Todavía tenemos en la retina, la espectacular fuga del Chapo Guzmán por un túnel de 1.500 metros del penal de alta seguridad El Altiplano. Fue su segunda evasión de una cárcel en 14 años. Los artífices de esa obra de ingeniería, que disponía de ventilación e iluminación y, de hasta de unos rieles por donde circulaba una motocicleta, son los mismos que trabajan para el capo del narcotráfico en las inmediaciones de Tijuana, la ciudad más occidental de Latinoamérica.
En la garita de San Ysidro, por donde pasan cientos de miles todos los días, hace un mes, se descubrió otro narco túnel que recordaba al utilizado por el Chapo. Este sólo medía de largo, unos 125 metros, como un campo de fútbol, pero por dentro era igual. A principios de año, vimos las imágenes de otro camino subterráneo con salida en Arizona que disponía de un sorprendente ascensor hidráulico. Son habituales este tipo de construcciones en el punto más caliente del mundo por el tráfico de personas y de droga. Este año ya se han inutilizado la escandalosa cifra de 181.
Tijuana, siempre ha llevado sobre sus espaldas, la etiqueta de ciudad violenta. En el último año, superaron los 500 homicidios, según la organización independiente norteamericana Seguridad, Justicia y Paz; dato por el cual, se ha colocado esta localidad fronteriza en el puesto 45 del ranking de las más peligrosas, la octava de México.
Es difícil salir de esta temida lista, si la Policía del país está corrompida. Este gremio tiene mala reputación, sus miembros cobran salarios bajos, unos 370 dólares al mes, y se convierten en presa fácil de los poderosos carteles de la droga que los compran para sus crímenes.
Viví en mis propias carnes el abuso, la extorsión y la impunidad con la que se mueven los miembros de la Policía en aquellas tierras de la Baja California. Durante varios años en los que he estado haciendo reportajes por países de África, Asia y Latinoamérica, solo me robaron en uno: México. Y los ladrones no fueron pandilleros, niños que viven debajo de las alcantarillas o migrantes desesperados; fueron policías. Recuerdo como se nos quedó la cara a mi camarógrafo y a mi después de visitar una localización para un rodaje y ver que tu coche está siendo desvalijado por la poli. Al final pudimos recuperar parte de nuestras pertenencias pero se llevaron una mini cámara entre otras cosas. Nuestro fixer, puso una denuncia pero no sirvió de nada.
La sociedad azteca se ha acostumbrado a digerir noticias terribles como la participación de agentes locales en la desaparición de 43 estudiantes, o la escapatoria del Chapo donde funcionarios públicos se dejaron la piel para que saliera vivo del penal.
Cuando uno pasa varios días en Tijuana, sobre todo de madrugada, percibe esa sensación de inseguridad en las calles. Los fines de semana se abarrotan, de jóvenes americanos procedentes de San Diego y otras zonas que buscan desmadrarse con tequila, sexo y marihuana, como decía la canción de Manu Chao.
Tijuana se convierte, por horas, en el gran prostíbulo de los americanos que son atraídos por el alcohol tirado de precio y las ofertas de los locales que fomentan un turismo de borrachera nada recomendable. En las barras de los striptease, es extraño no ver al clásico gringo corpulento dormido después de haber ingerido varios whiskies mientras las bailarinas hacen las delicias de adolescentes violentos. Una de ellas, me confesó que eran habituales los insultos y ataques racistas hacia ellas.
Cuando se apagan las luces de esa ciudad que podría ser una especie de Sin City, los policías patrullan las calles para evitar incidentes y también hacen su agosto con aquellos que han bebido más de la cuenta. Pude ver delante de mí como se arreglan las cosas a base de mordidas, con tal de no acabar la noche en el calabozo por haber realizado supuestos altercados en la vía pública.
Recuerdo perfectamente el logo pintado con grandes letras en los coches patrulla: Estamos para defenderle. Y una señora me decía: ¿Y quién nos defiende a nosotros de la policía? Lamentablemente, tenía toda la razón.
