Mientras Hillary Clinton consolida su ventaja sobre Donald Trump, y el frente de Mosul ofrece su cara más descarnada en los combates decisivos en contra del Estado Islámico, la crisis política y social venezolana, en este lado del océano, toca un nuevo eslabón en materia de tensión y estancamiento.
Al momento de escribirse estas líneas, los mandos de la Mesa de la Unidad Democrática, tradicionalmente recuentes a medrar en escenarios limítrofes con la legalidad, ha llamado a la ciudadanía a un Paro Cívico de 12 horas, en protesta contra Nicolás Maduro y su gabinete.
La medida constituye el pórtico de una nueva movilización nacional, convocada para este 3 de noviembre, que propone, en este caso, nada menos que caminar hacia el Palacio de Miraflores, la sede del gobierno en Caracas. Hace muy pocos días, con el llamado a La Toma de Venezuela, la MUD ofreció una nueva demostración de popularidad y arraigo, al concentrar a millones de personas en la capital y otras ciudades del país para exigir la salida de Maduro y una consulta electoral.
La verdad es que, como ya lo hemos comentado en entregas anteriores, el golpe en Venezuela se ha concretado desde hace un tiempo. El capitulo actual de la crisis venezolana se ha consolidado una vez que a todos quedara claro que Nicolás Maduro y sus compañeros ensayaban una conjura para neutralizar el Poder Legislativo venezolano, pero sobre todo, para desconocer el resultado electoral del mes de diciembre pasado, en la cual saliera claramente derrotado.
Para casi toda la Opinión Pública local, la gota que ha derramado fue la iniciativa en la cual el Tribunal Supremo de Justicia, controlado por el chavismo, facultara a Maduro y a su gabinete a aprobarse el Presupuesto Nacional del año 2017, saltándose olímpicamente la opinión y la facultad contralora del Poder Legislativo. Una medida fraudulenta que ha provocado protestas en todos los escenarios académicos, y que para muchos marca el fin de la Democracia en Venezuela.
Es ahora, luego de haber manipulado la letra de la ley hasta lo imposible, y que la crisis en las calles toca los niveles actuales de tensión, que la poderosa maquinaria propagandística del chavismo ensaya el discurso del golpe de estado en desarrollo. Para ello se sirve de todos los elementos emocionales y de victimización que alimentan el credo de la izquierda clásica.
De acuerdo a la traducción simultánea que le ofrece el chavismo a sus acólitos, es la Oposición, expresada en la MUD, la que adelanta ahora un atentado en contra de la democracia bolivariana, al colocar al Legislativo en desacato en contra de lo resto de los poderes constituidos; y, presumiblemente, al adelantar un fraude en la consignación de los recaudos para convocar al Referéndum Revocatorio. A los chavistas no les dice nada que existan millones de personas en las calles, desmintiendo todos los días sus argumentos para no ir a elecciones.
Lo único que están denunciando las gigantescas concentraciones de estos días, en Caracas, y el resto de las ciudades venezolanas, es la silenciosa imposición de la dictadura adelantada por el Poder Ejecutivo venezolano. La consolidación del crimen a la democracia pretende pasar de puntillas en el debate hemisférico.
Nicolás Maduro y sus ministros no sólo pretenden seguir gobernando: pretenden conjurar la crisis con la misma terapéutica del fracaso; pretenden conservar su impunidad y mantener sus excesos en la reserva de las sombras; pretenden desconocer el voto popular; pretenden neutralizar definitivamente a sus enemigos, y pretenden garantizar una saludable perpetuidad en sus cargos, por el bien de ellos mismos y de sus familias, por el bien del proyecto que defienden, dirán ellos, y por la memoria del Comandante eterno, Hugo Chávez.
