Sucesos de este 5 de abril

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    “Nunca más un 5 de abril”, ha dicho la candidata peruana Keiko Fujimori a la hora de cerrar su presentación en el debate presidencial una semana antes de las elecciones (bueno, debate es un decir porque con diez candidatos no había forma de tener tiempo para este formato). Eso es lo que gritamos los demócratas hace años, nunca más un 5 de abril de 1992, funesta fecha en la que Alberto Fujimori disolvió el Congreso peruano, tomó control del Poder Judicial y el Ministerio Público y metió a los militares en los medios de comunicación como si fuesen sus cuarteles. Todo esto lo llevó a convertirse en el dictador que asesorado por Montesinos cometió una serie de delitos por las que hoy purga prisión. 

    El 5 de abril es un día que ningún demócrata en su sano juicio celebra y hoy se ha convertido en una pesadilla para las intenciones presidenciales de Keiko. Pero la vitalidad del antifujimorismo también se enfrenta al voto anti-izquierda que en el Perú es amplio y pisa fuerte porque entre otras cosas los llamados rojos nunca supieron deslindar con firmeza y claridad de Sendero y del MRTA, dos grupos terroristas que ha encontrado en algunos grupos un eco suficiente como para tener candidatos al Congreso. En las últimas semanas me la he pasado preguntando en Twitter a los representantes del Frente Amplio liderados por Verónika Mendoza (quien lucha por entrar a la segunda vuelta) porqué mantienen al candidato Abel Gilvonio que tuvo la osadía de firmar un documento donde se considera a Victor Polay Campos, terrorista miembro del MRTA como preso político, pero lo único que he recibido de respuesta es silencio. Nadie quiere o sabe  aclarar este espinoso tema. Ese es el pecado de la izquierda peruana, estar siempre en el filo de la navaja y no entender la falta de respeto a la memoria peruana que el terrorismo significa.

    Pero sigamos siendo sinceros hoy que condenamos el golpe de Fujimori: La izquierda condena la dictadura de Fujimori y estamos todos de acuerdo, ¿pero condena con la misma vehemencia la dictadura del general Velasco Alvarado que atrasó al Perú en los setenta? No. Es más, muchos celebran e incluso creen justas las expropiaciones de la mal llamada reforma agraria, por citar un solo ejemplo. La prueba más grande la ha dado el presidente Ollanta Humala, un hombre que no dice ser de izquierda ni de derecha ni de arriba ni de abajo. Un hombre que dice gobernar para todos los peruanos. Condena como la mayoría lo hacemos la dictadura fujimontesinista, pero no hace lo mismo con Velasco, al revés: lo admira. Le rinde honores. Y hay más: Ollanta es el mismo presidente que avaló los intentos golpistas de su hermano Antauro al ex presidente Alejandro Toledo. ¿Demócrata según las circunstancias? Obviamente Humala apoya la marcha que hoy se hará por el 5 de abril y que tiene por objetivo principal decirle No a Keiko. Me pregunto si marcharía también el 3 de octubre diciéndole no a los golpistas militares. 

    Yo no sé ustedes, pero a mí me espantan las aguas tibias, los políticos o activistas que leen la historia de acuerdo a sus intereses. Estamos a cinco días de las elecciones en el Perú divididos otra vez por el famoso antivoto. Anti fujimorimo, anti izquierda, anti Alan García, anti aprismo. El anti siempre funciona en el Perú. Así se ha votado en los últimos años. El problema de los antis es que son antis solo con quien les conviene. La izquierda latina celebra a Fidel Castro y su revolución en Cuba como si fuera lo ejemplo de gobierno y cuando escucho que los cubanos propagandistas no solo se filtran en Venezuela, Bolivia, Ecuador sino también en el Perú con el pretexto de ayudas solidarias me enervo más. ¿En qué quedamos? Sí vale una dictadura que dura más de 50 años solo porque es de izquierda, sí celebramos a Evo que quería quedarse 25 años en el poder, sí festejamos a Maduro que pudre a Venezuela con el legado chavista corrupto y violador de derechos, sí nos encandilamos con Correa y sus exabruptos con la prensa libre. ¿Sí y solo sí porque tiene el discurso de “izquierda progre”? 

    Ningún país (salvo Argentina gobernado ahora por Macri), ni siquiera el peruano ha levantado su voz para deplorar la grave crisis que sucede en Venezuela. Es más, el famoso señor Almagro de la OEA ha decretado que en el Perú existen elecciones semidemocráticas después de conversar con el candidato excluido Julio Guzmán, pero guarda silencio cómplice sobre lo que sufre la oposición venezolana. Claro, a él qué le importa Leopoldo López y los políticos que duermen presos por enfrentarse a Nicolás Maduro. Nada. Esto indigna porque la OEA también vivió de espaldas a nosotros los peruanos cuando reclamábamos respaldo internacional para acabar con la dictadura fujimorista. Por eso a la OEA le creo poco, diría casi nada.

    Las aguas tibias suelen calentarse y corren el riesgo de quemarse por su doble discurso. En el último tramo de la elección peruana veremos quién termina achicharrado. Por lo pronto queda claro que para Keiko existe un solo camino: matar simbólicamente a su padre para poder sobrevivir. Y matarlo significa condenar el 5 de abril. A la izquierda también le queda un solo camino: matar en sus marchas a todos los dictadores vengan de donde vengan, pero dudo mucho que lo hagan. A los demócratas que estamos en el centro de estos dos polos que se enfrentan con rabia nos queda una sola cosa: votar de acuerdo a nuestros ideales y dejar de hacer caso al famoso mal menor.