Desde hace 30 años son buscados cerca de 300 niños que sobrevivieron al desastre natural más devastador sufrido por Colombia en el último siglo: la avalancha que borró del mapa a Armero (ciudad de más de 30 mil habitantes) causada por la erupción del Nevado del Ruíz, en la noche del 13 de noviembre de 1985, en el centro andino del país.
Los muertos fueron más de 25 mil personas que habitaban cuatro mil viviendas, todas arrasadas con lo que tenían por dentro. Se cree que sobrevivieron hasta 15 mil habitantes pero no hay cifras exactas.
Gladys Primo Galindo tenía 22 años la noche en que empezó a aumentar la emisión de cenizas del volcán, preludio de la catástrofe que ocurriría. Estaba con su hermano, sus dos niños y su esposo. De repente la tierra comenzó a temblar. Corrieron para refugiarse en el segundo piso de una de las casas vecinas pero el mar de fango y rocas que bajó de la montaña se llevó la casa entera. La tierra rugía como si fuera un monstruo, vino una bola negra con casas, paredes, gente gritando y nos fuimos todos al suelo, la casa se destruyó y todo eso nos cayó encima también, cuenta Gladys.
Quedó enterrada entre el lodo espeso y caliente que le llegaba al cuello. A su alrededor estaba el cadáver de cinco personas desconocidas que cayeron en ese mismo hueco. Duró dos días agonizando hasta cuando fue rescatada por un helicóptero. En esta tragedia, con seguridad, murió su esposo. Pensé que era el fin del mundo, se lamenta Gladys quien desde aquella noche nunca dejó de evocar a sus hijos. Las graves heridas que sufrió la mantuvieron un año y medio hospitalizada y más de seis meses en coma. Resistió 15 cirugías en una de sus piernas. Despertó del coma al oír que su mamá, quien murió tres años después de la tragedia, le decía al oído que sus niños estaban vivos.
Jesús Manuel tenía 8 años y Nubia Isabel cumplió 7 precisamente un día después del desastre. Ambos están desaparecidos pero existen pruebas fehacientes de que uno de ellos salió vivo. La principal es un video que hasta hace tres años pudo ver Gladys. En él se ve cuando un rescatista lleva a Jesús Manuel cargado de brazos. Aunque no aparece su hermana, se cree que también está viva porque el hermano de Gladys los vio salir a ambos.
Mientras Gladys estaba en coma, su mamá se acercó con fotos de sus nietos al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar en Bogotá, en 1985, y le informaron que el niño acababa de irse en un carro. Sus reclamos fueron acallados con un ¡no moleste!. Hasta hoy, tras 30 años de búsqueda, no se sabe quién se los llevó. Según las indagaciones que ha hecho, se cree que el niño fue sacado del país con otro nombre, como se sabe que ocurrió con decenas de otros niños, hoy adultos, que continúan perdidos.
Existen algunas pistas y rumores en el sentido de que la niña estaría en España. Gladys no pierde la esperanza de encontrarlos. Los espero con los brazos abiertos, exclama.
Armero era la tercera ciudad más grande del departamento del Tolima y el valle circunvecino producía para todo el país arroz, maíz, maní, sorgo y, más que todo, algodón. Era llamada la ciudad blanca.
A pesar de todos los anuncios que dio el volcán, la ciudad no fue preparada por el gobierno para afrontar el desastre. Por esos días la gente pensaba que el único peligro era que se desbordara una pequeña represa que se había formado en la parte montañosa del río Lagunilla, principal afluente de la ciudad. Se temía que pudiera ocurrir una inundación.
El gobierno no le advirtió a la comunidad que una pronta erupción volcánica derretiría el casquete glaciar del nevado y causaría un desastre de proporciones descomunales con una avalancha de millones de metros cúbicos de lodo, piedras y árboles. Se sabía que Armero debía ser evacuado para salvar a sus habitantes pero nunca se les dio el aviso de alerta.
El volcán llevaba 137 años dormido. En septiembre de ese año, expertos geólogos y vulcanólogos advirtieron que la actividad sísmica del volcán había aumentado y trazaron mapas de riesgo que deberían ser usados para salvar a la población que se encontrara en el camino de la próxima avalancha.
Pero el gobierno de Belisario Betancourt no tomó ninguna medida preventiva. Peor aún, el día de la tragedia, cuando comenzó a caer ceniza, las autoridades recomendaron mantener la calma, permanecer en las casas y usar tapabocas, en vez de ordenar la evacuación inmediata de la ciudad.
Sergio tenía cuatro años
La última vez que Martha Lucía López vio a su hijo, Sergio Melendro López, de 4 años y medio, él le pidió de regalo de Navidad un hermano. A Martha, esa misma tarde el médico le había dicho que estaba embarazada, sin embargo, pensó en darle la noticia después. Martha Lucía, ingeniera agrónoma, trabajaba con su esposo en la hacienda el Santuario, una de las más grandes de Armero.
Le dio las buenas noches, al niño y lo dejó dormido con su perro de peluche. De repente, recibe una llamada de su familia de la cercana ciudad de Ibagué. Estaban preocupados por lo que pudiera ocurrir en Armero. Entonces, ella salió con su esposo a indagar en la estación de bomberos local, situada a dos cuadras. La estación estaba cerrada, se devolvieron y cuando llegaron a la esquina vieron que venía la gigantesca avalancha. Se cortó el fluido de electricidad e intentaron avanzar en su carro pero no pudieron y salieron corriendo. En medio del lodo y del río de gente que ya llevaba a botes, lograron subirse a un árbol y de ahí al techo de una casa donde permanecieron hasta el día siguiente.
Cuando amaneció, Martha describe que fue el peor momento de su vida. No olvida las imágenes: gente aprisionada entre vigas, gritos de lamento que brotaban de la tierra, cadáveres con paredes encima y un playón de escombros en que quedó convertida la ciudad. No era el dolor físico, sino el del alma, pensaba ¿dónde está mi hijo? se apena.
Maltratada por los golpes que sufrió luchando por su vida, fue llevada a la vecina población de Lérida, donde se montó un puesto para primeros auxilios, luego a Ibagué, capital del Tolima, y después a Bogotá.
En sus pesquisas, supo que su hijo Sergio Melendro salió con vida, fue atendido en un albergue de paso y un socorrista que lo auxilió dijo que estaba herido de un brazo, pero que no era nada grave. No obstante, nunca ha podido establecer a dónde fue llevado después.
Pasados dos meses, su hermana recibió una llamada del ICBF en Bogotá para informar que el niño estaba allá, a salvo y ella corrió de inmediato con una foto de Sergio pero nunca le permitieron entrar para identificarlo.
A los ocho meses de la tragedia, supo que su amiga Luz Ángela Lucena, que estaba en New Orleans, entró a una tienda de Benetton. Un comprador estableció una conversación con ella al ver que su acento era latino. Dijo que era colombiana y el hombre respondió: Qué casualidad encontrar a alguien de Colombia, mi hermano, que vive en Italia, acaba de adoptar un niño de la tragedia de Armero.
El vendedor saca la billetera y le muestra a Luz Ángela una foto de mi hijo, cuenta Marta Lucía. Y agrega: ella, exaltada le dijo: Este es el hijo de una amiga mía y el hombre se esfumó apenas oyó esto. Desde cuando supe eso, asegura, nunca fui la misma persona; siempre pienso que Sergio está en alguna parte, expresa.
De acuerdo con los testimonios de varios sobrevivientes, hubo irregularidades y el ICBF concedió adopciones expréss con niños de Armero, sin reparar si sus padres u otros parientes estaban vivos. Pido que, por favor, nos digan la verdad, llegó el momento de saber qué pasó con nuestros niños, reclama Martha Lucía.
Mi mamá y mi hermana salieron vivas
Con 13 años en aquella época, María Mercedes Segura no puede borrar de su mente la imagen de una mujer muy herida que tenía sus brazos en forma de cruz, con los puños cerrados y se resistía a soltarlos para ser rescatada por socorristas que llegaron en un helicóptero. Llevaba una de las manos de su bebé que le arrebató la avalancha.
María Mercedes estaba dormida cuando un vecino golpeó la puerta estrepitosamente para avisar la tragedia que se venía. Estaba con una hermana de ocho años y su papá. Se vistieron y salieron a correr.
Se montaron en una volqueta pero hubo un momento en que ya el carro no pudo avanzar. Siguieron corriendo y alcanzaron a subirse a una montaña que los salvó y desde lo alto pudieron ver cómo era borrada la ciudad por la avalancha. Fue un amanecer muy doloroso y cruel porque era ver morir al paisano ahí al lado, eran pilas de muertos, rememora María Mercedes.
Su mamá, María del Carmen Ayala, en ese momento de 31 años y su hermana, María del Pilar Segura de 4, salieron con vida y siguen desaparecidas. Figuraron en listados de sobrevivientes y fueron vistas por vecinos.
Su mamá, al parecer, perdió la razón y estuvo en un refugio, en la ciudad de Guaduas, Cundinamarca. Hace tres años la vio por causalidad en una imagen de Noticias RCN. También hay de su hermana viva después de la avalancha.
Pero María Mercedes ignora el paradero de su hermana y ha estado en conversaciones recientes con una persona que vive en Italia, tiene la misma edad de su hermana y fue adoptada como sobreviviente de Armero. Sin embargo, hace falta una prueba de ADN para saber si son parientes. He buscado a mi mamá y a mi hermana debajo de las piedras, en hospitales y en las bases de datos de todo, relató María Mercedes.
Gladys Primo, María Mercedes Segura y Martha Lucía López no son las únicas que buscan a sus hijos y familiares. Desde la Fundación Armando Armero, creada hace 10 años, el literato y periodista Francisco González ha documentado alrededor de 300 casos de familiares que buscan a sus hijos.
González cuenta que el Gobierno aún no ha dispuesto toda la información necesaria para hallar a los niños. Por ello, el mes pasado envió una carta al presidente Juan Manuel Santos para pedirle acceso a todos los archivos del ICBF. Quiere saber a dónde llegaron los niños rescatados del lodo y a quiénes fueron entregados. Exige ver los registros de salidas que guarda en sus archivos el Ministerio de Relaciones Exteriores, así como información de notarías, el Registro Civil, juzgados y hospitales, entre otros.
González denuncia fallas gravísimas en los protocolos de rescate, pues no se comprobó si los padres rescatados estaban vivos o heridos en los hospitales. Los dieron simplemente en adopción.
Las mamás enviaron muchas cartas al ICBF pero jamás les respondieron, denuncia González, quien representa a todas las familias en la búsqueda. Es su vocero y para ello acaba de ser creado un banco de pruebas de ADN, donado por los genetistas colombianos Emilio Yunis y su hijo Juan Yunis. La idea es que los padres y sus potenciales hijos envíen muestras de ADN para ser cotejadas.
La Fundación se financia con los modestos recursos propios de su director. Lo que sucedió con los niños de Armero quedó consignado en lo que el ICBF ha llamado libro rojo. Un cartapacio con inconsistencias al que le han arrancado páginas y faltan fotografías de los niños. El ICBF no tiene ningún vocero para hablar sobre los niños perdidos de Armero y a todos los interesados los remiten al libro rojo.
Al consultar a la ex defensora de familia del ICBF, Myriam Rozo, quien estuvo al frente de la emergencia de Armero, señaló que solamente recibieron 180 niños que con posterioridad fueron entregados a sus familias. Solo se dieron en adopción a cinco o seis niños que fueron declarados en abandono y fueron entregados a familias colombianas, anotó Rozo.
Hasta el momento el Estado no responde por los niños que siguen perdidos. El único consuelo que tienen estas familias es seguir buscándolos con la dificultad de que ahora son adultos sin la memoria de sus primeros años.

