Never let me go o lo esencial de los recuerdos

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Hace 17 años viví en Londres. En ese momento mi inglés era peor que el actual. El asunto es que recuerdo esa ciudad porque apenas pude entré a una librería y compré una novela. Se llamaba Never let me go y en su portada, de color naranja claro o melocotón, aparecía el nombre de Kazuo Ishiguro.

No sabría explicar por qué compré ese libro. Ya he dicho que para entonces no lograba comunicarme con semejante alguno, a menos que hablara español.

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Me trababa al pedir una dirección, me perdía en la red de colores de las líneas del metro -las cuales percibía como espaguetis enmarañados- y me alarmaba la rapidez que tenía que adoptar, para poder ir de una estación a otra del London Underground cuando era hora pico.

Pasaron los meses y volví a Caracas. Esa novela la regalé sin haberla leído. Y solo ahora, después de tantísimos años, regresó a mi vida.

Dicen que todo regresa. No sé, francamente, si eso será cierto. Lo que sí es cierto es que Ishiguro volvió y de modo más amable: ahora en mi idioma natal y con algo más de madurez de mi parte para apreciar mejor su lectura.

En su edición en español se llama Nunca me abandones. En este texto solo quiero comentar mis impresiones, así como contar quién es su autor, evitando en lo posible revelar el argumento, para que alguno de ustedes se anime a leerla; sin que para ello tengan que pasar 17 años.

Portada de la primera edición de la novela. Faber y Faber, Reino Unido, 2005.

¿Quién es Kazuo Ishiguro?

Es un autor que nació en Nagasaki, Japón, el 8 de noviembre de 1954 y a los cinco años de edad se trasladó con su familia a Inglaterra. Allí, según autores que reseñan su obra, le ofrecieron a su padre un trabajo como oceanógrafo.

Los inicios del Premio Nobel de literatura 2017 comenzaron leyendo a Sherlock Holmes. Después estudió literatura inglesa y filosofía en la universidad de Kent y, posteriormente, cursó un posgrado de escritura creativa en la universidad de East Anglia.

Los portales que reseñan su obra destacan que ha escrito ocho novelas (todas ellas traducidas a decenas de idiomas); incluyendo Los restos del día, la cual ganó el Premio Booker, se convirtió en un bestseller internacional, y fue llevada al cine.

En el año 1995 fue destacado con la Orden del Imperio Británico y en 1998 fue nombrado Chevalier de l´Ordre des Arts et des Lettres por el gobierno francés.

También ha escrito arreglos musicales y guiones de cine. Justo el martes 20 de septiembre, hace menos de una semana, estuvo en San Sebastián, España; donde presentó Living, un film del surafricano Olivier Hermanus basado en un guión suyo.

En el marco de esa visita, Ishiguro le contó a la periodista Leonor Mayor Ortega, del diario español La Vanguardia, el origen de Living: guión que se gestó sin saberlo en su juventud, después de ver la proyección de Vivir, de Akira Kurosawa.

“En aquella época estaba convencido de que tendría una vida pequeña como casi todo el mundo, no me imaginaba que llegaría a ser escritor ni que participaría en un festival como este de San Sebastián, por lo que siempre me pareció que lo correcto era simplemente ser la mejor persona posible”, dijo.

Ishiguro asegura que luego de ver la película Vivir, comprendió que nadie aplaude o reconoce los “méritos menores”, porque la mayoría de las veces estos se tratan de experiencias que se viven en soledad; pero no por ello dejan de ser importantes.

En contraste, admite que su vida poco ha cambiado después de obtener el premio Nobel de literatura, aunque considere que ha sido maravilloso recibir tal distinción: “Me siento muy honrado, pero cuando lo tienes te das cuenta de que no es tan especial, porque no habla de temas fundamentales como descubrir si la vida merece la pena o si lo que haces tiene sentido y lo que importa al final no es el éxito sino, simplemente, si has tenido una buena vida».

Organizar los recuerdos, organizar la vida

Y justo son esas declaraciones las que nos ofrecen algunas claves o pistas de Never let me go, novela ambientada en Inglaterra a fines de 1990.

En ella no destacan grandes héroes ni heroínas. Tampoco es una trama engorrosa, difícil, elaboradísima, compleja de seguir. En pocas palabras, no es extenuante. Es todo lo opuesto, y creo que allí radica su gran belleza: en su sencillez.

Pero esto que aprecio como pureza del relato, como claridad en la decisión que toma el autor para ir contando la historia de manera pausada y con detalles, puede resultar engañoso. 

Sí, desde la primera línea se nos informa que el narrador está en primera persona: “Mi nombre es Kathy H. Tengo treinta y un años, y llevo más de once siendo cuidadora…”; pero esto no significa que será un relato tonto o aburrido.

Ishiguro hace que su personaje protagónico, Kathy, empiece a recordar el pasado; y conoceremos toda la historia gracias a ella.

Cada oración y cada párrafo nos devela las intenciones del autor: procura que cada evento sea traído del pasado con cautela, con extrema delicadeza, como quien desea poner orden en la cabellera de un bebé; pero la tarea se dificulta pues se trata apenas de una pelusa muy fina, así que solo se puede rozar. Así nos cuenta Ishiguro.

Kathy recuerda, en apariencia, como cualquiera de nosotros pudiera recordar un episodio del pasado; pero será, justamente, su forma de narrar, sospechosamente sencilla, cándida, inocente; la que empieza a encender las alarmas de cualquier curioso lector.

¿Por qué? Porque uno se niega a creer que la novela solo se trate de las evocaciones de una mujer que desea revivir lo que experimentó cuando era adolescente y compartía, en un internado inglés, con sus amigos Ruth y Tommy.

“Soy una ex alumna de Hailsham, lo que a veces basta por sí mismo para conseguir el respaldo de la gente (…) A lo largo de los años ha habido veces en que he tratado de dejar atrás Hailsham, diciéndome que no tenía que mirar tanto hacia el pasado. Pero luego llegué a un punto en el que dejé de resistirme”.

En el año 2010 el guión de Ishiguro fue llevado al cine bajo la dirección de Mark Romanek

Sucede que con los años, al igual que Kathy, nos volvemos un poco escépticos; y si no llegamos a la incredulidad total (para no enfermar) al menos sí nos hacemos preguntas. Y al leer Never let me go estas se acrecientan conforme avanza la lectura.

Uno se pregunta de pronto: ¿Qué me quiere decir el autor bajo esta “máscara” de absoluta desnudez (y pulcritud) en la narración?, ¿Hacia dónde me lleva?, ¿Por qué se demora tanto en contármelo? ¿Por qué usa tantos velos?

Y quizá una respuesta tentativa sea que lo hermoso y extraordinario de la forma de contar de Ishiguro se encuentra allí: en el detalle, en lo pausado, en la evocación.

En la velada intención de invitarnos a reflexionar un poco, también, sobre nuestros recuerdos y nuestra vida: ¿Qué hemos hecho con ella y qué queda de lo que en algún momento soñamos hacer?

Desde su presente, Kathy regresará en su memoria a ese internado, Hailsham; y cada recuerdo será una pieza del invisible rompecabezas que traerá para lograr rearmar su vida; justo ahora que ya ni Ruth ni Tommy están.

Allí empezamos a entender que, aunque el autor sea japonés y el lector sea caraqueño, no hay barreras al momento de tratar los grandes temas universales de la vida: la muerte, el amor, la memoria, el paso del tiempo, la amistad, la enfermedad, los celos, las envidias, el dolor, entre otros.

Y también reconfirmamos que un gran autor es grande por lo que explica explícitamente y también por todo lo que calla; o por lo que decide mostrar de a poco.

Lo que sabemos: en el internado de Hailsham viven unos jóvenes que no tienen padres. Son educados por unos profesores a quienes llaman “custodios”. A los chicos se les advierte que no pueden tener hijos, aunque sí se les da toda la libertad para que tengan sexo.

También se les informa que en un futuro no podrán tener una vida normal: sus posibilidades se limitan a ser “donantes” o a ser “cuidadores”.

El ambiente parece idílico. El internado tiene canchas, tanques de agua, caminerías, aulas, un comedor, y a los alumnos se les insiste en la importancia de realizar actividades artísticas: sea pintar o escribir poemas. Pero de manera casi subrepticia se cuela de pronto una atmósfera extraña. Kathy recordará cómo un personaje, al que llamaban Madame, les temía y los miraba como “arañas”, así como lo hacían algunos obreros del lugar.

Y en ese ir y volver, en ese movimiento pendular incesante: pasado-presente, presente-pasado; Kathy no descansa en su búsqueda de elementos que la ayuden a conformar su identidad.

Por eso regresa el mensaje que alguna vez el personaje de Lucy, una profesora “custodia”, le diría a su amigo Tommy: “Puede que no te sirva de mucha ayuda. Pero recuerda lo que te he dicho. Hay al menos una persona en Hailsham que no piensa como todo el mundo”.

Y quizá sean esas preguntas, que se formulan Kathy y Tommy, las que los lleven a descubrir quiénes son y por qué están allí. ¿Por qué, por ejemplo, deben pintar para que sus trabajos sean expuestos en una galería?

Entonces, conforme se sigue avanzando en la lectura, que ya para la tercera parte de la novela ha tomado un ritmo casi vertiginoso; empiezan a aparecer ciertas fisuras, ciertas ranuras, ciertas rendijas por donde se van colando algunas respuestas: “Nuestras vidas están fijadas de antemano (…) Se os trajo a este mundo con una finalidad, y vuestro futuro, el de todos vosotros, ha sido decidido de antemano…”

Uno se pregunta: ¿Será acaso así para todos?, ¿Está nuestro futuro, como el de esos alumnos del Hailsham, decidido de antemano?, ¿Tenemos, realmente, libertad para evaluar, escoger, y cambiar el curso de nuestro destino?

Y en esa carrera diaria por sobrevivir y continuar, casi sin sosiego, ¿hay tiempo para pensar cómo la está pasando el Otro?

Kathy responde con otro recuerdo:

“Es extraño -me dijo Tommy cuando lo recordamos todo de nuevo hace unos años-. Ninguno de nosotros se paró a pensar en cómo se sintió ella, la señorita Lucy. Nunca nos preocupó si se había buscado algún problema al decirnos lo que nos dijo. Éramos tan egoístas entonces”…

Never let me go puede hacernos creer que se trata de la historia de unos chicos rarísimos que viven en un internado inglés, y que tienen un propósito especial en este mundo; donde uno de los personajes principales conforma un triángulo amoroso que truncará una relación, que pudo haber sido muy especial.

Pero justamente luego de leerla quedan muchas preguntas abiertas y de eso va, a mi juicio, la literatura: busca dejarnos inquietos, estremecidos, además de sembrar nuevas posibilidades en nuestro andar.

Al terminarla, cualquier lector puede, perfectamente, imaginar que esas dudas que tenía Kathy sobre su pasado, su vida y su incierto destino, son también válidas para él, o para cualquier ser humano.

Preguntarnos, por ejemplo: ¿Fui creada a la imagen y semejanza de alguien, de algo? ¿Realmente el trabajo artístico de un hombre, una pintura o un poema, revela cómo es por dentro, revela su alma? ¿Todo hombre, por el solo hecho de serlo, tiene alma?

Preguntarnos por lo cotidiana que se ha vuelto la soledad, como acá lo admite Kathy: “A veces me siento tan inmersa en mi propia compañía que si de improviso me topo con alguien que conozco, es como una especie de conmoción y tengo que sobreponerme para actuar con normalidad”.

Preguntarnos, siempre desde la perspectiva que nos brinda Kathy, por el paso del tiempo: “Ya desde aquella primera vez, había algo en Tommy que estaba teñido de tristeza, que parecía decir: ´Sí, estamos haciendo esto ahora y estoy contento de hacerlo. Pero qué lástima que lo estemos haciendo tan tarde´.

O preguntarnos, ¿por qué no?, por el significado de aquello que alguna vez llamamos amor; como se lo pregunta el personaje de Madame a los protagonistas: “¿Dices que estáis seguros? ¿Seguros de estar enamorados? ¿Cómo se puede saber eso? ¿Creéis que el amor es tan sencillo?”

Para quedarnos con una determinada resolución (en la voz de Kathy), pero que también podríamos imaginar como un inesperado regalo de Ishiguro; quien parece subrayarnos veladamente (muy a su modo) una sentencia para poder continuar:

“Hace un par de días estuve hablando con uno de mis donantes que se quejaba de que los recuerdos, incluso los más preciosos, se desvanecen con una rapidez asombrosa. Pero yo no estoy de acuerdo. Mis recuerdos más caros no se desdibujan jamás en mi memoria. Perdí a Ruth, y luego perdí a Tommy, pero no voy a perder mi memoria de ellos”.

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