Panamá, un país inventado en Wall Street

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El fascinante escándalo global por corrupción, codicia y angurria destapado por los llamados “Panamá Papers” o Papeles de Panamá, deja en claro al menos dos verdades siempre ignoradas:

1) El afán excesivo de riqueza despierta los niveles de estupidez humanos más primitivos e instintivos. En los Papeles de Panamá ocurrió un poco como en las selvas de Colombia suelen cazar simios silvestres con cajas de madera llenas de granos de maíz que solamente tienen un estrecho orificio por el que el desventurado animal adelgaza una de sus manos y la mete con dificultad para tomar un puñado y cuando la tiene llena ya no la puede sacar: no cabe por el orificio de la trampa y, así, muere y se deja atrapar sin soltar la manotada que quiere comer pero no puede hacerlo a pesar de tenerla agarrada.

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2) Panamá nació el 3 de octubre de 1903 como producto de una bien calculada y compleja corruptela financiera, urdida a comienzos del Siglo XX por intrépidos tiburones de la bolsa  de valores de Wall Street. Adquirieron, veladamente y a precio de ganga (US$ 3.5 millones), las acciones de una compañía francesa  en bancarrota creada para construir el canal interoceánico y las revendieron al gobierno de Estados Unidos por US$ 40 millones, con una ganancia de 1.233 por ciento. Separado de Colombia, ese bello y pequeño país (su extensión es solamente de 76 mil kilómetros cuadrados y su población de escasos cuatro millones de habitantes), siempre ha sido un deslumbrante paraíso no solamente natural sino fiscal y especulativo.

Los Papeles de Panamá son una de las más recientes y famosas filtraciones de información secreta de la que fue víctima la firma de abogados panameña Mossack Fonseca. Al parecer, técnicos que le daban mantenimiento a su red de computadores sustrajeron 2,6 terabytes que contenían documentos privados, empresariales y financieros de personas y firmas que evaden cómodamente impuestos alrededor del mundo respecto de multimillonarias fortunas, hasta entonces bien escondidas. El feliz beneficiario de información el periódico alemán Süddeutsche Zeitung y este la compartió más tarde con el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación.

Entonces, como si un truco de magia le hubiera quitado en un parpadeo todas las puestas y todas las paredes a elegantes y atestados servicios sanitarios, millares de empresarios quedaron de súbito y ante el mundo entero con los calzones abajo. Sus propiedades, empresas, ganancias y activos escondidos ahora los conoce toda la Tierra. Lo más llamativo es que entre los evasores aparecen jefes de estado y de gobierno, empresarios “intachables”, deportistas idolatrados, adalides de la moral y periodistas “ejemplares” con los pechos cundidos de medallas ganadas en sus “luchas sin pausa”, pero hipócritas, contra la corrupción.

Con la asesoría del bufete Mossack Fonseca, cada empresario pudo esconder su fortuna mediante empresas “absolutamente secretas” porque, al fin, son propiedad de fiducias y enredos de firmas panameñas de papel que, por último, cumplen el objetivo original de desaparecer el nombre de los verdaderos propietarios, quienes, para mayores seguridades, registran direcciones fiscas en ciudades tan inciertas como Nizhny Novgorody, Novosibirsk, Ahmedabad o Hangzhou.

Cada uno de estos enredijos posee cuentas bancarias en paraísos fiscales distintos a Panamá, como, por ejemplo, Islas Caimán, Bahamas, Islas Cook, Chipre, Andorra, Guernsey o Isla de Man (hay, bien identificados, 73 paraísos fiscales en el mundo). En síntesis, había sido inventada la manera virtualmente perfecta de poder ser multimillonario sin que nadie lo supiera ni tener que pagar impuestos. Una dicha no solamente para evasores sino también para narcotraficantes y ladrones precavidos.

Pero aquí viene el parecido mortal del humano con el mísero mono que muere de hambre con una mano atrapada entre una nutritiva caja llena de maíz: entre los papeles revelados resultó fácil saber de quién era cada una de las “empresas secretas”, pues los propietarios dejaron de lado todas las mamparas legales que pusieron para ocultar sus capitales y enviaban correos electrónicos con sus propios nombres en los que, por ejemplo, pedían que de tal cuenta les transfirieran cierta cantidad a otra o preguntaban si ya había sido acreditada determinada suma de dinero.

A la hora de la verdad, se taparon el rostro con máscaras de sus propias caras. La mayor parte de quienes quedaron con los calzones abajo ahora aguzan el ingenio para inventar disculpas, la mayor parte ridículas, y entre las más socorridas está la de sostener que si bien adquirieron empresas en Panamá, eso, por una parte, no es ninguna irregularidad y, por otra, jamás las utilizaron para nada. Lo que no saben es que los correos electrónicos que mandaron dando instrucciones sobre el manejo de sus dineros les traerán nuevas vergüenzas y dolores de cabeza.

No es de extrañarse que Panamá sea el paraíso fiscal número 15 de los 73 que existen y que por sus oscuras oficinas bancarias y de abogados pase buena parte de los dineros turbios del mundo en busca de refugio.

Ese país, como ya dije, nació de un negocio turbio concebido en Wall Street por el poderoso banquero P. J. Morgan y otros. Para sacarlo adelante, promovió y financió una revolución de independencia, constituyó una república independiente y diseñó una bandera que hoy se sigue izando.

Bajo el título Cómo Wall Street creó una nación, el abogado e historiador panameño Ovidio Díaz Espino publicó un libro con una nueva visión de la historia de Panamá, basada en una minuciosa investigación de cuatro años en la que desentrañó viejos expedientes del Congreso de Estados Unidos, cartas, testimonios, memorias y noticias perdidas de The New York Times y New York World, entre otros diarios.

De acuerdo con Díaz Espino, quienes adquirieron a menosprecio las acciones de la compañía francesa no pudieron llegar a un acuerdo con el gobierno colombiano para proseguir la construcción paralizada del canal que uniría los océanos  Pacífico y Atlántico.

Los especuladores, liderados por los norteamericanos William Nelson Cromwell, abogado y gerente de la Compañía del Ferrocarril de Panamá, y otros como J.P. Morgan, tenían asegurada la venta de las acciones de la compañía francesa al gobierno del presidente Theodore Roosevelt, quien, de acuerdo con el ex presidente colombiano Alfonso López Michelsen, “había sido un ardoroso propulsor de la vía de Panamá para construir el canal interoceánico en competencia con los partidarios de la vía de Nicaragua”.

Para esquivar la negativa colombiana a que la empresa francesa mantuviera la concesión para construir el canal, los tiburones de Wall Street, asegura Díaz Espino, planearon, financiaron y llevaron a cabo una revolución independentista que determinó la creación de la República de Panamá, vendieron las acciones con la fabulosa ganancia, Estados Unidos negoció los derechos con el nuevo país y le puso manos a  la obra de construcción hasta culminarla.

Además de los $ 40 millones que Roosevelt pagó a los especuladores, también desembolsó una indemnización a Colombia de  $2 millones 500, en 10 cuotas de $250 mil cada una.

El canal le economizó a Estados Unidos mil millas marítimas de navegación para pasar de un océano a otro y lo usufructuó hasta el año 2000, cuando le revirtió la propiedad a Panamá.

El libro de Díaz Espino revela también que las maquinaciones hechas desde Wall Street incluyeron sobornos a políticos y militares Colombianos, tales como el general Esteban Huertas, para que no se opusieran a la independencia del departamento de Panamá.

También asegura que tres próceres de la independencia panameña sacaron provecho económico del negocio de bolsa que solamente pudo concretarse mediante la creación de un nuevo país.

Díaz Espino revela que el plan de los especuladores incluyó hasta el diseño de la bandera del naciente país y asegura que Cronwell “no podía tener aquello de lo cual los reyes y príncipes se vanagloriaban: soberanía sobre un territorio y dominio sobre un pueblo. En Panamá obtuvo ese tipo de poder”, pues dominó el país durante una década “con puño de hierro, instalando ministros del gobierno y destituyéndolos, manejando el dinero del país y su relación con Estados Unidos, y decidiendo la suerte del Canal de Panamá en nombre de los presidentes Roosevelt y [Willam] Taft”.

Buena parte de los pormenores sobre el origen de Panamá  como república independiente Díaz Espino los encontró en los expedientes de tres investigaciones hechas por el Congreso de Estados Unidos en 1904, 1906 y 1912. Todas ellas trataron de dilucidar los alcances de las maniobras de los especuladores de Wall Street y algunos otros amaños hechos por el gobierno de Estados Unidos.

El presidente colombiano de la época, José Manuel Marroquín, solamente conoció la consolidación de la independencia de Panamá por medio de una noticia que le llegó a su oficina de Bogotá tres días después de haber ocurrido y guardó el secreto durante un mes. Solamente habló del asunto cuando un delegado del congreso, Pedro Nel Ospina, fue a buscarlo para exigirle informaciones de actualidad sobre el estado de las cosas en la provincia cuya pérdida ya se temía.

El Presidente, que solía pasar el tiempo escribiendo rimas menores y acrósticos para sus amigos, estaba en su oficina leyendo una novela de Paul Bourget cuando llegó Ospina y, adivinando el motivo de la visita, cerró el libro y exclamó:

–Oh, Pedro Nel. No hay mal que por bien no venga: se nos separó Panamá, pero tengo el gusto de volverlo a ver por esta casa.

Posteriormente, cuando la clase política le cayó encima, antes de renunciar, el presidente exclamó desinteresadamente:

-¿De qué se quejan? ¡Me dieron un país y les devuelvo dos!

En sus meticulosas pesquisas, Díaz Espino rescató  una nota publicada por The New York Times en 1906 que de alguna manera resume su libro y predijo los Papeles de Panamá: “La historia del Canal de Panamá es un largo trayecto y rastro de escándalo. Hubo escándalo en el pasado remoto, en el pasado reciente, lo hay ahora y tememos que habrá más en el futuro”. 

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