Sobreviviendo en el Táchira en tiempos de cuarentena

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Escrito por: Yenny Del Mar Rozo

Estar encerrada en casa, en mi país, es como ser protagonista de esa famosa serie de Discovery Channel: “Supervivencia al desnudo”, y no lo digo por el hecho de andar en cueros, sino por el hecho de hacer frente día a día a los desafíos de la crisis económica que nos golpea, solo que aquí no debemos sobrevivir 21 días como en la serie. Somos los campeones absolutos, llevamos sobreviviendo 20 años.

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Un ajetreado día de enero de 2020, a través del noticiero radial de una emisora que aún está al aire, pese a la censura gubernamental, escuché los acontecimientos mundiales en los cuales se referían a personas afectadas por una nueva enfermedad proveniente de la legendaria China. No le hice mucho caso al noticiero, total la China está muy lejos de aquí: ¿qué podría pasarnos?

A pesar de lo desastrosa que parecía esa epidemia, seguí como siempre  y como cualquier venezolana en la lucha diaria,  entre otras cosas,  por estirar los menguados sueldos percibidos en nuestra devaluada moneda; en la titánica tarea de conseguir combustible después de pasar varios días en cola, en la búsqueda de los “pesitos” o las “lechugas” -en alusión a las monedas colombiana y norteamericana respectivamente- ; en aprovechar la energía eléctrica antes de los racionamientos diarios para poder cocinar, ya que hace meses el gas doméstico brilla por su ausencia en mi hogar. Een fin, se me olvidó un poco lo del fulano virus.

Al pasar los días el nuevo virus ya era el protagonista principal en los noticieros. Se hablaba de numerosas personas contagiadas y fallecidas, de medidas tomadas por autoridades chinas para prevenir más contagios, de cierre de mercados, aeropuertos, y hasta de la colosal construcción de un hospital en 10 días para atender a los enfermos de la nueva epidemia. Sin embargo, todavía me parecía inverosímil que el coronavirus, como llamaban al nuevo patógeno, se hiciera presente en Venezuela.

  Pero todo cambió el 15 de marzo de 2020 cuando Nicolás Maduro anunció que siete estados del país entrarían en cuarentena, entre ellos el estado Táchira de donde soy oriunda, confieso que me llené de temor, de impaciencia, de incertidumbre: aparte de todas las calamidades que debemos pasar diariamente, ya había llegado el virus al país. Mi temor creció aún más cuando al día siguiente Maduro anunció la cuarentena total para toda Venezuela.

Desde el primer día de cuarentena todo ha pasado como si estuviera en una cámara oscura, que funciona también como una máquina del tiempo. Oscura por los constantes apagones que se han acentuado aún más y del tiempo porque en Venezuela viajamos constantemente al pasado realizando tareas que no son propias de un país petrolero.

 Una de las tantas odiseas que he afrontado en tiempos de cuarentena ha sido poder enviar las asignaciones académicas de mis hijos, porque eso sí, el sistema educativo está atravesando una crisis sin precedentes, pero los profesores han sido muy diligentes al enviar muchas tareas para el hogar, alentados por las órdenes del gobierno para que todo sea online, como si nuestro país fuera una maravilla en el acceso a la tecnología de redes, cuando la realidad es otra.  Para enviar un solo correo duré horas porque aquí la conexión a Internet es muy lenta y para variar, los datos no se quedan atrás en ser ineficientes.

El sistema eléctrico también hace gala de su mal servicio. Aquí, como si viviéramos en una ciudad Orwelliana, se le cambia el nombre a todo. Así, al racionamiento de la electricidad se le llama: plan de administración de carga, y la administran tan bien que los cortes duran horas. He tenido racionamiento de hasta 12 horas, los más sutiles son de 3 horas.

No solo la electricidad, falla, conversé con una amiga y me dice que en su sector no hay agua, que tiene varios días sin servicio. Tiene temor porque una de las medidas preventivas para evitar el contagio es lavarse las manos constantemente y sin agua no puede hacerlo. Tiene niños pequeños y dos personas mayores bajo su cuidado. “Si nos agarra el coronavirus, estamos fritos, qué angustia” dice.

Otra de las calamidades, aparte del temor a ser contagiado por el coronavirus, es la escasez de combustible. Aquí en Táchira, por ser un estado fronterizo, debido al contrabando y a la poca producción de la empresa petrolera, poder surtir el tanque es todo un desafío. Estábamos familiarizados con las gigantescas colas de hasta varios días para poder surtir, pero ahora ni siquiera tenemos acceso a los 40 litros que estaban destinados para carros de uso particular. Las pocas estaciones de servicio que están laborando solo atienden lo que ellos llaman sectores prioritarios.

Pero basta que se tengan a la mano unos “pesitos” o unas “lechugas” y  el problema del combustible se resuelve como por arte de magia, y como la mayoría de tachirenses no contamos con esas divisas, nos toca retroceder en el tiempo y viajar como dicen aquí en criollo: “En el carro de Fernando, un ratico  a pie y otro caminando” y ante la casi inexistencia del transporte público apilarnos como ganado que va al matadero en algunos camiones que prestan el servicio de transporte improvisado.

Cuando voy al mercado me siento extraña, como caminando en un lugar ajeno a mí. Todos con nuestros tapabocas, mirándonos con sigilo, con malicia, como queriendo escudriñar si por casualidad alguien podría ser portador del coronavirus, entonces tratamos de mantener la distancia. Eso, aunado al desafío de sortear los escandalosos precios de los productos para llenar la alacena y poder acatar la cuarentena constituyen un escenario bastante desalentador.

Ningún sueldo en Venezuela alcanza para cubrir las necesidades mínimas requeridas durante la cuarentena, muchas personas viven del día a día, es desgarrador saber que muchos no tienen acceso a los alimentos porque simplemente no están trabajando. O morimos por el virus o muchos morirán de hambre.

Vivir en el Táchira, nos hace más vulnerables. Por nuestra frontera pasan a diario miles de personas y, aunque el paso está restringido, se utilizan las llamadas trochas para acceder a territorio colombiano, abastecerse de alimentos y medicinas o para ingresar nuevamente a Venezuela. Las autoridades dicen tener el control, pero nadie confía en lo que dice el gobierno.

Todos estos días de encierro forzado tienen también su lado positivo, han servido para estrechar vínculos con la familia, para reflexionar, para meditar sobre la vulnerabilidad de la existencia humana, para reafirmarnos que no somos invencibles y que por más adelantos científicos que alardeamos como raza superior, aún estamos a merced de otros agentes invisibles que podrían extinguirnos del planeta en un abrir y cerrar de ojos.

Como decían las abuelitas: “Que Dios nos agarre confesados”, porque si nos contagiamos con el coronavirus, nuestro sistema de salud no está preparado para atender tantos pacientes. Nuestro hospital central está colapsado como todos los centros de salud del país. Mientras tanto seguiremos rezando y recurriendo a nuestro protector y patrono El Santo Cristo de la Grita, a la virgen de la Consolación y a todo el santoral para ver quién nos hace el milagro y nos ampara ante esta calamidad.

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