Entrar en Corea del Norte fue una experiencia única, orwelliana y fruto de un laborioso trabajo. Tuve la suerte de conseguir el cotizado visado gracias a la invitación que concedió el Gobierno de la República Democrática Popular de Corea al programa de televisión español En Tierra Hostil, de la cadena Antena 3, donde trabajaba como productor, junto al reportero Jalis de la Serna y el cámara Armando Rey, antes de unirme a HispanoPost.
Es una tarea difícil conseguirlo. En Madrid, fue clave la persistente gestión de mi compañera Elena Pérez con la persona que tiene que decidir si puedes pasar: Alejandro Cao de Benós, un aristócrata de Tarragona que ocupa el cargo de Delegado Especial del Comité de Relaciones Culturales. Es el único extranjero que trabaja para el gobierno norcoreano, sin cobrar un euro, y revisa diariamente peticiones de medios de todo el mundo que quieren grabar. En este caso, organizó un viaje sólo para periodistas con pasaporte español. Recaudó una media de 6.000 euros por persona, la tarifa oficial, que incluye el vuelo, el hotel, las comidas y los desplazamientos. Si solicitas trabajar en exclusiva, sin ninguna tele más, el precio se puede disparar a más de 8.000 euros.
No desaprovechamos la oportunidad. Aterrizamos en Pyongyang junto a un equipo de tres personas de la cadena Al Jazeera, y un freelance que colaboró para Univisión y Caracol TV. Cuando uno entra al avión de la compañía norcoreana Air Koryo, que realiza la ruta desde Beijing, ya puede intuir lo que le espera el resto del viaje. En el respaldo de los asientos, para leer, una revista que es pura propaganda con reportajes del régimen y fotos del líder supremo sonriendo. Y en los monitores, solo pasan un concierto con militares entonando glorifiquemos a esta Corea ilimitadamente rica durante las dos horas de vuelo.
Al llegar, revisaron nuestro equipo de grabación minuciosamente, y en un minibús nos llevaron a Pyongyang. El trayecto, desde el aeropuerto, no te deja indiferente. Viajamos en una larga carretera, impoluta, vacía de coches, y sin ninguna valla publicitaria. Las calles no tienen nombre, ni número. Cuando entramos en la capital, ya empezamos a ver grandes retratos de los líderes en las plazas y algunos vehículos de gama alta que manejan sólo los mandos oficiales.
Vigilados las 24 horas en Pyongyang
Quien pisa el suelo del país más hermético del mundo tiene que cumplir una serie de reglas. Y el que se las salte, puede acabar en un campo de trabajos forzados diez años, como nos advirtió Alejandro. Durante la semana, nos requisaron el pasaporte, no tuvimos internet y teníamos prohibido salir del hotel. Siempre, dos o tres personas del gobierno norcoreano, vigilaron nuestros movimientos por razones de seguridad.
Esos días me acordé mucho del fantástico comic de Guy Delisle, Pyongyang. Me vinieron a la cabeza esas viñetas en blanco y negro que retratan muy bien el lugar donde estábamos.
En la habitación del hotel, en mi caso, la tele solo tenía un canal, el del régimen, que las 24 horas te machacaba con propaganda, canciones, o noticias de los logros de Kim Jong-un. Además, en el parking del exterior, sobre las seis de la mañana, los altavoces de una furgoneta te despiertan todos los días con proclamas. Son las arengas que escucha la gente que camina por la calle, de manera marcial, camino de sus oficinas.
Los periodistas vimos sólo aquello que ellos nos quisieron mostrar. No pudimos darnos una vuelta, a nuestro aire, por los alrededores de la mítica Plaza Kim Il-sung, la de los grandes desfiles militares, en cuyo suelo se pueden ver las marcas para los soldados. Uno se queda con ganas de poder ver de cerca, y no desde el bus, el trabajo milimétrico de las mujeres que regulan el tráfico, que parecen muñecas o robots, a pesar de la escasa presencia de coches que hay.
En el tour organizado visitamos monumentos, escuelas, edificios oficiales, hospitales, el metro, hasta la Hípica de Pyongyang, una visita surrealista porque nos quisieron vender que era un lugar abierto a todo el pueblo pero en realidad solo parecía al alcance de unos pocos; de hecho vimos coches de lujo aparcados, y entrevistamos a privilegiados, como el caso de una madre norcoreana que trabajaba para Cruz Roja en Tailandia.
Todos los monumentos son majestuosos. La torre de granito más alta del mundo, la Torre Juche. Pasamos varias veces por el Arco del Triunfo más grande del mundo, superior al de París, y nos acercamos a los exteriores del Reungrado Primero de Mayo, el campo de fútbol nacional, como no, el más grande de mundo, con capacidad para 150.000 espectadores. Una exageración para una país cuya selección ocupa el puesto 129 en el ranking FIFA.
Implacables con las imágenes de sus líderes
En el país, hay cientos de enormes estatuas repartidas de Kim Il-sung y Kim Jong-il, el abuelo y el padre de Kim Jong-un, el actual dictador. Las más gigantescas del mundo, hechas de bronce, están en el centro de Pyongyang, donde cada mañana ejércitos de personas depositan flores o presentan sus respetos antes de acudir a trabajar.
Los periodistas no pueden grabar, de lado o de espaldas, las estatuas. Son muy escrupulosos con las imágenes que saquen los medios de sus líderes. Recuerdo el sobresalto que sufrió el equipo de Al Jazeera durante aquella semana. Todas las noticias que salieron al aire de la cadena catarí, fueron supervisadas por Alejandro en su habitación del hotel. Una vez, tuvieron que llamar a Londres urgentemente porque, en un informativo, el presentador tenía detrás de él, una imagen de líder supremo con el cuerpo cortado. Eso era una imperdonable falta de respeto.
Es triste e inquietante estar en un hospital pediátrico donde apenas hay enfermos, con los pasillos y las salas de espera vacías. Pasear por las aulas de un colegio de educación secundaria donde los alumnos no tienen ni idea de quien es Madonna o los Rolling Stones pero en cambio tienen claro que el gran enemigo es EEUU país con el que están en guerra desde hace más de 60 años.
Ya han abierto la primera pizzería en el país. Nos quedamos con el deseo de visitar a familias en casas normales y no, como vimos, en un súper apartamento de 240 metros cuadrados perfectamente equipado. No quisieron mostrarnos la otra cara de la ciudad, donde la gente se abastece con su cartilla de racionamiento de productos de primera necesidad.
Hasta el último minuto estuvimos vigilados. Una vez que despegó el avión de regreso. Miembros de gobierno norcoreano comprobaron que no habíamos grabado al ejercito de militares que trabajaban en la ampliación del aeropuerto. A nuestro compañero de Al Jazeera le hicieron borrar algunas tomas, entre ellas, la imagen de una vaca en una calle. No querían que los medios mostrasen una mala imagen. El régimen busca ahora, atraer más turismo. Hace poco, se inauguró la nueva terminal internacional, una infraestructura desproporcionada para las necesidades de un pueblo donde el sueldo medio de un funcionario es entre 7 y 14 euros. Es difícil calibrar el número exacto, pero se estima que puede haber entre 1.500 a 6.000 visitantes al año aunque Cao de Benós asegura que la temporada pasada recibieron 55.000 turistas.
Hay que reconocer que Alejandro Cao de Benós no defraudó en su papel de anfitrión. Respondió todas las preguntas de Jalis y los planos que le pidió Armando.
Es el paraíso del los trabajadores. Aquí no hay paro y, por supuesto, nada de drogas, ni prostitución. Presumía el tarraconense que la dictadura comunista está limpia y no lo permite. Negó rotundamente que existiesen ejecuciones en el país. Cuando estuvimos con él, en el Paralelo 38, la última frontera de la Guerra Fría, llegó a decir que cogería un fusil e iría a por los americanos, culpables según él de fabricar mentiras. Después de siete intensos días le dimos las gracias.
La cruda realidad que ocultan
Pero éramos conscientes que nuestro viaje no concluía en Beijing. No nos conformamos con la versión oficial de un régimen que ha recibido por parte de la ONU una demoledora denuncia contra la dinastía de los Kim por crímenes contra la humanidad. Al poco tiempo de despedirnos de Alejandro, tomamos un avión hacia Seúl. Muchos norcoreanos que huyen de la dictadura se refugian en la moderna y caótica capital de Corea del Sur.
Allí, entrevistamos a los desertores (defectors) que nos enseñaron la cruda realidad que no pudimos ver. Uno de ellos nos enseñó en su Ipad cinco campos de trabajo, nos contó como había enterrado a 300 personas y relató las razones por las que se debería llevar a Kim Jong-un a la Corte Penal Internacional.
Otra desertora, que había pasado varios años en un gulag, dijo que había visto fusilamientos y que algunas madres, para sobrevivir, llegaban a comerse a sus hijos desnutridos.
Testimonios aterradores, que son calificados como invenciones por la dictadura comunista, y que formaron parte de un programa que batió todos los registros de audiencia en España. Fue visto por más de cuatro millones de personas en prime time y causó un auténtico terremoto en Twitter convirtiéndose en trending topic mundial. Si no lo han visto, pueden recuperarlo en www.atresplayer.com. Seguro que no les decepciona.
