La guerra más sucia

- Publicidad -

 La inútil guerra global contra las drogas, en la que se han quemado cientos de miles de millones de dólares y perdido innumerables vidas, ahora venimos a saber que proviene de un capricho oportunista y criminal del gobierno de Richard Nixon (1969-1974), dirigido a satanizar a la sublevada población negra y a los hippies de los años 60 que reclamaban paz y amor mientras fumaban marihuana sosegadamente y trataban de promover el regreso del ser humano a la naturaleza.

            Reproduzco esta nota escueta, publicada recientemente por la revista Semana, de Bogotá:

- Publicidad -

            Confesión aterradora. La guerra de Estados Unidos contra las drogas tiene su origen en el gobierno de Richard Nixon,  y la persona que la ejecutó fue su mano derecha en la casa Blanca, John Ehrlichman. Este murió hace algunos años pero la revista Harper’s acaba de publicar una entrevista, hasta ahora desconocida, en la que se aclara que llevó a ese gobierno a declarar esa guerra: “Nixon tenía dos enemigos: la izquierda y los negros… Pero si lográbamos que el público asociara a los ‘hippies’ con la marihuana y a los negros con la heroína podíamos golpearlos a ambos, arrestando a sus líderes, allanando sus casas y estigmatizándolos en los noticieros ¿Sabíamos que estábamos mintiendo? Claro que s픷 Esa confesión es bastante impresionante teniendo en cuenta el costo que ha tenido para Colombia la guerra contra las drogas.

            En el desarrollo de la guerra contra las drogas las autoridades colombianas llevan décadas envenenando con glifosato las regiones donde existen cultivos de coca. El químico pasa a las aguas de ríos que eran vírgenes y lo absorben los humanos. En los puertos y aeropuertos la policía de este país muestra montañas de cocaína que supuestamente incauta para impedir que llegue a los grandes mercados de Estados Unidos y Europa, básicamente. Lo mismo ocurre en Perú o Brasil. Cada cargamento que cae es una medalla en el pecho de alguno de los policías que luchan, muchas veces de buena fe, creyendo que libran una guerra razonable y necesaria.

            Todos los días, las fuerzas militares colombianas fumigan con veneno enormes porciones de la geografía nacional mediante el uso de aviones, helicópteros y tóxicos que los Estados Unidos obsequian de manera misericordiosa para que  los países andinos, donde florece mejor la coca, puedan superar su perversidad natural. El posible próximo presidente de Estados Unidos, Donald Trump (un nuevo Nixon, solamente que cargado con más odio e ignorancia), propone separar a su país de México mediante una muralla descomunal con la que la decencia y el progreso insuperables queden definitivamente separados de la indecencia, la maledicencia y el instinto criminal con el que nacen los mexicanos y, en general, los latinos, cuya naturaleza depravada podría llegar a poner en peligro el imperio de la libertad y el progreso a menos que Washington actúe antes de que sea tarde.

              Trump y los policías colombianos y de otros países andinos ignoran que su guerra contra las drogas en la que consiguen sus medallas se mide, de manera exacta e implacable, en los mercados donde se consumen. En ellos, la cocaína es cada mes más abundante, de mejor calidad y más barata. No hay punto de consumo en Estados Unidos, Europa, Asia o América del Sur donde haya escasez, lo que lleva a pensar que las victorias en la guerra  que reclaman los países productores no son tales. La droga nunca deja de llegar a tiempo y nadie explica cómo pueden entrar a Estados Unidos y ser distribuidas, como cualquier producto legal de consumo masivo, las 300 ó 400 toneladas métricas que Estados Unidos consume al año. Incluso, los mismos directores de esta guerra consiguen sus dosis personales sin ningún tipo de impedimento.  

Si fueran ciertas las incautaciones monumentales que anuncian en forma cotidiana las autoridades de los países productores, por lógica deducción no habría ya ni un sólo gramo al alcance de los consumidores.

Medio siglo después de haber comenzado la guerra vemos cocaína extendida por el mundo con sus secuelas de sangre, corrupción y, sobre todo, del poder inconmensurable que la prohibición le concede a las mafias que trafican con ella.

La invitación de la semana pasada ante la ONU del Presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, para que el mundo deje de penalizar a quienes consumen drogas y en algunas partes, como en China, de aplicarles la pena de muerte a los que  trafican con ellas, llegó como un refrescante vaso de agua helada en la mitad del desierto. Me parece que es un paso en firme hacia a la despenalización y el reconocimiento de que esa guerra siempre ha estado perdida.

 La prohibición ha hecho que crezcan y se consoliden las grandes organizaciones criminales que, como las FARC o el cartel de Sinaloa, disponen de todo el dinero que hace falta para formar, agrandar y mantener sus ejércitos irregulares. Alguna vez Estados Unidos prohibió el alcohol y vivió en carne propia las consecuencias: los gánster se encargaron del comercio clandestino, amasaron enormes fortunas, corrompieron a las autoridades y asolaron grandes ciudades, como Nueva York o Chicago. Al final, no hubo sino una sola solución efectiva y razonable: legalizar.

“¿Usted cree que si fumigan los grandes viñedos de Europa escaseará el vino y el alcoholismo se acabará?”, me preguntó en 2002 un español de Médicos sin Fronteras que recorría en medio de las balas el departamento colombiano de Putumayo durante la peor parte de una guerra entre paramilitares y militares contras las FARC. Se disputaban el control de la producción, el transporte y la comercialización de la cocaína bajo el pretexto de querer acabarla.

Hoy, por fin hay jefes de estado que se atreven a sostener que los adictos no son delincuentes sino enfermos y, por consiguiente, el tema de las drogas no es un problema policial o militar sino de salud pública.

Lo mismo que ocurrió con el alcohol, drogas como la cocaína o la marihuana deben ser legalizadas de la misma manera que se levantó la estúpida prohibición del alcohol en Estados Unidos. Se ha ganado mucho más con las campañas educativas que llaman a evitar el consumo de alcohol o tabaco que con las guerras  a sangre y fuego.

Las mismas normas exitosas que existen para regular la venta y consumo de alcohol (no venderle a menores de edad, no consumirlo en lugares públicos, e.t.c.) deberían ser aplicadas tras la legalización de las drogas. Esto permitiría que la calidad y la venta fueran vigiladas y las poderosas mafias desaparecerían porque lo único que las hace fuertes es la prohibición. 

Como lo dijo el Presidente Santos, siempre va a haber drogadictos y alcohólicos. Pero no por ello debemos destruir el mundo en una guerra que, además de inútil, es la más hipócrita y sucia de todas las guerras sucias.

- Publicidad -

Más del autor

Artículos relacionados

Lo más reciente

Venezuela y empresa energética IMPSA firman acuerdo para completar proyecto hidroeléctrico Tocoma, dice gobierno de Delcy Rodríguez

Venezuela y la empresa energética IMPSA firmaron un acuerdo para completar el desarrollo del importante proyecto hidroeléctrico Tocoma, dijo el gobierno interino de Delcy...

Delcy Rodríguez se reunió con Trafigura, corporación que comercializa el crudo venezolano en los mercados internacionales

La presidenta encargada, Delcy Rodríguez, se reunió en el Palacio de Miraflores con una delegación de la corporación transnacional Trafigura, liderada por su director...

Refinerías estadounidenses pueden absorber más crudo venezolano, dice el secretario de Energía

Las refinerías de Estados Unidos aún pueden absorber más crudo venezolano, declaró el viernes el secretario de Energía, Chris Wright, en un evento en...

¿Quieres recibir las notas de mayor interés en tu email?

Comparte con nosotros tu email y te haremos llegar las noticias de mayor relevancia directo a tu correo