La idiosincrasia latinoamericana frecuentemente se caracteriza por girar alrededor de lo más insustancial e intrascendente. La semana pasada quedó claro en Colombia con el episodio de la candidata, Ariadna Gutiérrez, a la que por equivocación le impusieron la corona de hojalata del concurso Miss Universo cuando en verdad le pertenecía a la de Filipinas, Pia Alonzo Wurtzbach. Desde entonces, la dignidad nacional sigue profundamente herida y no paran las expresiones de furia, dolor y desconsuelo del país entero. Es el tema principal en las tertulias, las noticias, los púlpitos, los talleres de mecánica, los clubes sociales, el senado de la república o las verdulerías.
Un reconocido abogado de la mafia, interpretando la cólera de la masa poblacional, anunció que entablará litigios en las instancias que resulten necesarias y al costo que sea para cobrar esta afrenta histórica de lesa patria. Ese juicio se gana, me anticipó convencida una señora, pues hasta el New York Times publicó la noticia. Esta vergüenza le ha hado la vuelta al mundo, se dolió.
Sólo por ser colombiana no la dejaron ser la mujer más bella del mundo sino durante tres minutos, no hay derecho, reclamó conmovido el conserje de un condominio al que fui a llevar unos documentos en el preciso momento en que el agravio estaba siendo cometido.
Puse un trino en mi cuenta de Twitter para hacer burla con el escándalo de la reina sin corona y enseguida me acusaron de ignorante y desatinado, por decir lo menos. De contribuir al desprestigio de Colombia con mis chistes malsanos.
Algo parecido ocurrió con motivo de un meteorito que, el 15 de septiembre de 2007, cayó en la comunidad peruana de Carancas, región andina de Puno, próxima a la frontera con Bolivia y al lago binacional Titicaca. El impacto produjo un cráter de 13 metros de diámetro por cinco de fondo.
Ese día a Carancas le cayó literalmente del cielo el milagro que desde sus orígenes había esperado para que el mundo se enterara de su existencia. Primero llegaron científicos de Lima aprovisionados de máquinas para examinar las dimensiones del fenómeno y más tarde aparecieron otras lumbreras extranjeras, acompañadas de periodistas, entre los que me conté, aprovechando que por esos días estaba exiliado en el Perú. Los lugareños y sus autoridades dieron gracias a Dios por haber mandado exactamente a ese lugar la roca galáctica y no a Bolivia, que, en su opinión, no la merecía.
Además, la Divina Providencia tuvo el buen cuidado de no lanzarla al Titicaca porque en ese caso el desastre consiguiente habría sido descomunal. Era de suponer que hordas de turistas calificados y una mayor cantidad de eruditos del mundo entero llegarían pronto a contemplar el cráter, serían recibidos con los brazos abiertos y muchos de ellos probablemente se radicarían para seguir sus investigaciones en el terreno. Quizás se casarían con mujeres de la región, con lo cual Carancas al fin se emparentaría con el mundo, harían inversiones que obligarían a instalar el primer banco y el primer semáforo y pondrían a la comunidad en la ruta inequívoca del progreso.
No obstante, el único pedazo del meteorito que se conoció, hallado por campesinos, de pronto se extravió y los interesados detuvieron bruscamente sus visitas. En un instante, el mundo otra vez se olvidó de Carancas y solamente quedaron la ira, el dolor y el escándalo. Algunos paisanos y las propias autoridades dedujeron que la piedra venida del cielo, para la que ya estaba planteado levantar un museo con cafetería, servicios sanitarios, oratorio y estacionamientos, había sido robada por unos rusos no identificados. La lesión al amor propio de Carancas y del Perú mismo fue idéntica a la que hoy sobrelleva Colombia por el robo, también inicuo, de la corona de Adriadna.
Centroamérica no se queda atrás en este tipo de dolores. En 1969, El Salvador y Honduras se batieron en una guerra por cielo y tierra que dejó cerca de seis mil víctimas entre muertos y heridos, debido a ánimos cada vez más caldeados por tres partidos de fútbol sucesivos en las eliminatorias centroamericanas para el mundial de México de 1970. En el primero ganó la selección hondureña 1-0 y en los otros dos El Salvador (3-0 y 3-2) gracias a lo cual pudo llegar por primera vez en su historia al gran torneo del mundo. La disputa deportiva prosiguió a sangre y fuego ya no entre dos equipos sino entre dos estados con sus ejércitos, excitados por el enceguecido y masivo fervor patriótico de ambos pueblos.
En esta, bautizada por el famoso reportero polaco Ryszard Kapuscinski como La guerra del fútbol, las dos empobrecidas naciones se bombardearon mutuamente y enfrentaron iracundas sus flotas aéreas de guerra, compuestas por humeantes y decrépitas antiguallas estadounidenses de la Segunda Guerra Mundial. Fue la última batalla aérea en el mundo con aviones de motor y pistón. Cerca de 100 mil campesinos salvadoreños fueron expropiados y expulsados por fuerzas paramilitares de Honduras.
La guerra duró solamente 100 horas, entre el 14 y el 19 de julio de 1969, debido a que la OEA la detuvo mediante buenos oficios, pero las tensiones militares y diplomáticas duraron once años (hasta cuando fue firmado en el Perú un tratado bilateral de paz), lapso durante el cual los militares de cada país tuvieron pretexto suficiente para afianzar sus poderes omnímodos, rearmarse y enriquecerse con compras secretas de arsenales que empobrecieron todavía más a ambas naciones. Todo esto, digo, por desavenencias futbolísticas insustanciales e intrascendentes, es cierto, pero que tocaron en cada bando las fibras intocables del sentimiento de vivo afecto por la Patria.
En 1933 fueron Colombia y Perú los que se revolcaron en el fango de una guerra amazónica, oscura y recíprocamente ruinosa, debido a que tropas peruanas ocuparon el caserío de Leticia, capital provincial y principal puerto colombiano sobre el río Amazonas. Las dos naciones se agredieron con rudimentarios aviones bombarderos comprados de urgencia a precios exorbitantes y sostuvieron al menos cinco batallas hasta terminar el conflicto armado en junio de 1933 con la intervención componedora del Presidente de Estados Unidos, Teodoro Roosevelt.
La confrontación colombo-peruana fue atribuida al deseo de Lima de apropiarse de las fuentes de caucho silvestre colombianas, de gran demanda en los mercados internacionales de la época. No obstante, el líder histórico liberal Alfonso López Pumarejo, quien habría de gobernar Colombia durante los períodos 1934 -1938 y 1942-1945, reveló después que la invasión armada fue, en verdad, producto de un lío de faldas entre minúsculos burócratas.
Según López, el Intendente de la provincia de Amazonas, en Colombia, Alfredo Villamil Fajardo, y el jefe de la guarnición peruana en Caballo Cocha, Juan De la Rosa, galanteaban a una misma mestiza conocida como La Pila. La mujer prefirió al intendente Villamil y De La Rosa, enardecido por el despechado, se fue a las armas y ordenó que 300 de sus hombres cruzaran navegando los 10 kilómetros que iban desde la orilla del río en la que se encontraban del lado peruano hasta la colombiana de Leticia, en el costado opuesto, para desatar un conflicto internacional que expresaría el desconsuelo de su corazón.
El ejército enviado por De La Rosa tomó el poblado y ambas naciones emplearon luego toda su capacidad de fuego terrestre y aéreo hasta cuando misiones diplomáticas binacionales, el propio Presidente estadounidense y la Sociedad de las Naciones, creada por el Tratado de Versalles, en 1919, consiguieron que la bandera colombiana volviera a ser arreada en la húmeda y ardiente atmósfera de Leticia. El intendente Villamil regresó ileso y con honores militares a su despacho oficial de tablones ensamblados y abrumado de zancudos anofeles, en compañía de su concubina La Pila.
En 1908, el célebre diplomático británico Sir Roger Casement investigó y publicó un cúmulo de denuncias radicadas en Londres contra la empresa cauchera Peruvian Amazon Company Limited, mejor conocida como Casa Arana, sobre las atrocidades que estaba cometiendo contra indígenas colombianos amazónicos tales como esclavismo, mutilaciones, torturas y homicidios. Al terminar su trabajo de campo de dos años, redactó un informe conocido como The Putumayo Black Book, de profusa circulación en Londres y Washington. A los indígenas subyugados se les impedía cultivar y cazar. A latigazos, eran enviados a los frentes de trabajo en grupos de distintas familias lingüísticas para que no pudieran comunicarse entre ellos.
Los horrores vistos por Casement en la región colombiana amazónica de Putumayo, también llamada El Paraíso del Diablo, hicieron que el papa Pío X los condenara en 1912 por medio de la encíclica Lacrimabili Statu y el gobierno de Estados Unidos difundió con estas denuncias el Libro Blanco del Putumayo.
En noviembre de 1912 el Parlamento Británico instaló una comisión en la Cámara de los Comunes para juzgar las denuncias contra la Casa Arana y condenó por ignorantes y negligentes a los ciudadanos ingleses que hacían parte de la junta directiva de la compañía, que fue liquidada. No obstante, el propietario, el peruano Julio César Arana, mantuvo sus frentes de explotación de caucho y de esclavismo, tratando a los indios como animales y convirtiendo a sus mujeres en concubinas. Nada de esto ocasionó desavenencia alguna entre Colombia y Perú, pues no fue lesivo al buen nombre ni a la grandeza de la Patria. Al fin y al cabo las víctimas solamente fueron salvajes caníbales, como lo expresó la defensa de Arana en la Cámara de los Comunes.
Hoy, la nación indígena wayúu, del desierto del norte de Colombia, está siendo exterminada por hambre y sed. La semana pasada, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos le otorgó medidas cautelares urgentes, de obligatorio cumplimiento, para que el gobierno detenga de inmediato el genocidio que ya ha cobrado la vida de más de cinco mil niños y 37 mil sufren desnutrición aguda. Empero, la angustia y el dolor nacionales han ignorado por completo esta realidad para deplorar una más grande, triste, vergonzosa e irreparable: la recién robada guirnalda de hojalata de Miss Universo a la sílfide de tierra caliente Ariadna Gutiérrez.
