Día histórico para el pueblo español. Por primera vez comienza un juicio en el que uno de los acusados que se sienta en el banquillo es un miembro de la Familia Real: la Infanta Doña Cristina de Borbón, esposa del jugador de balonmano Iñaki Urdangarín. Impensable hasta hace muy pocos años que esto pudiera suceder; la familia Real era intocable en España. Ordeno y mando ya no valen lo que antaño, aunque antaño sea muy joven en este momento.
El relato de la primera sesión de este juicio ya se lo saben. Primer indulto de uno de los acusados al ser retirada la única acusación que pesaba sobre él. Ya no son 18 acusados, quedan 17 sentados en el banquillo. Miguel Tejeiro, secretario del Instituo Noos, dormirá tranquilo esta noche. Y primera declaración de uno de los acusados y, casualidad, el primer arrepentido. Jose luis Ballester, Pepote, ex director general de deportes del Govern del también acusado expresidente balear Jaume Matas.
Y esto, la figura del arrepentido, me lleva a escribir en un tono desenfadado para salir un poco del carril de la seriedad y rigor de un proceso judicial como el que hoy ha comenzado en Palma de Mallorca.
Porque Pepote se ha apuntado a esta nueva moda de los arrepentidos, una figura en España que se reservaba a algún histórico exnarcotraficante como Ricardo Portabales, un exetarra como Soares Gamboa, y poco más. Pero de un tiempo a esta parte las debilidades del ser humano quedan cada vez más en evidencia.
Antiguamente el que era cobarde para delinquir, porque no puede ser llamado de otra manera, en caso de ser descubierto se veía obligado a ser valiente para no delatar. Una cosa es que confieses tu delito, y otra que se lleve por delante a los que permanecen a refugio. Que no vaya a parecer que digo que esto que se llama colaboración con la justicia a cambio de rebajas en las posibles penas del acusado esté mal hecho. Al contrario, acelera los procesos y deja a la vista entramados muy complicados de descifrar sin esas confesiones.
Pero la situación me lleva a la literatura, al cine, a la imaginación retorcida, a las películas de la mafia que están siempre inspiradas en hechos reales. Me hace pensar en el tratamiento que se da a los colaboradores, en otros países llamados chivatos, sapos, soplones, traidores, ratas un sin fin de apelativos para aquellos que no siguen el dictado de la ley de la omertà o ley del silencio. Una ley famosa por las mafias italianas, donde rige este código de honor según el cual un implicado en un delito no revelará ni delatará jamás a otros colaboradores que hubieran participado con él en la fechoría. Está castigado con la muerte. Y además, mal visto. Marca al delator para toda la vida que le quede. A él y a su familia. La omertà implica «la prohibición de la cooperación con las autoridades o el empleo de sus servicios, incluso cuando uno ha sido víctima de un crimen». Incluso si alguien es condenado por un crimen que no ha cometido, se supone que debe cumplir la condena y sin dar a la policía cualquier información sobre el verdadero criminal.
Dentro de la mafia el arrepentido, pentiti, más famoso fue Tommaso Buscetta, el primer testigo importante que ayudó al juez Giovanni Falcone a entender el funcionamiento interno de la Cosa Nostra.
En España está de moda; ahora se llama hacerse un Marcos Benavent, el autodenominado yonki del dinero que se ha llevado por delante con sus grabaciones y confesiones a toda la cúpula del Partido Popular de la ciudad de Valencia. O a partir de hoy, también se podrá llamar hacerse un Pepote, que para no dar con sus huesos en el trullo canta como un pajarito y reparte acusaciones a izquierda y derecha, a su ex presidente Jaume Matas y al marido de la Infanta, Iñaki Urdangarín.
Detrás de Pepote vendrán otros, aquí lo que cuenta no es lo que se ha hecho y las responsabilidades de cada uno, sino el sálvese el que pueda cueste lo que cueste.
En España, vamos a reírnos de nuestros males, no hacemos las cosas bien. Si se delinque, se hace mal, porque el delito siempre es malo; pero ya que has sido tan cobarde para hacer el mal, o valiente para algunos, según quien lo mire, lo mínimo que debías hacer es seguir siendo un valiente para apechugar, o tan cobarde para algunos, según quien lo mire.
El caso es que observo estos movimientos con curiosidad. Pienso en ese refrán popular siciliano que dice cu è surdu, orbu e taci, mpaci campa cent’anni, el que es sordo, ciego y mudo vive cien años en paz. Pero no porque no tengas derecho a arrepentirte, sino porque es la única manera de estar a salvo de todo, de no caer en tentaciones, de no mancharte las manos, de no meter los pies en el barro.
¿Cómo dormirá desde hoy Pepote Ballester?
