El último baile de Pau Gasol

21 de junio de 2001. Tercer partido del playoff final de la ACB. A punto de cumplir veintiún años, Pau Gasol domina el juego como nunca nadie lo hizo. Mates salvajes, alley-oops supraterrenos, tapones descomunales, triples, y como apoteosis un quiebro fulminante botando el balón que deja pasmado al portentoso alero Marko Milic, mientras sus 2,17 de estatura recorren el parqué con el trapío de un atleta helénico, para concluir con un no-look pass que hubiera suscrito el propio Magic Johnson

Un raudal de acciones homéricas, sin aparente esfuerzo, como si los rivales fueran una cohorte de liliputienses, empequeñecidos por la demoledora irrupción del nuevo mesías. Una mezcolanza de irreverencia y elegancia adobada con la mirada de los audaces. 

El Barça arrolla al Madrid, pero su actuación eclipsa cualquier título. Tuvimos la sensación de estar contemplando un hecho insólito, algo que jamás volveríamos a ver. Nos equivocamos, aunque no podíamos entonces intuir hasta qué punto, pues durante casi dos decenios superó todas las expectativas en la mejor liga del mundo. 

Solo seis días más tarde era elegido con el número tres del DRAFT de la NBA, hasta ese momento el puesto más alto alcanzado por un europeo no cincelado en una universidad americana. La Liga profesional estadounidense abría sus puertas de par en par al canterano azulgrana, cuyo club de formación pagó muy caro no haber apostado por su renovación tras su refulgente exhibición en la final de la Copa del Rey en marzo de ese mismo ejercicio.

El segundo, mayúsculo, error, lo protagonizó Michael Jordan, entonces Presidente de Operaciones de los Washington Wizards, que acababa de desempolvar sus Air Jordan para volver a las canchas, y apostó por la elección de Kwame Brown, de lóbrega trayectoria, en detrimento de Gasol.

El relato es de sobras conocido, aunque el desenlace nos mantenga todavía en vilo. La admiración y respeto que su figura genera en el universo NBA quedan reflejados en el detalle reverencial sucedido a la conclusión de la final de los JJ.OO de Londres 2012, cuando todas las estrellas de la selección americana, con Coach K y Kobe Bryant a la cabeza, acuden de inmediato a abrazar a Pau, que sentado en el banquillo español con el ojo magullado por la dura pendencia, cabecea ligeramente por haber estado a un tris de dar la gran campanada.

En la enorme ilusión generada por su regreso, hay un indudable componente nostálgico, como lo hubo en el de Michael Jordan o Magic Johnson. Tal y como apuntó Sergio Scariolo, no podemos esperar al líder dominador de 2015.

El sagaz técnico italiano sabrá gestionar su previsible fiesta de despedida de  la selección, como antaño hiciera el gurú de Los Angeles Lakers, Pat Riley, en el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar. Cuando una parte de la prensa puso en entredicho su simbólica titularidad, Riley zanjó el asunto con firmeza: “No podemos dejarle al margen. Es una leyenda”.

La gesta que busca Pau no tiene precedentes. Nadie en los anales del baloncesto volvió a jugar a buen nivel con casi cuarenta y un años, después de dos temporadas luchando por superar una grave lesión. El ejemplo más cercano sería el retorno, tras una larga convalecencia, de Arvydas Sabonis en los JJ.OO de Seul 88, pero  contaba solo veintitrés.

Su palpable determinación y su inteligencia inducen al comedido optimismo. Un competidor de ese calibre es capaz de todo. Pero si, pese a su esfuerzo, su participación resulta testimonial o imperceptible, cada canasta, cada asistencia, cada movimiento de espaldas al aro, será un regalo añadido para el aficionado.

Como un guiño del destino, su amigo y base nutricio de aquel Barça campeón en 2001, Saras Jasikevicius, le dirigirá ahora desde el banquillo, y el técnico rival que sufrió sus embates, el seleccionador Sergio Scariolo, aguardará con ansia su incorporación el próximo verano, para juntos embarcarse en un postrero sueño olímpico. El último baile.

Su vuelta a casa, dos décadas después, es el postre inesperado de una cena opípara, un epílogo ilusionante de un filme conmovedor. La historia del espigado chaval de Sant Boi que conquistó la cima del mundo.   

Paul Gasol

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