En días como hoy pienso mucho en mi amigo Luis Choy, un fotógrafo dispuesto a cumplir cualquier misión que me acompañó en múltiples comisiones periodísticas y que murió asesinado en la puerta de su casa y delante de su pequeña hija. Los sicarios cobardes que le dispararon indefenso luego fueron asesinados también y hoy solo uno de los cómplices está en prisión, del autor intelectual no se sabe nada. Choy es una de las víctimas de la inseguridad que los peruanos vemos crecer a vista y paciencia del gobierno de Humala. Murió hace tres años.
El gobernante actual ha dicho que este es un problema que arrastramos y que también es culpa de los gobiernos anteriores. Con ese argumento ha dejado que las cosas desborden. La declaración más infeliz la dio el ex ministro del Interior y hoy candidato a la presidencia por el partido oficialista Daniel Urresti. El general en retiro dijo suelto de huesos (palabras más, palabras menos) que no nos preocupáramos, que si los sicarios entraban a un restaurante y disparaban las balas no iban dirigidas a nosotros sino a los delincuentes.
Afiebrada declaración que fue casi un vaticinio porque hoy te matan en pollerera propios de una histeria colectiva y azorado por de la población de los microbuses armados. Lo hacen en grupos de tres y desvalijan a tías a cualquier hora del día. Pero no solo en los restaurantes la muerte baila al son de disparos. Últimamente los ladrones armados no tienen reparos en subir a los microbuses armados. Lo hacen en grupos de tres y desvalijan a todos, incluido el chofer. ¿Y la inteligencia de la policía? Bien gracias.
Hace dos años el ex primer ministro Juan Jiménez Mayor me dijo en una entrevista que los reclamos de la población por tanta inseguridad eran propios de una histeria colectiva; azorado por su tremenda falta de empatía con las víctimas, renunció al día siguiente. Histeria ninguna, temor sí y mucho. En el Perú la gente muere en las narices de la policía que no ha podido controlar las calles peligrosas.
El Callao, por ejemplo, el puerto de entrada de nuestro país, está en estado de Emergencia porque entre otras cosas un sujeto de nombre Wilbur Castillo, un ex delincuente que denunciaba una red de chuponeo, fue abatido como en las películas de narcotraficantes. A las 8 de la mañana fue interceptado en el cruce de dos avenidas conocidas y recibió catorce balazos en el cuerpo, en la escena del crimen se encontraron 25 casquillos. Ayer en la Perla, otro distrito del Callao, unos ladrones dispararon a una menor de edad para robarle su celular. La menor solo tenía 12 años y gracias a Dios se salvó. ¿El presidente Humala dijo algo? Nada, solo está empeñado en que se le devuelvan las agendas del escándalo a su esposa Nadine. Así estamos en el Perú.
De sufrir los embates del terrorismo durante veinte años, ahora pasamos a la inseguridad ciudadana que llega a niveles insospechados. El fiscal Juan Mendoza Abarca, por ejemplo, camina con tres policías que los resguardan, un chaleco antibalas y la presunción de que en cualquier momento le arrancan la vida. Mendoza especialista en desbaratar mafias hoy no duerme en su casa y ha responsabilizado al ministro del Interior de todo lo que sucede en nuestro país, pero José Luis Pérez Guadalupe prefiere hacer oídos sordos.
Fue el mismo ministro quien prometió bloquear los celulares en los penales para que los asesinatos dejaran de ser planeados tras las rejas, pero hasta hoy nada. Otro fiscal que no duerme tranquilo es William Rabanal Palacios, trabaja en la ciudad de Trujillo y ha sido una pieza clave en la lucha contra el crimen organizado, pero las amenazas son tantas y tan graves que ya pidió mudarse. La cabeza de Mendoza ya tiene precio para los sicarios: 80 mil dólares, la de Rabanal cuesta 60 mil. Así estamos en el Perú.
Previo a un cambio de gobierno lo que hoy pide la gente en el Perú es que se devuelva la seguridad a las calles y que los sicarios pierdan el terreno ganado por la ineficiencia y la falta de voluntad política. Algo se pudre en nuestro sistema y los políticos lo saben de memoria, ¿quién será el candidato que convenza al pueblo de que con él las cosas serán diferentes? Ese es el gran misterio. Ollanta Humala ganó prometiendo entre otras cosas mano dura a la delincuencia porque él era militar y sabía hacer las cosas, ironías de la vida lo único que podemos decir es que ha sido tan ineficiente que hoy en el Perú nadie se siente seguro.
