. El colapso no es imposible.
Es cierto que en ocasiones, eventos de esta magnitud funcionan como catarsis; reconstruyendo fibras sociales y uniendo a las poblaciones. Los londinenses encontraron un nuevo espíritu civil durante las olimpiadas de 2012. Pero la situación de polarización social y agotamiento económico en Brasil vuelven esto implausible. De continuar la inercia actual, Río 2016 se convertirá en un campo de batalla: los inconformes lo usaran como ventana para dar a conocer sus querellas, mientras que un gobierno agotado intentara frenéticamente usar su última energía para garantizar las condiciones mínimas que exige un evento de este tipo.
¿Cómo hará Brasil para mitigar daños? Aún en la complicada situación actual el gobierno de be buscar construir puentes y estructuras que les ayuden a coordinar el evento deportivo más importante del año. En este caso mitigar daños debe ser la prioridad. Si Brasil sobrevive las olimpiadas puede ser un buen aliciente para un giro en su situación política y social. Pero si no lo hace, la crisis podría llegar a niveles nunca antes vistos en el gigante sudamericano.
