Sembraron más de 3.000 árboles en Margarita durante la pandemia

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El año pasado 3.036 árboles fueron plantados en el bosque seco de la península de Macanao de la isla de Margarita. Lugar que debido a la extracción de arena por parte de la industria de la construcción tiene un suelo pedregoso. Pero también cuenta con biólogos y una comunidad dedicada a la siembra de plantas para que las especies no desaparezcan. A ellos la pandemia no los detuvo.

Ante las restricciones por la COVID-19 y la escasez de gasolina, la posibilidad de movilizarse se vio limitada. Sin embargo, en los dos últimos meses de 2020 se sembraron los más de 3.000 árboles. Los cuales forman parte del proyecto de restauración ecológica de bosques y matorrales secos de la península de Macanao, impulsado por la asociación civil Provita.

El programa tiene más de una década y un total de 7.982 árboles plantados. “5.001 de ellos se sembraron entre 2019 y 2020. 1.965 en el mes del apagón nacional de hace dos años; y 3.036, en pandemia”, explica el responsable de la organización en Nueva Esparta, José Manuel Briceño.

El biólogo venezolano afirma que la siembra de los más de 3 mil árboles fue un “esfuerzo titánico posible por todas las personas involucradas. Pero fue difícil y tuve miedo de que las plantas no lograran ese feliz término que ahora tienen”.

Sembraron más de 3.000 árboles en Margarita
Jornada de siembra de los 3.036 árboles. Foto: Félix Rodríguez Plaza

¿Cómo los científicos y la comunidad lograron sembrar más de 3.000 árboles a pesar de la pandemia?

En marzo de 2020, cuando se confirmaron los primeros casos de COVID-19 en Venezuela, los más de 3.000 árboles tenían ocho meses en los viveros. Los cuales se encuentran desplegados entre Boca del Río, El Horcón y San Francisco de Macanao.

“Tuvimos que mantener los árboles en los ocho viveros por casi ocho meses más de lo que necesitaban. Durante ese tiempo, cada viverista acompañado por nosotros se dio a la tarea de que las plantas llegaran a feliz término. Gracias a ellos y a los ecoguardianes, 18 jóvenes que conforman el programa de restauración, logramos sembrarlos manteniendo los protocolos de seguridad”, dice Briceño.

Son ocho las familias que cuidan los viveros, una en cada uno de ellos. Además, para establecer las parcelas, desmalezarlas y abrir los huecos previos a la siembra se tuvo que contratar a personas externas, debido a las condiciones del suelo afectado por la minería. Briceño explica que algunos dueños de las tierras acordaron preparar el terreno con las mismas máquinas con las que extraen la arena.

Sembraron más de 3.000 árboles en Margarita
Plantas antes de ser sembradas. Foto: Félix Rodríguez Plaza

Indica que el tiempo ideal que debe durar una planta en el vivero es entre seis u ocho meses. En marzo de 2020 cumplieron exactamente los ocho meses en vivero, pero por las restricciones tuvieron que dejarlas allí ocho meses más, aunque para su cuidado realizaron un plan.

“Los investigadores de Provita, al inicio de la pandemia, invertimos mucho tiempo en describir los escenarios posibles, que también incluían los menos optimistas. Nos esforzamos en diseñar un plan de mantenimiento de las plantas en viveros e hicimos un monitoreo constante de semana a semana en el que teníamos viveristas en cada sitio para que nos dieran los datos porque la movilidad había disminuido. Además, hicimos un plan de mantenimiento que incluía la poda y riego para contemplar los escenarios después de sembradas. Todo fue una tarea ardua que mientras avanzaba las plantas de manera coloquial nos estaban pidiendo a gritos ser sembradas”, afirma el experto.

La suma de estas implicaciones permitió que la siembra fuese en el último trimestre de 2020 y a diferencia de lo acostumbrado, “no pudimos convocar a voluntarios para sembrar, que es una de las cosas bonitas para la cual siempre tenemos muchísimas personas interesadas”, añade.

Sembraron más de 3.000 árboles en Margarita
Foto: Félix Rodríguez Plaza

No solo se trata de sembrar

El biólogo explica que sembrar un árbol no se queda en esa única acción, debe cuidarse y regarse porque de lo contrario puede morir. “Es algo que nosotros acostumbramos a velar y más en la isla, donde el agua es un tema sensible porque a las personas le falta a veces para consumir y pueden pensar que nosotros, al regarlas, estamos gastándola. Pero es una inversión a futuro que va a repercutir en que aumente la precipitación en la isla de Margarita”.

Actualmente, las plantas se riegan una vez a la semana, plazo que aumentará a 15 días, luego a un mes y de manera paulatina hasta que se defiendan solas. Pero desde que son una semilla los investigadores simulan las condiciones en las que estarán y les proporcionan nutrientes para aumentar sus probabilidades de adaptación.

“Nosotros recolectamos la semilla, la germinamos, luego la trasplantamos y regamos. Un proceso que ellas hacen naturalmente, pero que nosotros simulamos”, dice Briceño.

Enfatiza que producen inóculos creados entre el hongo y las raíces de especies nativas bajo un procedimiento en el cual este se convierte en una fertilizante natural y ese inóculo ayuda a que la planta pueda sobrevivir mejor, porque absorbe los nutrientes que tenga en déficit y hace eficiente el uso del agua. “Todas esas cosas las ponemos al alcance de la restauración y utilizando tecnología local entre Provita y el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC), además apostamos a especies autóctonas del bosque seco que garantizan que sea menos difícil que se adapten”.

Las 3.036 plantas sembradas corresponden de manera equitativa a siete especies nativas de esta zona del país: guatapanare, durote, tarantán, cuica, cuchibano, yaque y palo sano.

“Ahora vamos a medir cada tres meses la sobrevivencia porque queremos saber si todas las condiciones a las que fueron expuestas y las medidas tomadas van a afectar nuestro experimento”, afirma Briceño, al destacar que entre seis y ocho meses se verán los resultados.

La meta de 2021, además de lograr unos resultados efectivos a corto plazo, es sembrar entre 2.500 o 3.000 árboles más, y utilizar lo aprendido. “También estamos diseñando protocolos para que las personas de la isla e incluso otras partes del país puedan replicarlo, porque uno de los aspectos clave para la conservación de los ecosistemas es promover la restauración, la cual está en manos de la especie humana”, dice.

Laurie Fajardo, investigadora asociada de Provita y del IVIC, fue quien elaboró el plan de restauración del bosque seco de Macanao. Proyecto que está en constante actualización ante los estudios hechos.

“Aún no tenemos un bosque seco restaurado, ese es nuestro objetivo a futuro. Hasta ahora son parches de vegetación que esperamos que en los próximos años sean un bosque seco recuperado”, expresa Briceño.

Este tipo de bosque es uno de los hábitats más amenazados en el mundo. “Venezuela, como todos los países, debe tener protegido al menos 10% de sus ecosistemas para evitar que desaparezcan. Pero si sumamos todas las áreas protegidas del país que tienen bosques secos, entre las cuales están los Médanos de Coro, Mochima y el mismo Parque La Restinga, ubicado en Nueva Esparta al igual que la península de Macanao, ni siquiera llegamos a 3% de los espacios protegidos. Y con esto empezamos a contribuir”, destaca Briceño. El biólogo también coordina el proyecto de la cotorra margariteña, especie que mediante esta organización fue salvada de su extinción y la cual hace vida en este bosque seco.

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