La frase «sembrar el petróleo» es una de las más emblemáticas en la historia económica y política de Venezuela. Desde niños, los venezolanos hemos escuchado esta expresión en nuestras clases de historia, en debates políticos, y en conversaciones sobre el destino del país.
Esta frase, acuñada por el influyente escritor y político Arturo Uslar Pietri en 1936, reflejaba la necesidad de invertir los ingresos petroleros en el desarrollo económico sostenible de Venezuela. Sin embargo, hoy en día, esa idea parece haberse desvirtuado, y los resultados de aquella «siembra» no han sido los esperados.
La metáfora de «sembrar el petróleo» proponía una inversión en infraestructura, educación y en el fomento de industrias nacionales, utilizando el excedente de ingresos petroleros para sentar las bases de un futuro próspero.
La intención era clara: no depender únicamente del petróleo, sino diversificar la economía para que Venezuela pudiera sostenerse, incluso en tiempos de crisis energética. Sin embargo, el problema no fue la falta de inversión, sino la mala gestión y la falta de una visión a largo plazo que aprovechara de manera efectiva estos recursos.
¿Por qué sembramos mal?
Es indudable que durante los periodos de bonanza petrolera se realizaron grandes inversiones en Venezuela. Se construyeron infraestructuras, se financiaron proyectos ambiciosos y se inyectaron fondos en sectores que parecían promisorios.
Sin embargo, gran parte de estos recursos se destinaron a subsidios que, en lugar de fortalecer la economía, la debilitaron. Al financiar sectores no competitivos y al gastar en beneficios sociales artificiales, se creó una economía dependiente y frágil.
La siembra fue defectuosa porque no se supo gestionar el dinero que entraba al país. Era como lanzar semillas en terrenos áridos, donde era imposible que germinaran. Este mal manejo de los recursos derivó en crisis financieras y políticas en las décadas de los 80 y 90, dejando al país en una situación precaria y vulnerable.
Comparando caminos: Venezuela y Noruega
Es tentador pensar que Venezuela estaba destinada a este resultado, que el petróleo es «la maldición de Venezuela». Sin embargo, al comparar con otros países que también han experimentado booms petroleros, vemos que esto no es necesariamente cierto. Noruega es el ejemplo más relevante. Descubrieron petróleo en un periodo más tardío que Venezuela, pero hoy son una de las economías más estables y prósperas del mundo.
La diferencia radica en la manera en que cada país decidió «sembrar» su petróleo. Mientras que Venezuela careció de un plan de largo plazo y se dejó llevar por el despilfarro, Noruega fue meticulosa y estratégica. Decidieron crear un fondo soberano, donde ahorrarían los ingresos sobrantes del petróleo para el futuro. Esta decisión les permitió evitar crisis cuando el precio del crudo caía, a diferencia de Venezuela, que se sumergía en crisis cada vez que los ingresos petroleros disminuían.
Además, Noruega evitó la dependencia del Estado y fomentó la diversificación de su economía. Esto contrasta con la situación venezolana, donde el control de cambio y la falta de inversión en sectores productivos creó una dependencia tóxica tanto en empresas como en ciudadanos, resultando en inestabilidad política y económica.
Un futuro incierto
Hoy en día, es poco probable que Venezuela vuelva a experimentar la abundancia petrolera de antaño. Con el mundo moviéndose hacia energías más limpias y políticas sin combustibles fósiles, el petróleo está perdiendo protagonismo. Esto deja a Venezuela con una única opción: aprovechar al máximo su industria más competitiva, pero esta vez con una estrategia clara y bien pensada.
La «siembra» que se realice en esta nueva oportunidad debe ser cuidadosa, planificada y, sobre todo, orientada a un futuro sostenible. El tren de la oportunidad está cada vez más cerca de su fin, y si no se toman decisiones acertadas ahora, el país podría perder su última gran oportunidad para lograr una cosecha que realmente nutra su futuro.
Para lograrlo, se necesita voluntad política y social, una visión de largo plazo que trascienda los intereses personales y partidistas. Solo así Venezuela podrá transformar los errores del pasado en lecciones para un futuro mejor.
