nA uno le hierve la sangre cuando estos días oye los insultos y las mentiras que Donald Trump está lanzando contra la comunidad mexicana en sus intervenciones como candidato republicano. Ha dado la vuelta al mundo, sus malos modos para echar al periodista estrella de Univisión, el mexicano Jorge Ramos, durante un acto en Iowa donde argumentaba que los vecinos que cruzan la frontera de forma ilegal son criminales y vienen cargados de droga. Puedo asegurar que la gran mayoría que se juega la vida por alcanzar el sueño americano son gente normal, familias que buscan un futuro más próspero, alejado de la miseria, corrupción o violencia a la que están abocados en su país.
Corría el año 2006, eran los últimos coletazos del gobierno de George W. Bush, cuando visité parte de esa frontera que separa México y Estados Unidos. Junto a mi compañero cámara Álvaro Ripoll, fui hasta Nogales, uno de los puntos calientes en aquellos años. Territorio de narcos, espaldas mojadas y coyotes sin escrúpulos que montan un negocio con el tráfico de personas. El resultado fue un reportaje de investigación de 45 minutos, titulado La Frontera de la Muerte, que emitió la cadena española Antena 3 en su canal Internacional.
Gran parte del trabajo periodístico se consiguió en el pequeño pueblo de Altar, una especie de campamento base donde llegan los mexicanos y centroamericanos que quieren probar fortuna. Las cuatro calles que forman el lugar están repletas de puestos que venden mochilas, zapatillas, bidones de agua, etc, de todo lo necesario para cruzar la temida frontera. Altar vive del negocio de la migración. Todo aquel que está en aquella zona, está malviviendo en alguna pensión, a la espera de su momento para pasar. Cuando llega el día, se hacen las últimas compras. Algo de comida y mucha agua para la larga travesía que espera en el desierto. Por último, los migrantes, se acercan a rezar la iglesia del pueblo a su Virgen de Guadalupe para que todo salga bien.
Nunca olvidaré mi encuentro con uno de esos temidos coyotes, los guías que se encargan de organizar los grupos y de llevarte a tu destino por muchos dólares, si tienes suerte, porque también puedes ser víctima de su organización. Rigoberto, el Cobra, un tipo que asustaba por su tamaño, me decía que nos recogía por la mañana pronto y nos llevaba hasta Tucson sin problemas, a pocas millas de la frontera. Eso para él, era un trabajo fácil, porque habitualmente llevaba a los compatriotas ilegales hasta Las Vegas.
No viajamos con el Cobra, fuimos con otro grupo dentro de una furgoneta destartalada que partió desde Altar. Lo que allí vi no eran criminales o narcos. Sus caras reflejaban cansancio y miedo. Nadie hablaba. El calor era insoportable. Se mitigaba un poco bajando las ventanas pero enseguida había que subirlas porque entraba un polvo molesto de la carretera que hacía que la gente se tapase los rostros para poder respirar. Yo voy porque quiero ver a mi papá decía una joven, hay que ser optimistas, porque nos están esperando decía otra mujer que lo había intentado más veces. Buscaban reencontrarse con sus seres queridos. La Volswagen blanca dejó al grupo a los pies de la frontera, allí el siguiente paso era contactar con el coyote y después, cuatro días de calvario en un desierto que se convierte en un gran cementerio por la cantidad de cadáveres que engulle todos los años.
La travesía es muy peligrosa, porque como nos decía Michel Marizco, editor de BorderReporter.com, los contrabandistas roban a los migrantes, y violan a las mujeres, y son mexicanos. El agua es el otro factor clave si se quiere llegar con vida. Muchos se quedan en el camino, deshidratados, sin fuerzas para caminar. Por eso hay una ONG, como Fronteras Compasivas (Humane Borders), que coloca depósitos en el desierto para evitar más muertes.
Los que consiguen llegar a Estados Unidos, son perseguidos, por un lado, por los agentes de la Border Patrol que vigila la zona con la tecnología más avanzada. Estuvimos con ellos en el tremendo centro de detenidos de Nogales, en la parte americana, donde llegan cada día cientos de ilegales que son devueltos a México. Y por otro lado, también son buscados por los patriotas Minuteman, un grupo de civiles que echa pestes de los ilegales, Uno de sus líderes, Al Garza, descendiente de mexicanos, en un perfecto castellano, no dudaba en afirmar que les robaban las casas y los carros y que se acabó la compasión con ellos. Así son las leyes en Arizona. Por unos días, piensas que estás en el salvaje oeste -de hecho, Tombstone, el pueblo del mítico duelo en O.K Corral de Wyatt Earp, se encuentra a 69 millas de Nogales-. Fue muy desconcertante conocer a estos Minuteman, gente aparentemente normal, pero armados hasta los dientes. Con la compañía de una taza de café, con unos prismáticos y unos walkies-talkies para comunicarse, se sientan en el porche de sus casas y pasan la tarde esperando cazar algún alien, termino despectivo que emplean para nombrar a los sin papeles.
En la actualidad, en Europa, se viven días dramáticos con el problema migratorio: en el puerto francés de Calais donde los africanos quieren colarse en el Eurotúnel que les lleva al Reino Unido, otros abarrotan barcos que buscan las costas sicilianas en Italia, y ahora miles de refugiados sirios están colapsando la frontera de Serbia con Hungría. En Estados Unidos, parece que Donald Trump tiene la solución, levantar un gran muro de unos 3.000 kilómetros, Soy constructor, sé como hacerlo dice con ironía el magnate que lidera las encuestas. Mientras, en la morgue de Tucson, seguirán llegando cuerpos, algunos en tal mal estado que solo se podrá saber su identidad, por alguna foto que se ha salvado y que estaba guardada en alguna cartera que recuperaron del desierto



