París: el resultado de la autosugestión

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La mirada de Cortázar se enfoca en los espacios de París donde el tiempo y la lógica funcionan de manera alternativa. Cuando el observador se encuentra con estos sitios, la mirada descubre un tiempo que transcurre a la par del tiempo real. La mirada de Cortázar es consecuencia de una autosugestión que le hace creer que hay ciertos lugares, como el metro y los cafés, que no son regidos por las leyes de la lógica. Siendo esto así, cuando Cortázar observa París, la ciudad ofrece la posibilidad de alejarse del tiempo clásico y la lógica causal, ya que se cree que el mundo cotidiano y una realidad alternativa se conectan a través de portales que, al ser descubiertos por la mirada, son capaces de transportar al observador. Si miramos París de esta manera, nos autosugestionamos para descubrir la existencia de personajes y espacios extravagantes, que no parecen pertenecer al mundo cotidiano.

Por ejemplo, al cruzar el portal de un restaurante chino del Boulevard des Capucines, nos transportamos a un espacio donde los protocolos cambian; la dueña del local toca los platos de los comensales y les obliga a comerse la lechuga que acompaña a los rollitos primavera; durante hora y media el público observa a un gato que va suelto por el restaurante, intentado comerse la comida de la cocina. Este restaurante fue, a mi parecer, uno se esos sitios en los que descubrí la mirada de Cortázar, ya que, al cruzar su portal me alejé de los restaurantes cotidianos y conseguí un restaurante alternativo con personajes raros, como la dueña del local y el gato. Habiendo sido esto así, pude afirmar que la mirada de Cortázar es la de un transeúnte parisino que se transforma a través del descubrimiento de calles, subterráneos, cafés y restaurantes que ponen en cuestión la prevalencia de la lógica y la verosimilitud de la cotidianidad.

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De la mirada de Cortázar me gustaría destacar la autosugestión, ya que este aspecto también se encuentra presente en la mirada del turista. Cortázar observa diferentes lugares de la ciudad, autosugestionándose a la abstracción, para transportarse a realidades alternativas. A su vez, la autosugestión es un requisito en la mirada del turista, pero esta tiene un objetivo muy distinto al de Cortázar. La autosugestión del turista tiene como objetivo el descubrimiento de los monumentos. La mirada del turista hacia los monumentos busca, a través de la abstracción de edificios y esculturas, la acumulación de recuerdos y la elevación provocada por la magnitud de la técnica empleada. Para el turista, el museo de Louvre no es solo un museo sino un monumento que constata el valor de la cultura occidental. Al mismo tiempo, el turista mira los monumentos para cuestionarse cómo ha sido posible su elaboración. Por lo tanto, la mirada del turista es autosugestionada por el deseo de elevación que se materializa tras el reconocimiento de un monumento.

La contemplación y la admiración del turista conllevan a la creación de un recuerdo que se captura con la foto, el souvenir y la memoria. La mirada del turista no solo es autosugestionada por el deseo de elevación, sino por la necesidad de acumular recuerdos. El turista realiza el viaje a París para traer recuerdos, físicos o mentales, de vuelta a casa. El recuerdo del viaje es importantísimo porque, al volver a casa, el turista necesita evidencia para demostrar que su viaje fue real; dicha evidencia se consigue con los souvenirs, las fotos y la observación de los monumentos. Los souvenirs y las fotos son recuerdos tangibles, evidencia pura y dura, pero las reflexiones contemplativas también constituyen una evidencia del viaje. Por ejemplo, el turista mira la torre Eiffel, se sorprende por la magnitud de la hazaña y se toma unos minutos para hacer una reflexión, aparentemente altruista. Al volver de París, los allegados del turista le preguntan cómo es la torre Eiffel y este responde con la reflexión que hizo tras haber mirado el monumento. De esta manera, inclusive la mirada reflexiva del turista puede estar autosugestionada por la necesidad de crear recuerdos que corroboren su presencia en París.  

El turista también tiene, en su mirada, la potestad de crear monumentos. Lo que en el pasado parecía un hotel común y corriente, de poca monta inclusive, se convierte en un sitio histórico al descubrir que se trata del lugar en donde Gabriel García Márquez escribió El coronel no tiene quién le escriba. Algo parecido sucede con el restaurante Polidor. En su época era otro restaurante más del Barrio Latino y hoy en día es un monumento para los turistas interesados en la literatura. Para reconocer un monumento, el turista debe suspender su incredulidad y creer que en el restaurante Polidor algo histórico y trascendental ha sucedido. Lo mismo sucede con el café Petit Cluny. Por más de que haya pruebas que lo certifiquen, el turista debe autosugestionarse para creer que, en el Petit Cluny, que hoy en día es tan solo un café caro, emanó la inspiración de algún relato de Julio Cortázar. Siguiendo esta línea, habría que acotar que los parisinos solían pensar que la torre Eiffel era una obra de poco valor estético y que fueron los turistas, y las artes, quienes hicieron de ese coloso de hierro el monumento principal de la ciudad de París.

Tomando en cuenta la mirada de Cortázar y la mirada del turista, pienso que la imagen de París se construye a través de la autosugestión. No hay ninguna obra de la naturaleza que haga de París un sitio impresionante. París me resultó enigmática, pero no creo que dicha impresión provenga del urbanismo de la ciudad, ni de la historia que le precede. París se convierte en una ciudad enigmática por las realidades metafísicas que le confieren la mirada de la literatura, en este caso la de Julio Cortázar. Y, por otro lado, el enigma de París es constituido por la mirada del turista que consigue, a través de la magnitud de los monumentos, un recuerdo épico que, al llegar a casa, le hace sentir que hubo un momento en que su vida fue del tamaño de París. Estas dos miradas, la de la literatura y la del turista, fueron las que configuraron mi experiencia de París. Durante el viaje, no pude evitar autosugestionarme para conseguir personajes cortazarianos, como tampoco pude dejar de acumular recuerdos que constatasen mi descubrimiento de los monumentos de París.

Concluido este ensayo, me pregunto ¿cómo miraría París una persona que no supiera absolutamente nada de la ciudad? ¿Podría ver, tras cruzar el portal del metro o de un restaurante, la diferencia metafísica de los espacios? ¿Se cuestionaría cómo ha sido posible la construcción de la torre Eiffel? ¿Estaría igual de enviciado por acumular recuerdos? La respuesta a estas preguntas podría respaldar mi afirmación, ya que, si la mirada de esta persona no pudiese abstraer nada de París, podría afirmar con certeza que mi mirada de la ciudad fue el resultado de un acto de autosugestión.

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