¿Qué significa “ser diferente”? Esta es una pregunta que puede golpear tan o más fuerte que un derechazo del filipino Manny Pacquiao. Y si pudiera parecer exagerada esta comparación, aquí le contamos la historia de Julián Parra, un venezolano trans de 30 años de edad que, tras años de dolorosas cirugías sin su consentimiento, actualmente se siente encaminado a ser quien en realidad ha sido siempre: un hombre.
“Para muchas personas es complicado leer esto, pero es una historia real de dolor y sufrimiento, motivado a la decisión de médicos que adecuaron mi cuerpo bajo sus manos y experimentación”, así resume Julián parte de lo que ha tenido que vivir.
Nació con Síndrome de Kinelfelter, una afección genética que se produce cuando un niño nace con una copia adicional del cromosoma X, esta afecta a los hombres y no suele ser diagnosticada sino hasta la edad adulta. “Soy una persona nacida con una de las 35 variantes de intersexualidad existentes. Fui mutilado genitalmente por desconocimiento en un materno infantil de la ciudad capital, donde sin mi consentimiento se me condicionó al sexo femenino”, dijo.
Contó que sus testículos fueron diagnosticados como hernias: “Lo que les facilitó tener la seguridad de cercenar mi biología”. Ante el diagnóstico médico, sus padres lo obligaron a someterse a cirugías. “A partir de los 0 meses hasta la adolescencia fui llevado en reiteradas ocasiones a cirugía para realizar una vaginoplastia dolorosa y terrible para un infante que solo distinguía el dolor y el rechazo hacia sí mismo. Ya con conciencia del dolor y obligado a tomar estrógenos, el desarrollo de un varón nacido con el Síndrome de Kinelfelter se frenó, producto del consumo obligado de medicamentos para adecuar aquella vaginoplastia hacia un cuerpo femenino”.
Julián detalló que, tras años de inconformidad con su cuerpo y género, se asesoró con una fundación y tomó la decisión de reiniciar su transición para ser el hombre que debió ser desde su nacimiento. “Con ello retomé la hormonización, pero esta vez hacia testosterona. Un reto dual, pues el consumo obligatorio desde la infancia generó una distrofia muscular que limita parcialmente mis movimientos. Han pasado 11 años desde que comencé la transición. Si es hablar de etapas, diría que estoy en la etapa de llevar mis transiciones hacia la vida pública”.
Para Julián, ser diferente es un camino infinito de transición. “El transicionar es infinito para una persona trans con experiencia intersex. Hoy día es más llevadera la convivencia. Hay episodios de ofensa y sentido de poder sobre mi persona, pero gracias a la dedicación en construir una persona noble y leal con visión de cuidado al prójimo y de misión justiciera no hay ofensa que valga”, aseguró.
Danielle: Sabía que no era un hombre, me sentía una mujer
Para Danielle Alzolay, una venezolana trans de 20 años de edad, el miedo también hace transiciones. A su juicio, transita por amor y hacia la esperanza. En su experiencia de vida, fue el amor lo que la motivó a ser quien en realidad era, una mujer. Y a casi un año de haber iniciado su proceso, asegura que el miedo al rechazo u odio de la sociedad la motiva a tener esperanza de que las mentalidades y creencias van a cambiar mientras que ella puede ser un ejemplo para sus similares.
“Mi decisión de hacer la transición la tomé justo después que me enamoré de un chico y mientras me iba relacionando con él, me iba dando cuenta que el chico me trataba de una forma demasiado femenina y me sentía demasiado cómoda con eso. Era algo que nunca había experimentado, menos cuando me presentaba como hombre o en este caso, como adolescente homosexual”, contó Danielle.
Confesó que ella siempre supo quién era, pero le temía a la sociedad: “Yo sabía que no era un hombre, me sentía y sabía que era una mujer. Pero la sociedad hace que tú te lo preguntes tantas veces o te limites demasiado por las condiciones en las que una persona transgénero vive, sobre todo en un país como Venezuela”.
Narró que luego de unos meses en esa relación, “yo decidí salir en público sin decirle a mi familia”. “Fue difícil para mí porque yo me lo pensé muchísimo, antes de ‘salir del closet’, por así decirlo, pero yo acarreaba mucho dolor. Todavía tengo una herida que tengo que trabajar, hasta que me dije: ‘Esto es vida o muerte’. Tengo que transicionar o voy a transicionar hacia la muerte”.
Danielle hoy aplaude sus pequeñas victorias como mujer: “Actualmente, llevo 11 meses en la terapia de reemplazo hormonal. La mayoría de las personas me reconoce como mujer, lo que llena muchísimo al ser. Me encuentro en una etapa muy feliz de tener todos estos pequeños logros, que van sumando y ayudan a darle forma a esa persona que siempre he querido ser”.

Mostrarse al mundo, pero también a la familia
Tanto Danielle como Julián confesaron sentir miedo al odio que, por desconocimiento o intolerancia, atenta contra las personas trans y demás miembros de la comunidad LGBTIQ+ en Venezuela. Sin embargo, ambos se mostraron comprometidos a dejar su huella de respeto al amor y la diversidad en el país.
Danielle explicó que cuando decidió dar el paso de mostrarse al mundo como una mujer, la receptividad de sus amigos fue inmediata, no así con su familia, pero el amor le ha permitido derribar las barreras de la intolerancia. “Fue una receptividad muy buena por parte de mis amigos y conocidos. Luego me tocó con mi familia, eso fue un poquito más duro, pero, al fin y al cabo, mi mamá y mi familia siempre han tenido el valor por sobre todas las cosas. Con bastante esfuerzo, trabajo y terapia pudieron aceptar mi identidad y aunque no lo hacen de una manera amplia, estamos avanzando poco a poco”.
Para la familia de Julián, se trató de un nuevo reto. Dejar de ver a la persona de género femenino que por fuerza de la medicina acompañaron durante 20 años para iniciar de cero su camino hacia la masculinidad. “Fue nuevamente un reto asumir el hecho del nacimiento y con ello todos los momentos en los cuales fui llevado a cirugía. El encaminar mi naturaleza fue un choque, pues habían convivido con una niña hasta los 20 años de edad y comenzar a ver un cambio físico y actitudinal me llevó asumir mis propias etapas”.
Continuó explicando que fue una etapa que generó más dolor. “Un duelo por aquella chica que sufrió, un entender y aceptar lo que vendría. Claro, los episodios de violencia. Ofensas y maltratos estuvieron presentes. Tanto como para que uno de mis familiares me echara de casa, otro me fracturase la nariz y otro se dedicará a llamarme por aquel nombre que quedó sepultado para mí”.
“Venezuela debe transitar hacia el futuro”
Sobre los crímenes de odio y acciones de discriminación o violencia a los que son sometidos las personas de la comunidad LGBTIQ+ en Venezuela, ambos se mostraron temerosos, pero insisten en que, en un futuro no muy lejano, esperan el país transite y se convierta en un territorio de respeto, equidad, igualdad y no violencia.
Danielle reiteró que el miedo evoluciona hacia la esperanza: “En Venezuela, me siento con miedo, pero creo que muchas veces el miedo te lleva a la esperanza. Acá no se reconoce a la identidad trans, solo te reconocen como fuiste presentado al nacer y no como te has ido desarrollando al pasar de tiempo, o sea no reconoce tu libre desarrollo de la personalidad que está comprendido en la Constitución Bolivariana de la República de Venezuela. Sin embargo, creo que las personas trans, en especial, somos personas con muchísima fuerza”.
Dijo que es una rutina diaria levantarse, verse al espejo y reafirmar para sí su identidad, pese a que a la sociedad esto no le importe. “Les han enseñado a ridiculizar o satanizar la identidad trans. Es difícil salir a la calle y poner tu disforia, tener que enfrentarte a posibles situaciones y comentarios negativos que van a dañar tu salud mental. Teniendo en cuenta los crímenes de odio, que ni siquiera están documentados y sabes que existen, es bastante difícil no sentir miedo. Pero, como te digo, con el miedo llega la esperanza de que los tiempos van a cambiar y que, poco a poco, han cambiado porque a pesar de que hay una historia de odio hacia las personas trans, puedes marcar la diferencia y puedes ser un ejemplo para las demás personas trans”.
Julián es más general al hablar de la inseguridad que se vive en el país: “Aquí peligramos todos, hasta los animales peligran por vándalos, gente sin apreciación ni empatía. Para una persona intersex con una experiencia trans es difícil, impera la injusticia máxima. He sido víctima de abusos, han intentado asesinarme e ir a denunciar es ser víctima de chistes, ocio y morbo por parte de los funcionarios. Aun cuando han recibido capacitaciones en la materia, para ellos es más interesante saber si tienes testículo o vagina, si te dolió ser mutilado o si puedes orinar de pie”.
Las personas trans en Venezuela se someten a vejaciones, incluso en lo relacionado a su documentación. “Pasar por una alcabala es sentirse ahogado. El nervio de no poseer un documento que exprese tu realidad y que aquellos efectivos deseen hacerte la vida difícil por pensar que estas falsificando tu identidad expresada en el documento. Saber de la compañera trans asesinada, de aquellas que históricamente han sido masacradas y cuyas historias no se cuentan en la prensa por ser trabajadoras sexuales es asumir que vives en una olla de presión. Donde cual ruleta tú puedes ser la próxima víctima solamente por la falta de conocimiento y entendimiento”.
